martes, 25 de julio de 2017

La condición de refugiado

Como señaló una vez Roland Barthes: “Quien habla no es quien escribe, y quien escribe no es quien es”. De ahí que la primera tarea de un escritor no consista en tener opiniones, sino en decir la verdad que se cuece en el ambiente, interpretar la realidad de lo que sucede afuera en la calle, en las ciudades o más allá de las fronteras y negarse a ser cómplice de mentiras o discursos erróneos. La literatura, como decía Susan Sontag, es “la casa del matiz y de la indocilidad a las voces de la simplificación”. La tarea del escritor es hacernos ver el mundo tal cual, lleno de muchas contradicciones, de enormes desajustes e incontables reivindicaciones a cual más diversa, con personajes que representen múltiples papeles y con las más variadas vivencias. La literatura nos puede mostrar precisamente esa variante de contar cómo es el mundo.

Cada escritor tiene su territorio, su reinado, incluso los hay que son nómadas y andan a la búsqueda de nuevos escenarios por donde poner en acción a sus personajes con sus miedos, con sus huidas y con sus desesperanzas. La última novela de Cristina Cerrada (Madrid, 1970) guía al lector por ese discurso, a tono con lo que subraya la escritora norteamericana acerca de la tarea del escritor de contar y revelarnos cómo es el mundo. Y lo hace focalizando la brecha gravosa que supone todo desarraigo ocasionado por las guerras, para trasladarlo a la geografía concreta de la historia de una familia de refugiados en la Europa occidental de nuestros días sobreviviendo a su infortunio.

Europa (Seix Barral, 2017) es un libro duro y seco que aborda esa línea candente del éxodo y la acogida, una historia por donde transitan personajes aturdidos, que llegan humillados y asustados de otros confines, huyendo del horror para salvarse de la muerte, de la intransigencia, de la violencia de su propio país en guerra, pero que también tendrán que soportar afrentas y discriminación en sus nuevos destinos.

El mundo interno y el mundo externo de Heda, la joven protagonista de este duro relato, confluyen en el texto gracias a dos factores básicos que la autora conjuga con argucia: fluidez y flexibilidad fabuladoras mediante una escritura limpia, seca y eficaz. La gesta de este potente personaje la conforma el silencio de su acción heroica por sobrevivir con dignidad, de agarrarse a la esperanza de que cada día que pasa puede darle la oportunidad de escapar de la opresión de las condiciones en que vive ella y sus allegados. Cada día que transcurre es para ella estar más cerca del día deseado, a pesar de la espiral dominante y machacona de la realidad impuesta.

El lector de Europa no se identificará con la heroína que transita por sus pasajes, sino con el espíritu con que ha sido concebido y elaborado este libro. Cerrada posee ese don de provocar fascinación, emoción e inquietud con una prosa incisiva, fragmentaria y elíptica. Europa es una historia pavorosa sobre la condición de refugiado y las consecuencias que esta condición tiene para sus vidas, estructurada en cinco partes, cada una de las cuales segmentada en capítulos cortos de apenas dos páginas. Podríamos afirmar que lo que la autora despliega es una alegoría de la coyuntura internacional de lo que acontece en esta parte de occidente en donde el choque de culturas ocasionado por el tránsito de inmigrantes y refugiados a través de sus fronteras provoca recelos en la población al igual que desamparo en los recién llegados. Esto es moneda de cambio entre los diálogos que se suscitan en la novela por donde se intercalan personajes que ponen voces a sus vidas menesterosas e intranquilas bajo la mirada escrutadora del narrador testigo y la perspectiva de Heda, la joven protagonista, de aparente fragilidad, dotada de una fortaleza interior impávida.

Reconstruir la vida en tierra ajena es una tarea épica llena de obstáculos. En este libro se da cuenta de ello poniendo voz propia al refugiado, un ser que adquiere la condición de expatriado temporal, que aspira a volver a su cuna natal, pero mientras tanto ha de conformar su presente a las condiciones impuestas en el lugar de acogida. Allí le espera una dura subsistencia, para muchos de ellos en estado de shock y de permanente invisibilidad social.

