domingo, 22 de abril de 2018

Presencias, palabras y voces


El reseñista de un libro pone en juego no solo su bagaje y su experiencia como lector, sino también toda su suspicacia respecto al texto leído, y ello con una voluntad decidida de rendir cuentas en ese afán suyo apasionado de contar las impresiones estéticas y éticas de su lectura acabada, a sabiendas de que sus palabras deberán tener cierto alcance y, desde luego, pretensiones de orientar, alertar o persuadir a otros lectores ávidos de recomendaciones, además de poner en claro sus propias conclusiones sobre lo leído.

En este sentido, he leído con sumo interés algunas de las muchas reseñas y entrevistas que el nuevo libro de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha suscitado en la crítica literaria y la prensa en sus diferentes suplementos culturales, así como también en otros foros, tales como los blogs literarios donde algunas firmas destacan en esta labor crítica, que han generado controversias, adhesiones y suspicacias sobre el resultado literario de su reciente obra. Ante la mirada crítica de muchos de ellos, sus puntos de vista, perplejidades y discernimientos, la curiosidad prejuiciada por todo esto me impulsa a no querer perder la oportunidad de sacar mis propias conclusiones, y a ello voy.

Lo primero que conviene destacar de Un andar solitario entre la gente (Alfaguara, 2018), y con ello me uno al coro de algunas voces, es que no es una novela, por mucho que se empeñe en resaltarlo la editorial. Lo curioso del asunto es que el propio autor, inteligentemente, elude tildar a su libro de esa manera. En una de las entrevistas concedidas, dice al respecto: “Las novelas exigen tiempo de maceración, de filtración. El ensayo está hecho sobre la marcha”. Por eso mismo, el lector de novelas no la reconocerá en esa dimensión, pues aunque el libro está trazado bajo una narratividad suculenta de historias, aquí lo que hay es un fluir y discurrir literario por donde transita un narrador que pone su mirada en la ciudad por la que camina, absorto en mil detalles, llevando a cabo un registro, a modo de diario o crónica, de todo lo disperso que se va encontrando y que luego traslada a su cuaderno, a lápiz, como a él le gusta.

Este es un libro abierto, fragmentario y poblado de asombros y perturbaciones en el que la ciudad no solo es escenario sino, principalmente, personaje del mismo. El núcleo del libro es la ciudad y sus mudanzas, pero también responde a la incitación del mundo tal como otros autores lo hicieron antes. Conforme vamos penetrando por sus piezas, nos encontramos con escritores enlazados en su concepción creadora que le despertaron gran interés en su manera de concebir la literatura y que reflejaron en sus textos la realidad inmediata de las cosas en ese deambular por las aceras y el asfalto de las ciudades de turno. En esas intersecciones, por ejemplo, Thomas de Quincey escribió Las confesiones de un comedor de opio. Edgar Allan Poe las leyó, quedó conmocionado y escribió El hombre de la multitud. Después Charles Baudelaire leería a Poe y a De Quincey, traduciría a ambos y crearía sus Poemas en prosa sobre París. Y entonces llega Walter Benjamin que lee y traduce a Baudelaire abducido por su modernidad y espíritu de flâneur. Sobre este núcleo y otros artistas modernos más allá de las letras, Muñoz Molina va compilando su aventura literaria, una especie de montaje extraído de las rarezas, evidencias y reflexiones que ofrece el ejercicio de callejear sin rumbo, abierto a todas las vicisitudes y a las impresiones que le salen al paso.

Dice Muñoz Molina que con la deambulología que inventa pretende hacer una biografía de una persona que recoge el trazo de todas sus caminatas. En Un andar solitario... hay un ego experimental trasladado en textos y en algunos poemas en prosa en los que sus instantes son reflejos de una mirada adquisitiva de objetos al azar que el narrador se va encontrando en sus paseos. La cotidianidad tiene su discurrir. Hay lugar para casi todo: lo prosaico y lo banal, y también lo trascendente, lo público y lo íntimo, la denuncia política y la celebración del arte, la belleza y el horror, lo secreto y la sencillez misma de un paseo. En apenas unas páginas del principio del libro el autor expone sus motivos: “Soy una grabadora en marcha... Soy una mirada... Leo cada una de las palabras que voy encontrando a mi paso... La ciudad se dirige a ti en el idioma del deseo... La ciudad te lo promete todo simultáneamente.” Después comprobamos cómo se ha ido erigiendo el texto bajo el acopio de titulares de prensa y recortes de anuncios, intercalados con eslóganes publicitarios, palabras sueltas y cualquier menudencia sobrevenida “a vuelapluma, a vuelalápiz, a vuelateclado”.