Esta obra puede parecer una novela política, pero no lo es. Europa es un lugar, un escenario de paso fronterizo, de gente que huye expulsada de su tierra para llegar a otra, una trashumancia obligada y precaria en busca de esperanza. La novela se concibe deliberadamente desde un origen sin especificar, porque el desarraigo es consustancial al hombre y puede surgir en cualquier punto del continente.

En toda novela, el final elegido por el autor le confiere una suerte de libertad que la vida nos niega obstinadamente: llegar a ese alto narrativo es para que el lector, si procede, complete el desenlace, lo deje inamovible o lo cercene. Aquí en esta que nos ocupa, Cristina Cerrada la acaba con una derrota existencial que nos deja atónitos e inermes.


martes, 18 de julio de 2017

Épica del dolor

Leer da más felicidad que escribir, dice Muñoz Molina. Escribir es una afición, una vocación, una necesidad y, sobre todo, un trabajo incierto. Leer, en cambio, es un medicamento que no presenta contraindicaciones. Sin embargo, leer determinados libros pueden perturbarnos hasta sacarnos de nuestras casillas, de la protección acostumbrada del hogar, arrojarnos a la intemperie y convertirnos también en testigos de cargo confrontando nuestras incongruencias e inhibiciones con el propio correlato, hasta llegar, y esto es lo mejor, a emocionarnos enteramente. Llegados a este punto, es cuando uno alcanza verdaderamente un crédito inestimable como recompensa: el premio que confirma que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar la perspectiva que tenemos de lo que sucede a nuestro alrededor, obligándonos a leer de otra manera, como si atravesáramos un dique en construcción, nada estable y con las debidas precauciones.

El lector de Patria (Tusquets, 2016) ha de asumir esa tarea sin prejuicios y tener predisposición para dejarse sacudir condescendientemente por el drama colectivo que encierra su relato, aunque le ponga contra las cuerdas y le concite rabia. Después, ha de mirarse en el espejo o hacia sí mismo, examinarse y observar sus secuelas. Seguramente, esta novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), la novena y más valiosa de su producción, seguirá imparable, alcanzando cifras de ventas mareantes, de muchos dígitos, y continuará batiendo récords con nuevas ediciones y más lectores.

Mucho se ha dicho y escrito de ella en todos los foros y espacios literarios de nuestro país, así como mucho dará que hablar todavía. Es más, esta es una novela escrita sobre el conflicto vasco con una ambición literaria sin precedentes y con una audacia narrativa impecable, que invita a pensar que ha sido concebida por su autor en estado de gracia para permanecer y resistir el paso del tiempo, suscitando en el lector una ilusión esperanzadora de vida y no pensada para exhibir los mecanismos del enfrentamiento de las ideas y su condena.

En Patria lo más significativo recae en el papel representado por una mujer que ha perdido a su marido en un atentado perpetrado por ETA y solo quiere, antes de morirse, que le pidan perdón. La última imagen del libro, en la que dos mujeres mayores se abrazan en la plaza del pueblo, cerca de la iglesia, resume y dice todo sobre ese consuelo esperado, sobre esa épica del dolor que pone punto final a esta monumental novela sobre los últimos treinta años de la historia política en Euskadi. Aunque el desenlace invite al lector a posicionarse, la grandeza del libro radica en que a lo largo de sus más de seiscientas páginas la narración se sustenta en un ángulo nada explicativo, es decir: hay un narrador externo que permite que sus personajes se expresen en primera persona y compartan con el propio narrador omnisciente frases y escenas sin tener que acudir a intervenir con notas aclaratorias ni llamadas de atención. Este proceder narrativo con esa diversidad de voces, en donde un mismo narrador se faculta para expresarse, aparece tanto en las funciones propias del narrador como cuando dialoga, dependiendo de su posición personal o del estado de ánimo que atraviese.

Esta es la historia de dos familias amigas destruidas por la violencia, arrojadas a bandos opuestos y declaradas enemigas, con raíces en un pueblo no especificado de Guipúzcoa, marcadas para siempre por la deriva de los acontecimientos de una época triste y dolorosa que va desde mediados de los años ochenta del siglo XX hasta el verano de 2012, momento del cese del fuego de ETA. Cada uno de sus miembros, como dice en una entrevista Aramburu, lleva como quien dice su novela a cuestas, el relato de sus existencias privadas. Todos los personajes de Patria arrastran consigo su carga de humanidad: dudas, defectos, desavenencias, debilidades, como cualquier lugareño, pero ninguno se pasea por la novela al servicio de una tesis, porque la parte gris de cada uno de ellos, la que aflora en lo cotidiano y se manifiesta en sus actos, conforma la verdad de sus azarosas vidas.

En la novela, la voz de sus personajes femeninos: Miren, Bittori, Arantxa y Nerea tienen una fortaleza de carácter por encima de lo que representan la personalidad de los protagonistas masculinos. Ellas son las que ostentan claramente el pedestal de la palabra. En cambio, la voz de los hombres es más retraída y hermética, como más remisa a hacer confesiones. Buena parte de las acciones de todos ellos sucede en el ámbito privado del hogar, en la cocina, en el dormitorio y en los pasillos, donde es tan frecuente que trascienda el sentido de la vida de sus moradores.

Patria es un gigantesco artilugio literario estructurado en capítulos cortos y bien encadenados, que permiten una lectura intensa y rítmica gracias también al tono sencillo de su prosa y a los intercambios de escenarios y voces que van interactuando. Igualmente, la mezcla de tiempos narrativos es otra de sus argucias estilísticas destacable, que influye en la percepción del lector a la hora de interpretar las acciones de los personajes de la novela: la sensación es como si estos anduvieran atrapados en el pasado.

Tres años le supuso a su autor armar esta gruesa novela, esta gran epopeya del dolor. Patria es un sólido testimonio literario con personajes verosímiles y potentes con los que el lector puede empatizar, más allá de la posición compleja de muchos de ellos y del silencio colosal del ambiente. Haberlo logrado con maestría y solvencia narrativa solo está reservado a escritores de raza, y Fernando Aramburu lo es, como lo fueron antes sus paisanos Ramiro Pinilla y Pío Baroja.


martes, 11 de julio de 2017

Conjuro poético

Dice André Gide que no hay obra de arte sin colaboración del diablo. El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo. Por esta regla, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre de lo establecido, porque lo que fascina es lo extraordinario, lo prohibido. No hay poesía sin la colaboración del demonio. No hay belleza sin perversidad. De esto sabían mucho los griegos, y los padres del Renacimiento sabían bien que no era posible una belleza religiosa sin transgredirla con la presencia del pecado.

Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), poeta, articulista y editor, autor de una veintena de poemarios y ensayos, publica ahora en paralelo La alegría de lo imperfecto (Trea), un estupendo volumen de aforismos endiablados y El baile del diablo (Renacimiento), un poemario confesional, escrito entre 2004 y 2017, marcado por la presencia de sus demonios existenciales, un libro que aspira a dar respuesta a los interrogantes que todo poeta se formula, un itinerario autobiográfico en el que subyace la esencia creativa de su poesía y la silueta diabólica que la inspira.

Hablar de poesía, como diría Claudio Rodríguez, es hablar de experiencia de cualquier tipo. No se trata tanto de la experiencia biográfica, se puede tener una experiencia a través de la imaginación, de los sueños, de la memoria, de la cultura. La experiencia que Sánchez Menéndez revierte en este poemario es la que está implícita en sus años de vida, en cualquiera de sus manifestaciones: infancia, educación, amor, madurez, pérdida, muerte... La tarea del poeta está precisamente en ese recorrido de reflejar, mostrar e interrogar su experiencia vital a través del poema. Alguien lo dijo: en la poesía no envejece nadie, pero el tiempo se hace notar.

El baile del diablo contiene cuarenta y un poemas estructurados en tres secciones: Las cartas por jugar, Las obras terrenales y La verdad de las cosas que constan de dieciocho, dieciséis y seis poemas, respectivamente, a los que hay que sumar el que encabeza y pone título a la obra, un conjunto literario en donde el yo lírico se atenúa en favor de un sujeto cambiante y experimentado interpelando una poesía de corte existencialista. Su temática y su título, casi prosaico, se conjugan en unos poemas plenos de madurez, ironía y pesimismo, que hablan de la experiencia y el devenir inexorable del tiempo. La contradicción, la paradoja y la mirada crítica de la vida se conectan por sus versos impulsados por una conciencia tocada por la malicia: ese demonio impertinente y agazapado, fuente de libertad y desvarío, que nos acompaña siempre, como sombra adherida.