Muchos vemos poco y pocos ven mucho. Muñoz Molina pertenece a este último prototipo de observador aturdido que prende ardor a lo que el instante le otorga. Cada pieza de Un andar solitario... es parte de ese árbol frondoso del mundo y su significado (tampoco le hubiera venido mal algún desbroce de páginas), que en su conjunto conforma un comprometido ejercicio intelectual y exploratorio de la ciudad, la vida y el arte.

Muñoz Molina, como bien dice Justo Serna, ha hecho suyo el precepto de la mirada en toda su obra a la manera de ese viajero que toma nota con porfía e interés acerca de la verdad de su experiencia y de la determinación de sus pasos frente a la fugacidad del tiempo. Porque, hoy más que nunca, todo desaparece muy rápido.


viernes, 13 de abril de 2018

Ángulos e intervalos


La invención literaria, como diría Carlos Pujol, se hace y se deshace de manera misteriosa en el fondo de uno mismo, hasta que al fin cuaja en palabras que casi son extrañas, pero tienen su propia vida y destino. La verdad del poeta no se da hasta que este no encuentra las palabras para decirla. El poeta, de manera singular, está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya estamos los demás. Escribir, al fin y al cabo, en poesía se decanta más si cabe a verbo reflexivo.

Al abrir un libro de poesía nos adentramos en un mundo simbólico donde no importa tanto lo que se dice como lo que eso mismo significa. En ese sentido, lo que interesa de un poeta, como apuntaba Walace Stevens, no son ni su destreza ni sus sentimientos, sino su sentido del mundo. La poesía, ya se sabe, trata de ir más allá, no solo se preocupa del significado de la experiencia, sino también de la experiencia del significado.

La trayectoria literaria de Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972) desde La vida me persigue (2006), su primer poemario, ha mantenido esa inercia de asumir la experiencia de lo cotidiano como forma de destilar su ámbito poético. En Cambio de rasante (2015) justificaba el título del libro aludiendo a ese tramo de vía de distinta inclinación para decirnos lo que su poesía experimentó con esa sensación doble de ir pegada al suelo y al mismo tiempo subida a él. Después llegarían Que viene el lobo (2016) y Qwerty (2017) para asentar y acrecentar más su valía. Parece una paradoja, pero su poesía se ha ido conformando al mismo tiempo en concentrar y extender, en hacerlo todo mucho más pequeño y el doble de grande a la vez.

Como doble y simultáneo es lo nuevo suyo que acaba de llegar a las librerías: La vuelta al mundo en 80 jaikus (y una nana para despertar) (Takara, 2018), que presenta dos mitades, la primera poblada de un buen puñado de haikus, y la otra de una canción de cuna en tres actos que pone voz a un ser de otro planeta; Idea intuitiva de un cuerpo geométrico (La Única Puerta la izquierda, 2018) el otro libro, se presenta como un poemario potente erigido en esa línea textual suya a base de palabras y silencios, y tanto lo dicho como lo callado apelan al sentimiento con igual energía, explorando simultáneamente sus ideas y las experiencias del vivir.

Si al poeta, más que a nadie, se le exige autenticidad, Itziar Mínguez siempre presenta en su poética esa aspiración. En estos poemas podemos ver cómo la escritora ha concebido sus piezas, nacidas desde la memoria y el recuerdo de las formas geométricas de un libro de aprendizaje de antaño en el que los objetos, los bordes y sus ángulos concitaban a la evocación poética. Y desde ese libro de Geometría quedamos convocados a escuchar episodios de vida y soledades. Los recuerdos y sus ecos con las claves de sus epifanías en las que destacan las reacciones y sensaciones experimentadas justo en el momento en que cada uno de los poemas es alumbrado.

Lo bueno de su poesía es que el lector se da cuenta de que la preocupación de la poeta está más por revelarnos algo sencillo que cualquier empeño de parecer sublime (y eso se agradece): Ven./ Quiero estar sola/ y necesito un testigo; así como en este otro: No es/ sueña conmigo,/ sino/ despierta a mi lado. Y nunca prescinde de expresar lo esencial de las cosas: - ¿Qué te pasa?/ - Estoy solo en el mundo./ - Yo estoy contigo./ -También tú estás solo. No repara en que su poesía sea demasiado poética, sólo con atisbos se basta: Tú y yo, para siempre/ bajo llave/ en esta caja fuerte/ sin compartir la clave/ con nadie./ Jamás. La palabra para Itziar es el tesoro del poema, por eso se esmera en desprenderse del derroche y en eludir la estrechez.