En la primera parte de la entrega, Sánchez Menéndez habla en serio, pero con sarcasmo: HAT, un poema en el que la voz poética le pide perdón a su madre por haber pecado, es un buen ejemplo de ello; habla en broma, pero en serio, sin dejar de traslucir una conciencia cultural libre de ataduras, incluso con buenas dosis de provocación, como en este otro poema bajo el título de LIFE LIE que dice así: “¿En qué momento exacto se distingue/ esa simple palabra, la justa?/ Y, con una sonrisa en los labios,/ respondió: Debes marcharte, / mi marido está a punto de llegar”. Estos dos poemas y el resto que conforman dicha parte se vertebran de tal manera que tienden a la melancolía y a la pesadumbre, una inclinación que constituye otro de los ingredientes morales que están presentes en sus versos por donde se cuelan sin aviso Satanás, Belcebú o cualquier otro ángel negro susceptibles de repartir las cartas del destino.

En la segunda parte del volumen, el poeta pone pies en tierra para hablar de sí mismo, del silencio y de la soledad, del tiempo presente y sus naufragios, del futuro incierto y de la nostalgia del pasado, incluso se pone sentencioso, como hace en el poema NUNCA, el más breve del libro, de esta manera: Nunca llegará el bien si se ha buscado./ Siempre faltará el mal si se ha omitido.

La última sección, bajo el epígrafe La verdad de las cosas, reúne media docena de poemas, quizá los más determinantes y hondos del todo el texto, piezas que concitan al lector a reflexionar sobre el hecho de vivir: Vivir al fin y al cabo/ es lucha, armonía comportada,/ voluntad y entrega, dice en el primero de ellos; Vivir es el presente,/ sin reconocimientos, confiesa en el siguiente; y así, hasta llegar al poema que cierra el libro: BALANCE, resumen de los recuerdos de la vida o examen de conciencia, con un verso concluyente y memorable: También vivir precisa de epitafio.

La poesía es un lugar propicio para la emoción, y esto lo sabe muy bien su autor como lector avezado del género, algo que debe siempre tener presente el poeta, como principio básico: la emoción nunca es patrimonio del artista, ya que la creación poética es fruto de la razón y el misterio. La emoción está reservada solo y exclusivamente para el lector.

El baile del diablo danza en esa línea, al son de su propio conjuro poético. Sánchez Menéndez firma un libro inteligente e introspectivo cargado de razones, que no solo agudiza el oído, sino que provoca también incandescencia en el lector.



martes, 4 de julio de 2017

No hay consuelo

Hay personas, como diría Unamuno, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo su cuerpo y con toda su alma, con su sangre, con el tuétano de sus huesos, con su corazón, con sus pulmones, con su vientre y, en definitiva, con su propia vida. Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951), poeta, dramaturga, ensayista y novelista, puso corazón, vida, piel y mente cuando pensó que tenía que escribir Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), el libro dedicado a la vida, a la muerte y a la memoria de su hijo, un joven de apenas veintiocho años que decidió poner fin a su existencia arrojándose al vacío.

Este libro andaba huérfano de lectura en mi biblioteca desde hace unos años y el azar me llevó a su rescate merecido, inducido por la reciente lectura del último poemario publicado por la escritora colombiana. Los habitados (Visor, 2017), como se dice en el reverso del libro “es también un conjunto de poemas que se acerca al duelo, con la serena tristeza del que sabe que debe conformarse con las migajas de la memoria, y que la palabra es un instrumento de recuperación que, aunque a veces precario, merece nuestro agradecimiento”. Precisamente aquí, cuatro años después de la tragedia, se rememoran pasajes y acontecimientos en los que está presente el hijo ausente, su maleta pesada y vacía, sus últimos instantes, sus cuadernos y apuntes, el análisis concluyente del psicoanalista que venía a decir que “el salto al vacío es, en forma simbólica, un regresar al vientre de la madre”.

Lo que tuvo continuidad en verso, antes se concibió en prosa. La poesía, como decía Pizarnik, es el lugar propicio donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Bonnett, cuando decidió escribir sobre la vida y muerte de su hijo tuvo muy en cuenta las palabras de la escritora argentina, pero sabía que esos recuerdos suyos sobre los últimos días de su hijo eran clave también en su propia existencia y precisaba contención narrativa para poder llevar a buen fin su propósito como escritora para contarlo públicamente. La poesía la podía desbordar y desvariarla hacia un territorio de autocompasión y sentimentalismo al que, de ante mano, renunciaba de pleno. Por ello, Lo que no tiene nombre acabó en una narración literaria profundamente intimista, en un testimonio conmovedor y valiente, tan breve como intenso.

Dice Joan Didion en su memorable libro El año del pensamiento mágico (2005) que el dolor por la muerte de un ser querido sigue siendo la más general de la aflicciones. Quienes han perdido a un ser amado tienen razones de peso para sentir lástima de sí mismos, y hasta una necesidad apremiante de compartirlo con los demás. Bonnett escribe como superviviente de una tragedia, intentando mantener con vida a un hijo malogrado, aun a sabiendas que para seguir viva llegará el momento de tener que superar la pérdida dejando en paz al muerto, dejándolo ir. El laberinto del duelo no es más que eso, estar solo ante un dolor intrincado que asfixia. Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, escribe Rosa Montero en otro libro emocionante, La ridícula idea de no volver a verte (2013), lo primero que te arranca es la palabra.

Lo que no tiene nombre es un libro impactante con muchas preguntas dentro, escrito con un trasfondo poético conmovedor, alejado de cualquier lirismo vano, y apartado de los tentáculos de la autocompasión y del sentimentalismo, pero sin renunciar a hacerlo desde las vísceras hasta la cabeza, con todo el cuerpo y en pleno duelo, a los tres meses del suicidio de su hijo. El duelo para Bonnett ya venía de lejos, desde que diez años antes le detectaran al hijo una enfermedad mental incurable con la que libró etapas críticas de hospitalización y tratamiento que le fueron menguando psicológicamente.

Este libro le sirve a la autora para liberarse de ese dolor innombrable que le supuso la terrible pérdida de su hijo, y, al mismo tiempo para liberarse de tanto pesar, en una batalla personal que la redima con dignidad de la pena infinita que le ocasionó el verlo sufrir hasta el desgarro definitivo de su muerte.

Lo que no tiene nombre es un testimonio novelado tremendo, terrible y hermoso que se lee como historia de vida, narrada con una contención admirable que aborda el tema tabú del suicidio desde la perspectiva de una madre abismada en el duelo, que no pretende resucitar a su hijo, sino saber quién era en realidad, para entender mejor su fatal determinación, su irreparable vacío revertido hacia los suyos.

La vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Esto también tiene su traslado en la literatura y, en ese sentido, siempre que leo lo hago con la idea preconcebida de obtener una recompensa. Con este libro el resultado obtenido es extraordinario, amplificado más si cabe, porque como dice Juan José Millás, citado en el texto: “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”, y esto, desde el lado del lector, también se palpa y notas que te escuece.


martes, 27 de junio de 2017

Ciudad de cristal

Ray Loriga (Madrid, 1967), novelista, guionista y director de cine, ha tenido una carrera literaria, podríamos decir, mutante, gracias a la poderosa atracción que ha ejercido en él el mundo del cine. Como guionista de cine ha colaborado, entre otros, con Carlos Saura y Pedro Almodóvar, y como director ha dirigido las películas La pistola de mi hermano (1997), adaptación de su novela Caídos del cielo (1995), y Teresa, el cuerpo de Cristo (2007). Sin embargo, en su trayectoria artística, lo determinante de su obra proviene de la creación literaria, dándose a la fama con Lo peor de todo (1992), una novela que rompió moldes, un libro que constituyó en su momento la feliz conjunción de su talento innegable, con la oportuna coyuntura en la que debutó, un manifiesto acerca del desaliento y el cansancio de toda una generación. Loriga se aupó a la cúspide de la fama, como después le ocurrió a Ángel Mañas con Historias del Kronen (1994), dos jóvenes escritores neorrealistas, que en nada se parecían a lo que imperaba en la literatura en aquella década, y que se acercaron, cada uno a su estilo: al nihilismo y al desencanto de los jóvenes de su generación, frente a la euforia de un consumo desquiciante, perverso y demoledor. Para algunos críticos de entonces nacía la literatura de la llamada Generación X española.