En Idea Intuitiva de un cuerpo geométrico hay un despliegue arquitectónico más conformado en relación a otros poemarios suyos. Aquí la forma del libro está más colmatada en su estructura y concepción. También, como novedad suya, utiliza el sangrado del verso y enfatiza la puntuación, algo que en sus anteriores poemarios desestimaba y, sin embargo, en esta ocasión quiere y requiere para que el lector proceda visualmente a transitar por el ritmo pactado por el poeta, para que no pierda comba por sus territorios vivenciales.

Por todas sus esquinas y ángulos Idea intuitiva... destila soledades, roces de compañía, memorias del cuerpo, pasión, amor discontinuo, rutinas del vivir y del trabajar, discurrir del tiempo, aplazamientos, lo que somos y lo que los objetos nos marcan. Todo un cúmulo del trajín del vivir y sus pulsiones.

Itziar Mínguez encuentra en esta tentativa, como bien dice Ángela Mallén en el estupendo prólogo del libro “la poesía de los actos y de los pensamientos”. Lo difícil de vivir es darse cuenta de ello, viene a decirnos la escritora vizcaína en esta obra suya de título tan abstracto, pero que nadie se confunda, porque Idea intuitiva... es tan tangible como vívida, en la que el cuerpo prima y palpita: en soledad y compañía, en su fuero y desafuero, en sus inflexiones y sobreentendidos. Un texto pasional y rotundo que acredita su oficio y madurez.


lunes, 9 de abril de 2018

Los misterios de la novela


Las palabras no pueden funcionar sin los referentes del mundo real, sin los libros y, desde luego, sin las novelas. Porque leer novelas, leer literatura, es un modo de enfrentarse a esa angustia existencial, en el sentido de que nos permite satisfacer nuestro impulso para explorar el caos que nos rodea y, hasta cierto grado, comprenderlo, transformarlo en algún tipo de orden que dé sentido a este existir que llamamos vida. Esto es precisamente la capacidad única que posee la novela sobre el resto de las formas artísticas: que puede retirar el velo de la ilusión durante el tiempo necesario para permitirnos vislumbrar la desdicha común y humana de la vida de los demás, y a su vez, por implicación, iluminar nuestra propia realidad o el devenir de nuestra existencia.

Todo escritor, todo novelista, como dice Luis Goytisolo, ha empezado por ser lector, lector de novela. El arte de la novela tiene esa gracia de hablar de todo y de nosotros mismos como si fuéramos otras personas, así como hablar de otros como si estuviéramos en su piel, y obligarnos a ir más allá de sus propios puntos de vista. En el último libro de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) encontramos mucho diálogo acerca de estos misterios que envuelven al género de la novela, y cuando un novelista que escribe ensayos, como dice él, que hablan del arte de la novela, entonces el escritor se convierte en un náufrago que manda coordenadas a los demás para que puedan localizarlo. En ese mapa vital que conforma su trayectoria lectora y su biografía literaria, la poética del escritor está presente y así la comparte, con emoción y sumo detalle.

Viajes con un mapa en blanco (Alfaguara, 2018) trata de eso mismo, “se compone –dice el propio autor– sólo de libros cuya lectura está asociada en mi recuerdo a un lugar y a unas emociones”. Cervantes, la tradición y los misterios de la novela responden al triángulo que encierra el conjunto de los ensayos reunidos en esta obra, en donde el escritor colombiano sustenta todo el sentido práctico del libro, partiendo de una cita memorable de Virginia Woolf, como introducción a su propia tentativa: “Los libros descienden de los libros como las familias descienden de las familias...”

En ese viaje literario, el lector explora con gran expectación la ruta propuesta por Vásquez al territorio cervantino. El invento de El Quijote tiene su calado, y como subraya él mismo, “nos pide aceptar que el hombre común y corriente, el compañero de nuestra cotidianidad, es una criatura de complejidades sin fin, contradictoria, impredecible y ambigua, dueña de una profundidad y un interés que no están al alcance del ojo, sino que yacen detrás de mil velos a la espera que los descubramos”. Por otro lado, viene a referirnos también que, a menudo, sustituimos las novelas por la realidad propiamente dicha, o al menos la confundimos con la verdad real. En eso va a consistir su empeño, en mostrarnos el poder extraordinario de la novela, en trasladarnos a la verdad secreta que promete.