En su obra posterior, desde Héroes (1993), Trífero (2000) o desde sus cuentos urbanos de El hombre que inventó Manhattan (2004) hasta Ya sólo habla de amor (2008) y Za Za, emperador de Ibiza (2014), el escritor madrileño continuó zigzagueante por esa senda de inconformismo, desenfreno y fracaso de sus personajes desplegada brillantemente ya en su ópera prima.

Con Rendición, galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2017, hay un cambio de registro respecto a toda su obra anterior. Loriga irrumpe en un escenario distópico para contar una fábula en la que el narrador se va a enfrentar a las circunstancias alienantes de una sociedad dirigida bajo un control férreo y atemorizante donde solo cabe mirar con esperanza hacia el lado de la naturaleza como vía de liberación.

La distopía es un subgénero temático asociado con frecuencia a un futuro nada amable, más bien imperfecto y con desencadenante hacia el caos y el desastre de la humanidad. Por su carácter futurista y especulativo solemos encuadrarla en el género de la ciencia ficción, pero muy atada a la evolución política y social del presente, donde solo queda sobrevivir bajo un poder establecido perturbador y coercitivo. La voz narrativa del protagonista de esta historia viene a contarnos el reflejo de un mañana que inspira desconfianza, incertidumbre y desasosiego, porque lo que se avecina está abocado a una alienación moral sin precedente y el futuro, más bien, es una pesadilla programada que no tiene en cuenta la voluntad de quien se opone a la autoridad opresora.

Ha transcurrido una década desde que estalló la guerra y el narrador de la novela y su mujer siguen sin saber nada sobre el paradero de sus dos hijos que fueron llamados a fila, y sin saber quién inició la guerra. Aun así, ambos siguen amándose y sus vidas transcurren sencillamente con la esperanza de que el conflicto acabe y de que el estado les devuelva sanos y salvos a sus hijos. Mientras tanto, un chico mudo aparece por su propiedad, lo acogen como a un refugiado necesitado de cuidados y al que, poco a poco, empiezan a tomarle cariño. Cuando las autoridades comunican a la población que la zona debe ser evacuada, todo cambia en sus vidas rutinarias, convertidos en exilados rumbo a una ciudad transparente, un destino programado hacia el que parten los tres juntos, salvando escollos y contratiempos.

Llegados al lugar indicado por las autoridades, la metrópolis cercada muestra a los ojos de los recién legados los cuerpos sin vida de los traidores. Dentro, la ciudad de cristal está diseñada casi como un paraíso armonioso para sus habitantes, donde no falta la limpieza, el orden y la protección. Allí impera la ley, el orden riguroso y una absoluta transparencia: el secreto y el misterio están abolidos. No hay paredes que limiten cualquier intercambio visual.

Loriga, a través del estilo coloquial de su protagonista, un personaje que se siente estorbo del progreso, pese a su aparente armonía, establece un diálogo interior para que el lector se posicione como espectador y sojuzgue la deriva que se avecina ante sus ojos y modifique su conciencia en la que la naturaleza se va convirtiendo en el único espacio viable de salvación y liberación personal.

Rendición es, en síntesis, una fábula amena y cruda, escrita con una prosa seca y eficaz, y construida bajo unos pilares realistas, a modo de retro-ficción, para irrumpir en la pesadilla que toda distopía resulta para decepción de todos. Estamos ante una novela de arranque portentoso y con un final kafkiano impactante y logrado.



martes, 20 de junio de 2017

Escribir con sacapuntas

Ricardo de la Fuente (Sacramenia, Segovia, 1956), catedrático de Sanidad Animal en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, autor de más de un centenar de trabajos científicos, ha tenido bien guardado durante mucho tiempo su secreta vocación literaria. Hace unos años se inició en la ficción narrativa en el taller de escritura creativa dirigido por Clara Obligado. Tal vez leer y escribir sea lo único que merezca la pena aprender, lo único que valga la pena enseñar a todo el mundo para honrar a nuestra especie. Leer y escribir son intentos de libertad, de ensanchamiento, de travesía y de experimentar nuevas emociones. La afición a escribir es incurable, decía Carlos Pujol, y aconsejaba no impedirlo, aun a sabiendas de que cada cual, en ese juego de palabras, escribe como puede y no como quiere; “porque se escribe lo que deciden las palabras”.