Por eso mismo, este es un libro jugoso e interesante, poblado de material libresco abundante, mayormente conferencias, que al lector no le será fácil olvidar, ni separar su unidad literaria, debido a ese intencionado hilo conductor que ensambla a todas sus piezas en el mismo círculo del arte de novelar. Diríamos que estamos ante un compendio de ensayos que concita a prestar atención a esa sensación inmarcesible y reveladora de la novela que consiste en mostrar ese mundo ficticio tan capaz de transformar cualquier historia en algo inusitado y hasta más real de lo que sucede en el propio transcurrir de la vida. Vásquez, como novelista, también comparte estos principios, y tenemos prueba de ello en su extensa obra narrativa, como las imprescindibles Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007) o Las reputaciones (2013), en las que da buena muestra de su talento artístico en el género.

El reto de toda novela es que el lector se la crea, se dice en sus páginas. En ese sentido, Viajes con un mapa en blanco responde a esa tradición ensayística que persigue vislumbrar el alma y el poder persuasivo que la novela ejerce desde Cervantes, y sigue haciéndolo más allá de Proust, Dostoievski, Conrad o Coetzee. Porque las novelas de verdad “nos tienen que convencer de que debemos tomarnos la vida en serio demostrando que tenemos poder para influir en los acontecimientos, y que nuestras decisiones personales moldean nuestras vidas, como dice Orhan Pamuk.

En suma, Juan Gabriel Vásquez ha querido mostrarnos en este libro la despensa literaria suya en la que ha forjado su quehacer literario, sus lecturas y opiniones, así como retazos del magisterio de sus escritores más queridos e influyentes. Por estos cauces nos propone, con gusto y elocuencia, una indagación fructuosa sobre la importancia de las ficciones y la experiencia gozosa de leerlas. Los grandes libros están llenos de significados, nos viene a decir, nos interrogan, nos ponen a prueba y suelen ser despiadados en su franqueza.

Viajes con un mapa en blanco no es un libro más que haya sido concebido para desarrollar lo que ya sabemos sobre la teoría de la novela, sino que es un texto confesional de un escritor comprometido con la ficción, que explora, con gratitud y maestría, en sus misterios de manera admirable.


martes, 3 de abril de 2018

Un hombre agradecido


La trayectoria literaria de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha ido cimentándose durante los últimos veinticinco años en una fecunda tarea narrativa de creciente solvencia y, tras su fulminante éxito editorial sobrevenido por su monumental novela Patria (2016), más allá incluso de nuestras fronteras, le ha catapultado a la cima de los autores más leídos y estimados de las letras actuales españolas.

Si tuviera que responder telegráficamente sobre un posible subtítulo de Autorretrato sin mí (Tusquets, 2018), su nuevo libro, se me ocurren varios, porque esta obra suya contiene una radiografía completa de su persona y, a medida que he ido leyendo las sesenta y una piezas que conforman la totalidad del texto, me han ido surgiendo epígrafes, nacidos de ese rango de extensa gratitud que el escritor vasco ha querido plasmar a lo largo de su compendio narrativo, por cierto, en una cuidada y hermosa publicación, y que nos habla del hecho del vivir diario de un “hombre de soledad y libros”, que afirma “pasar la vida naciendo”, procurando estar “a buenas con la vida”. Por eso he querido resaltar como título de la reseña lo que realmente el lector se va a encontrar en cualquier página del libro: estampas personales de un hombre agradecido.

En otros libros anteriores, Aramburu ya proponía fragmentos de su vida particular para mostrarnos el paisaje sentimental que fue creciendo en su deambular cotidiano, al mismo tiempo que mostraba su mapa literario, como se evoca ahora en Autorretrato sin mí, para reflejar, a través de la brevedad de estos textos, su buena pizca de ironía, el aprendizaje y la experiencia de vivir. Libros, como este de ahora, escritos lejos de su país: “Nunca le profesé tanto afecto a mi idioma –confiesa al final en El artista y su cadáver (2002)– ni me correspondió él tan generosamente como en el tiempo que llevo establecido en Alemania, adonde vine a vivir por gusto”.

Al igual que en Las letras entornadas (2015), Aramburu se define como un “disfrutador” de su oficio. La lectura de El hombre rebelde de Camus le afianzó en su compromiso vital de responder a la vida con sus acciones y con su palabra. Mucho le agradece al escritor francés que le enseñara a amar al hombre por encima de sus ideas. Así como agradece lo que recibió de la literatura, ese latido persistente de vivir definitivamente una soledad acompañada, y en ese sentido, todo lo que late en Autorretrato sin mí es gratitud extensa a la vida y a los libros, una suerte de confesión poética profunda e íntima, buscando un poco de verdad consigo mismo, como nunca lo había hecho con tanta desnudez y gozo.