Este veterano profesor universitario confiesa que le gusta escribir con el sacapuntas y, ciertamente, parece que el diminuto afilador le acompaña de forma permanente en su manera de entender la escritura. Su debut literario irrumpe felizmente en un género que, engañosamente, parece estar al alcance de todos, como si el aforismo per se facilitara a cualquiera la gracia necesaria para indagar en ese sentido innato del hombre de apreciar la verdad, la eufonía y la resolución a las preguntas de la vida. Lo que el lector descubre en Andar en la niebla (Cuadernos del Vigía, 2017), galardonado con el Premio Internacional José Bergamín de Aforismos de este año, es que para concebir un libro de estas características se precisa un duende risueño, un talento especial que no incurra en la simple ocurrencia y nos conduzca a tomarnos un poco a broma la frase elevada o la máxima solemne. Ricardo de la Fuente posee esa gracia y sabe que escribir aforismos consiste, antes que nada, en tener en muy alta estima las condiciones de quien los va a leer.

Se dice que, a pesar de su tamaño, en el aforismo puede caber cualquier género literario, desde la poesía lírica y experimental, hasta el microensayo, pasando por la narrativa más sucinta, el pensamiento concentrado o la mordacidad humorística como se advierte, por ejemplo, en estos dos subrayados del libro: No destacarás impunemente; El corazón y la cabeza se entienden a nuestras espaldas.

Esta colección, que reúne doscientos setenta y cinco aforismos, está estructurada en cuatro epígrafes, cada uno de los cuales aglutina particularidades afines o metafóricas al título enmarcado, pero, en todos, el autor nos viene a decir que la valía del ser humano no reside en la verdad que uno posee o cree tener, sino en el sincero esfuerzo que pone para alcanzarla.

En la primera parte titulada Virutas, De la Fuente esparce sus breverías sin pretensiones de deslumbrar, sino de excitar y de mostrar la sencillez de las cosas que nos suceden: Nada se descubre sin salirse del sendero, dice en una de ellas; Cada día nos cambia el futuro, subraya en otra; Las virutas de una barra de hierro siguen siendo hierro, sentencia con el aforismo que pone fin a esta sección.

En Pasar página, hay muchos guiños a la lectura y a la escritura: No usarás el adjetivo en vano, advierte; ¡Cómo vas a saber lo que piensas de verdad si no te pones a escribirlo!, exhorta en otro anterior; Aprender a leer lleva décadas, avisa a los distraídos; Las palabras se van con los poetas porque las sacan de su rutina, atina en este henchido de lirismo

Estar a las dudas y Egometría conforman las dos partes finales del libro y en ellas el pensamiento y la introspección destacan como fundamento de los aforismos que los acompañan, como vemos en estos cuatro: Es tan corta la vida que no alcanza para atar cabo; Desear es fácil. Lo difícil viene después; Llega una edad en que uno puede permitirse el lujo de cambiar de defectos; Mis contradicciones no saben que les seré infiel con otras.

Andar en la niebla es un libro sabio, escrito con inteligencia e ironía, que refleja mucho la agudeza de su creador, un manifiesto ejercicio provocador de ingenio y alumbramientos en el que la sutileza y el humor acampan con regocijo por sus líneas y por sus silencios.