Hay pasajes de canto y celebración por la vida, así como de enaltecimiento a la soledad y al recogimiento. “Es inútil concebirme sin mi concha de caracol –confiesa con gusto–. Si alguna esencia llevo adherida a mi esqueleto es esa dimensión personal que, a falta de otro nombre, llamo soledad. Yo no tengo más alma que estar solo. Desde niño la transporto a todas partes. Es mi reducto, la caja fuerte de mi personalidad, el sitio donde clavo mis flores y donde me dirijo la palabra mirándome a los ojos” (pág.89).

Aramburu se congratula de estar vivo a solas, igual que cuando lo está en compañía de sus amigos y seres queridos, se afana en proclamar por encima de todo que la vida le gusta, aun sabiendo que “a veces mancha y duele la vida, y uno se retira en silencio a un rincón de su desgracia a esperar que la vida amaine y se enciendan de nuevo las horas azules del gozo” (pág. 126). Nada le es ajeno al escritor donostiarra para esbozar pasajes íntimos en donde el lector también pueda reconocerse. La infancia, el hogar, los primeros escarceos amorosos, la enfermedad, los palos de la vida, la mirada al prójimo, son fuentes de provecho literario para alumbrar el paso del tiempo, poner valor al tránsito de la vida y reconciliarse con ella misma.

Autorretrato sin mí es todo una celebración, un texto con mucha densidad poética, escrito por el alma de alguien dotado de ese don especial para reverberar el sentido poético de la vida, un dietario vital por el que trascienden los asuntos esenciales y vívidos de su autor: la vocación, la identidad, la familia, el tiempo, los libros, la soledad, la memoria y la resignación por las pérdidas.

Aramburu firma la obra más poética y personal de toda su producción, un ejercicio de introspección por donde menudean secretos y secuencias vitales que nos acercan al hombre sereno y sencillo que aparenta ser y que, en verdad es, tan propenso al recogimiento como a la soledad que tanto le complace, un libro urdido con maestría bajo un lenguaje preciso, limpio y conmovedor. Bellísimo.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Con nombre y apellido


En la literatura siempre hay que tener muy en cuenta el punto de vista. Escribir es, sobre todo, un acto de desesperación. Cuando alguien toma la palabra y se compromete públicamente con su escritura es porque tiene algo que decir, que revelar. En realidad, el escritor no hace otra cosa que ponerse a prueba una y otra vez. Al sentarse delante del ordenador toma una determinación irrenunciable y es consciente de ello. Escribir es ajustar cuentas con la realidad, y es también buscar una familia. Un escritor, como sostiene Rodrigo Fresán, es un mecanismo de defensa con nombre y apellido.

El último libro de Manuel Vilas (Barbastro, 1962) contiene esa defensa de la que habla el escritor argentino, pero, sobre todo, ese arrojo y catarsis de canto a la vida, con su dicha y quebranto, como dice el poema de Violeta Parra que precede al testimonio de lo que el escritor nos tiene reservado, un relato íntimo y descarnado por el que transcurren los episodios de la vida de su narrador: sus padres muertos, sus hijos, su divorcio, la pobreza, el alcohol y, también, España, como apunta al inicio: “Me puse a escribir, solo escribiendo podía dar salida a tantos mensajes oscuros que venían de los cuerpos humanos, de las calles, de las ciudades, de la política, de los medios de comunicación, de lo que somos”... “Un estado mental que es un lugar: Ordesa. Y también un color: el amarillo”.

En Ordesa (Alfaguara, 2018), lo que encontramos es el universo personal y próximo del narrador, que no es otro que el del propio Vilas, decidido a expandirse, sin renunciar a esa particular forma suya de entender la literatura desde el desate y el desacato, dispuesto a lo que sea. Desnudez y desamparo se aúnan en toda su anchura, tocando todos los flancos que dejaron lastre y marcas en su vida: historias de sus progenitores, muertes, separación matrimonial y relación con sus hijos. “Todos somos pobre gente, metidos en el túnel de la existencia”, escribe. Y más adelante sentencia: “La familia es una forma de felicidad testada”. Acerca del matrimonio tampoco se achica, afirmando que “es la más terrible de las instituciones humanas, pues requiere sacrificio, requiere renuncia, requiere negación del instinto, requiere mentira sobre mentira, y a cambio da la paz social y la prosperidad económica”.

¿Qué tiene que haber en un libro confesional, en una novela de no-ficción, en un relato autobiográfico, en un texto anchuroso de la memoria para que verdaderamente nos atrape?: necesitamos que haya verdad, que cale sin filtro, hasta empaparnos de emoción y credo, sin importarnos compartir la adversidad ajena, porque, en verdad, se parece mucho a la nuestra. Ordesa posee ese tono de desgarrada confesión personal, de ejercicio introspectivo que reúne todas estas consideraciones y, por tanto, trasciende al territorio propio del lector como ser que también comparte su función de hijo y de padre. “Los seres humanos son fundadores de familias”, constata el autor para evocar esa concepción tan nietzscheana del eterno retorno.

A lo largo de sus ciento cincuenta y siete fragmentos que conforman la totalidad del libro, al que habría que añadir el colofón poético que sirve de epílogo, y en el que da cuenta de algunos de sus poemas vinculados a mucho de lo que el texto evoca y rememora, Vilas despliega su gratitud y amor a sus padres, su interés por no desencantar a sus hijos y su voluntad de culminar la tarea de vivir sin tener que aceptar que las cosas sucedan por azar y que sean obra del destino. El lector también encuentra algo de redención implícita en la novela que tiene mucho que ver con lo que Baroja confesaba al inicio de sus Divagaciones apasionadas: “Intentaré aclarar mis ideas y sincerarme, porque todos los que escribimos necesitamos, por una cosa o por otra, que nos absuelvan”. En ese sentido, la culpa se pone a examen.

Toda obra literaria tiene una situación y una historia. La situación es el contexto o la circunstancia y, a veces, la trama: “Todo se concentró en un nombre, que es un topónimo: Ordesa, porque mi padre le tenía auténtica devoción al valle pirenaico de Ordesa y porque en Ordesa hay una célebre y hermosa montaña que se llama Monte Perdido”. La historia que hay por este paraje y por las páginas del libro no es más que la experiencia emocional que conforma lo narrado por el escritor: “Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable” (pág. 280).

Este es un libro extraordinario, torrencial y desgarrador que viene a decirnos que un mundo sin padres no parece muy deseable, pero que uno pertenece al mundo que uno mismo se ha creado, y no al mundo del que procede. La calidad nunca es un accidente, decía el escritor británico John Ruskin, siempre es consecuencia de un esfuerzo de la inteligencia. Ordesa es un resultado mayúsculo.

viernes, 16 de marzo de 2018

Salir de la nada y volver a la nada


La vida es una metáfora del boxeo, escribe Joyce Carol Oates en su ensayo Del boxeo (1987), a la que no le faltan combates que disputar, asaltos que ganar y perder, golpes encajados y golpes fallidos salvados por la campana. Y en esa pelea prolongada es imposible no ver que el verdadero adversario de ese combate no es otro que uno mismo. La vida, como dice la escritora norteamericana, es precisamente como el boxeo en muchos e incómodos sentidos.

No sería exagerado afirmar que el boxeo sea quizá el deporte más literario que existe. En ese sentido, no existe otro que recoja mejor esa mezcla de miseria y grandeza que concluyen en su génesis, desarrollo y final, como mandan los cánones de la teoría literaria que no debe faltar en la elaboración de una novela: planteamiento, nudo y desenlace. Si boxear es la metáfora definitiva de la vida, entonces también lo es, en buena medida, escribir sobre este deporte donde los púgiles están dispuestos, como los escritores, a llegar hasta lo más hondo de sí mismos, a sangrar más si cabe.

El boxeo y su literatura ha apasionado siempre a Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), periodista, pintor, ilustrador, escenógrafo y ensayista, al que le ha dedicado buena parte de su actividad artística. En 1986 estrenó en Munich Bantam, una obra de teatro dedicada a los pesos gallo. Después publicó dos libros más sobre otras particularidades del boxeo: Sardinas en aceite (Mondadori, 1990) y Literatura y boxeo (Turner, 2009). Al referirse a la literatura de este deporte, Arroyo ofrece la tesis de que “la literatura del boxeo es una literatura de lumpen proletariado”.

Pero si hay que destacar un libro suyo por encima del resto, y que haya puesto más entusiasmo y pasión, nos tenemos que referir a su biografía del púgil americano de los pesos gallo Panamá Al Brown, editado por primera vez en Francia en 1982, y publicado seis años después en España por Alianza Editorial. Ahora, en una nueva y primorosa edición, Fórcola recupera esta extraordinaria biografía para disfrute de sus lectores, no solo de aquellos aficionados a este controvertido deporte, sino también de aquellos otros lectores curiosos, atraídos por ese sentimiento barojiano de lo que significa la lucha por la vida.