De la Fuente debuta, sorprendiendo a propios y extraños con este libro luminoso que repara en la vida y en sus detalles, con reflexiones en miniaturas, muchas de ellas de tan solo tres o cuatro palabras, las precisas para que el lector las ingiera con inmediatez y provecho, un estupendo texto para disfrutar en donde el lector encuentra algo de sí mismo que no sabía y agradece.

lunes, 12 de junio de 2017

La luz no es la misma

Han transcurrido más de treinta años en el significado de esta frase para la protagonista de la historia del libro que traemos a esta bitácora. La luz no es la misma porque, precisamente, el tiempo se ocupa de incidir en ella a cada instante. La vida de las personas, como la que se cuenta aquí, es un fiel reflejo de sus particularidades luminosas y de sus sombras. Incluso puede llegar a ser la consecuencia inevitable de toda una existencia puesta en un objetivo, en un destino, en un deseo irrefrenable. Esta es una historia que tiene como escenario San Petersburgo, la ciudad fundada por Pedro el Grande que la convirtió en la ventana de Rusia hacia el mundo occidental, una metrópolis que no tardó en liderar tanto las artes escénicas como en atraer la atención mundial por su intensa vida cultural. Fruto de esta ebullición imparable, se fundó una academia de baile que alcanzaría fama universal bajo el nombre de Ballet Mariinski.

Precisamente desde la ciudad del Neva, la narradora de esta historia de amor y de pasión por la danza rememora su vida y andanzas, ahora que ya cuenta con cincuenta años, desde que entró en la prestigiosa Academia Vagánova hasta que alcanzó su esplendor como primera bailarina del Teatro Mariinski.

Patricia Almarcegui (Zaragoza, 1969), ensayista, profesora de literatura comparada, filóloga y viajera impenitente, algo que le viene de lejos y que tiene mucho que ver con su dedicación profesional al ballet, desde que, con apenas dieciocho años, se trasladó a Roma para formar parte del elenco de artistas del Balletto di Roma durante tres temporadas, es la autora de esta intensa y absorbente historia de amor, sacrificio y dolor de la protagonista de La memoria del cuerpo (Fórcola, 2017), una bailarina de la que tan solo conocemos que se llama P.A., las mismas iniciales suyas.

Almarcegui desarrolla los hilos del tiempo en un relato que, en gran medida, alberga parte de su biografía. Podría atreverme a afirmar que en la novela de la escritora aragonesa hay una solapada intención de recobrarse a sí misma, como si se tratara de una Penélope atareada en deshacer e hilvanar el tejido de su propia historia sobre su gran pasión por la música y el ballet.

En la obra de un escritor, cualquier cuestión que implica experiencia y vida ajetreada es crucial, además de ser una fuente estimulante de inspiración. Estamos habitados y ocupados por nuestra propia historia viene a decirnos la narradora de estas memorias noveladas. A lo largo de las cuatro partes que conforman su estructura se va mostrando al lector la relación con ese mundo artístico que va exhibiendo el alma de su protagonista: sus anhelos, sus tropiezos amorosos, su afán de superación, sus éxitos profesionales, su extrañamiento y su soledad. Ese universo que percibe como artista, como cuerpo que siente el paso del tiempo y que se resiste a su degradación, sigue en pie y en alerta, vivo en su espíritu, en un flujo continuo de ponderar la trayectoria de una carrera artística que se ve limitada debido al desgaste del cuerpo, algo tremendo e insoportable para el artista de la danza: no sentirse ya en los comienzos prometedores, ni en la cima, sólo consolándose en recuerdos vívidos pero, al fin, pretéritos.

La memoria del cuerpo es una narración amena y emotiva, de título hermoso y metafórico, escrita en primera persona, con una voz narrativa potente y llena de evocaciones musicales y literarias. Estamos ante una obra que irradia pasión y vida, que destila emociones y que insiste en la hermosura de esa lucha y entrega persistentes, solo al alcance de unos pocos, por lograr sus sueños.

El espíritu de superación y los miedos escénicos se funden en un relato verosímil unido a la vida cultural intensa de una ciudad diseñada para ello como San Petersburgo, provocando en el lector una empatía natural con la narradora que hace que éste se sienta su confidente y, además, observador de los pasajes de su vida, de sus vínculos, de sus obsesiones y debilidades y de sus metas y fracasos.

Patricia Almarcegui firma un testimonio narrativo en el que está presente la cruda alegoría de la condición humana y sus azares, su memoria y sus huellas, un relato que cuenta una historia ajena de ambición y sacrificio que, inevitablemente, merodea por la suya propia.