Nos cuenta Arroyo que en aquellos primeros años del siglo XX Alfonso Teófilo Brown era solo un niño más entre los cientos de muchachos que vagabundean por las calles de su pueblo todo el día y que boxeaban con su sombra. Poseía una extraña morfología, debido a esa delgadez de alambre tan particularmente suya: medía por entonces 1,68 y pesaba 46 kilos, un peso mosca, sin apenas pantorrillas y con una cintura de avispa y un abdomen plano “como un plato de postre”, “los brazos separados del cuerpo como las aspas de un molino y una cabeza pequeña bien equilibrada”. Muy pronto empezó a frecuentar los clubes de boxeo junto a otras jóvenes promesas en busca de su oportunidad para dar el salto a la fama y ganar mucho dinero.

En 1922, con veinte años cumplidos se convierte en el campeón de Panamá de los pesos mosca. Le gusta pelear, le apasiona el boxeo, pero detesta la disciplina del gimnasio. Su traslado a Nueva York le supuso sortear muchas dificultades. Allí se agotaba física y mentalmente, llevando una vida de la que todo boxeador debe huir. Sentía que se ahogaba, como si aquella ciudad lo empujara hacia el abismo. Una ciudad hostil y un barrio, Harlem, problemático y difícil donde la mayoría de sus habitantes sobreviven trapicheando y apenas nadie progresa. En aquellos años, “ser negro y, por añadidura, ser un boxeador capaz de derrotar a los blancos era prácticamente imperdonable”.

Llegar a París en 1926 fue la mejor decisión que tomó impulsada por Villepontoux, un excampeón de motociclismo, que le propuso acertadamente cambiar de aires y poner rumbo a los cuadriláteros europeos. En tan solo unos cuantos meses su prestigio corrió por todos los periódicos deportivos y cogió fama entre los entendidos de “ser, no un boxeador de una clase excepcional, sino un púgil de otra especie”. Comienza a ganar combates por diferentes ciudades y a subir su cotización, al mismo tiempo que empieza a meterse de cabeza en la vida derrochadora y desordenada que caracterizó toda su vida.

Arroyo despliega a lo largo del libro las peripecias que van sucediendo dentro y fuera del ring por donde aparece el panameño, así como su inconsistente vida, tan solo confiada en unos puños, cada vez más maltrechos, y manteniendo una conducta con tantos excesos y extravagancias, exhibiéndose, incluso como bailarín y poeta por las salas nocturnas de París. Alfonso Kid Teófilo, conocido en el mundo del boxeo como Al Brown, era un extraordinario estilista, ágil y muy técnico, todo un prodigio del boxeo, que convivió con su condición de homosexual y su adicción al alcohol, al opio y a las apuestas. Tiraba el dinero por la ventana jugando al bacarrá y apostando grandes sumas en las carreras de caballos. Se sabía también lo que su apoderado Lumiansky le robaba a mansalva de sus contratos y de la bolsa de sus combates.

Podemos imaginarnos con tristeza aquel año de 1932 de tanto despilfarro y negras consecuencias para su salud, enfermo ya de sífilis. Su relación íntima con Jean Cocteau entre 1935 y 1937, que ejerció de manager y consejero suyo, le trajo la ayuda económica de Coco Chanel para su preparación y vuelta triunfal al ring. Sin embargo, de nuevo el champán, las drogas y el despilfarro reaparecen hasta dejarlo abatido y abandonado rápidamente por todos.

El historial de Brown terminó con un combate en Colón, su ciudad natal, contra Kid Fortune en 1944. Después tuvo el último en 1948 en Nueva York. Allí pasó los últimos años de su vida en la miseria, entre hospitales y hospicios, hasta morir como un vagabundo menesteroso en abril de 1951 a causa de una tuberculosis en grado extremo.

El libro de Eduardo Arroyo es un relato portentoso que desgrana la vida fatídica de un púgil surgido de la miseria y tocado por la gloria, el primer latinoamericano que había conquistado el título de campeón del mundo, un personaje que parece extraído de una novela negra, y que nos desvela la perniciosa doble personalidad que el mundo del boxeo exhibe sistemáticamente, su cara y su cruz: el yo en el ring y el yo fuera de este.


martes, 13 de marzo de 2018

Desde la verdad vivida


Rilke recomendaba a un incipiente poeta, que le pedía consejos sobre su quehacer literario, que volviera su poesía a los asuntos que le ofrecía su propia vida cotidiana: sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces, la fe en alguna belleza y la mirada sobre las cosas de su ambiente que le eran más cercanas. Si hay algo consustancial en la poesía de León Molina (San José de las Lajas, Habana, 1959) es, precisamente, esa persecución de la que hablaba el autor de las Cartas a un joven poeta (1929), de recurrir a la naturaleza en pos del hallazgo poético. Bien es cierto que el escritor cubano no solo recurre al paisaje del bosque y del campo, sino que bajo ese influjo que otorga el asombro de ambos, su poesía se adentra en el entorno personal de la conciencia y de la memoria, en el paso del tiempo y en el silencio de sus instantes.

Molina vive desde su tierna infancia en Albacete, y en su residencia alojada al abrigo de la Sierra del Segura mantiene el observatorio intimista que le otorga ese escenario natural para crear su universo poético: Observar a los pájaros/me ha enseñado a observar el mundo, escribe en unos de sus poemas de su libro Un hombre sentado en una piedra (2016). En El taller del arquero (2014), su libro predecesor, quizá el más poliédrico en cuanto a su forma, se apura en dar cuenta de esa manera de ser y de estar en el mundo, como diría Heidegger que corresponde a todo verdadero poeta: Regreso al mismo lugar./ Unas cosas están donde estaban/ y otras no./ Eso es el tiempo./ El nido que incuba/ las emociones.

En Micromicón (Takara, 2018), su más reciente poemario, la forma de mirar el paisaje, el trino de las aves o, sencillamente, el sentir del aire del campo vuelven con la misma intensidad y evocación que en sus anteriores libros, pero en esta ocasión desde la distancia corta, bajo una construcción más condensada e intimista. Construir un poema con pocas palabras requiere la eficacia precisa y la trascendencia necesaria para que no derive en una mera paradoja poética. Molina no cae en esa trampa y, como buen arquero, arma con rapidez e intensidad sus dardos poéticos. Incluso, en algunos de ellos, el eco del haiku y el aforismo es insoslayable y, al leerlos, transciende una vez más lo que el poema breve fulgura y lleva de dardo, provocando en el lector el milagro de asistir al asombro de su chasquido: Se cruzaron nuestras miradas/ y nos dijimos que era que sí/ y que iba a ser que no.

Hondura y emoción es el credo poético que sostiene al centenar de micropoemas reunido en esta nueva obra suya. Más allá de sus hallazgos, hay una inusitada intención inquisitiva de lo que ocurre fuera y dentro de la mirada del poeta. Todo lo que se sucede posee sus destellos metafóricos: Al atardecer, en el porche,/ barriendo las luces caídas. Y en esa tarea afanosa de captar instantes: Ejerciendo mi oficio/ de catador de atardeceres, el poeta examina su estado y agradece, con ironía, lo que le va deparando la experiencia de vivir, sin patetismo, ni pesadumbre: No sé de casi nada./ Pero disfruto mucho todos los casi.

Para muchos lectores de poesía que acudimos al poema sin un fin concreto, solo animados por el gusto y la musicalidad de las palabras o, tal vez, alentados y esperanzados en vernos reflejados en la propia existencia del poema, los textos que conforman el presente libro incorporan además un aditivo nada desdeñable: la brevedad y la precisión. Por encima de la rima y la métrica, lo que identifica a la poesía que hoy en día transita por los albores de este siglo, a diferencia de otros tiempos, son la concisión y la exactitud, un minimalismo abducido, tal vez, por la incidencia de las redes sociales. Micromicón es un libro tejido bajo esa concisión minimalista a la que hay que añadir otro rasgo significativo e importante: la intensidad. Intensidad quiere significar concentración, instantánea, epifanía y credo: El poema que persigo es aquel/ que pudiera acabar un día/ cubierto por el musgo.

León Molina conoce sus itinerarios interiores y circula a través de ellos con inusitado tesón y frescura. Las entradas en estos itinerarios se producen desde dentro y desde fuera, es decir, de lo que nace en su interior y de lo que sucede ante sus ojos. Un estímulo cualquiera, como el canto de un pájaro, un color del cielo o un recuerdo, lleva su pensamiento a un lugar interior concreto donde se fragua el sentido del poema, como el nacido en estos versos: Escribir para aprender./ Escribir para sobrevivir. / Para aprender a sobrevivir. / Para sobrevivir al aprendizaje.

La poesía de Molina explora la realidad del mundo a través de la mirada y de la conciencia, en un ejercicio ceñido a la brevedad y construido con las palabras justas que requiere despojo y toque de sabiduría. Las piezas reunidas en este volumen contienen esos pálpitos suyos que transitan consagrados al llamado de la naturaleza y sus significados secretos, dando paso a las emociones de quien la contempla desde la verdad vivida.