lunes, 12 de febrero de 2018

Vidas paralelas


Aristóteles sostuvo la curiosa teoría de que todas las cosas tienen su lugar natural en el mundo, una especie de hogar perdido al que se retorna en cuanto aparece la primera oportunidad. Según él, el hogar del plomo es la tierra, el hogar del humo es el cielo. El hogar del hombre no está claramente delimitado, ni pone cerco a sus apegos, ni mucho menos límite a sus ambiciones. De ahí que, muchas veces, conformarse con ser un simple lugareño no sea suficiente y uno aspire a convertirse en un ciudadano del mundo, más expuesto a asumir otros retos, nuevas metas, impulsadas por sus deseos y sueños.

En Brillo de asfalto (Fórcola, 2018), la nueva propuesta narrativa de Marian Torrejón (Sagunto, 1961), autora del libro de relatos Limones dulces (2012), hay vidas en juego y mucho que reflexionar sobre las aspiraciones legítimas y los valores que, en buena medida, transitan por la teoría del pensador griego, así como el alcance de las cosas materiales del mundo y su implicación en la vida de los hombres, pero bajo la vertiente determinada por el resultado de éxito o de fracaso, un tema que también tocó, con otras mimbres, en su novela anterior: Al pie de una pared sin puerta (2015).

Lo mismo que “el dinero y el amor son difíciles de esconder”, como dice el narrador de esta historia de náufragos, tampoco la ruina y el desamor se ocultan a la vista de los demás. El espejo en que se mira la vida de Serafín Orduña, su protagonista, devuelve al lector la imagen azorada de una vida intensa, repleta de ambiciones y sueños, que ha pasado rápidamente del todo a la nada, una trayectoria que, de buenas a primeras, comienza a hacerse añicos y a vislumbrar su tragedia, algo que tiene su origen en una noche aciaga, cuando, accidentalmente, mató con su coche a un hombre que cruzaba por la calzada. Este hecho fatídico lo impulsará a indagar en la existencia de ese hombre que yace, sin vida, sobre el asfalto de una calle solitaria de su ciudad, junto a las ruedas de su vehículo.

Todo en la vida de Serafín ha sido meteórico. Sus proyectos e inversiones no han dejado de acarrearle grandes satisfacciones. Las tiendas de gourmet Sebarit, una creación suya, alcanzan auge y prestigio y no paran de sumar dinero. Sus apetitos se disparan y ya no se contentará con su suerte. Aun así, nada es ajeno a los ciclos y a las incertidumbres económicas y, por tanto, pocos se libran de los estragos de la debacle financiera sobrevenida, que pilló a tanta gente desprevenida y a la que endeudó hasta la coronilla. El amor, la familia y su propia existencia también se resentirán a los envites de la ola de desconcierto económico desatado, y no tendrá compasión alguna de él, precipitando tanto sus excesos como su vida arbitraria al abismo. Vivir bajo los tiempos de la abundancia no le sirvieron para poner coto a su codicia, ni tampoco para poner freno a esa pulsión desmedida de someter toda una vida en pos de una mayor fortuna.

La novedad y su estatus social van forzando su tren de vida, imposible ya de parar, y ocupan la totalidad de los sueños de este hombre exhibicionista y codicioso que, en nada de tiempo, empieza a mostrarse vulnerable a medida que descubre que la realidad económica de su negocio atraviesa por su peor momento. Cuando más endeudado está, y menos crédito tiene, es cuando descubre nuevos detalles de la vida del hombre que atropelló, un ser sin apenas atributos, que se le parece a él, reducido al fracaso y a sobrevivir de mala manera en medio de la tormenta económica desatada.

Marian Torrejón ha escrito una novela vibrante, cruda e intensa sobre la vida convulsa de unos personajes absorbidos por la codicia y el desenfreno, una crónica reconocible para el lector de nuestro tiempo, al que tampoco no le es ajena por el entorno que le ha tocado vivir, una historia que concita a reflexionar sobre los estragos que produce en el ser humano la ambición, y la imposibilidad de salir indemne de los hilos que esta mueve.

La gente de mar sabe que un buen timonel puede navegar contra el viento sirviéndose, precisamente, del empujón extraviado que este trae consigo al chocarse en las velas de la embarcación. Pero ningún viento es bueno para el que no sabe adónde va. Los personajes de Brillo de asfalto no son hombres del mar, tan solo náufragos, víctimas de sus malas decisiones.

El lector de este relato constata que la cruda realidad siempre se impone al humo de la grandeza, pero al mismo tiempo, también sabe que nada es tan simple en la vida de los otros, y que marcar un rumbo equivocado no sale gratis. Por eso no es nada fácil soportar las miserias sobrevenidas a los demás porque, inevitablemente, nos recuerdan mucho a las nuestras.


lunes, 5 de febrero de 2018

Viaje a Portbou

La novela no es el género de las respuestas, escribe Javier Cercas, sino el de las preguntas: escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para resolverla de la manera más compleja posible, no para contestarla, o no para contestarla de manera clara e inequívoca; consiste en sumergirse en un enigma, más que para resolverlo, para cuestionarlo.

El nuevo libro de Álex Chico (Plasencia, 1980), poeta, ensayista y crítico literario, viene a resaltar esta particular cosmovisión de la novela a la que se refiere el autor de Soldados de Salamina (2001) y, especialmente, en lo relativo a ese punto ciego en el que incide el enigma de toda historia narrada, sobre la que gira su esencia y validez.

Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2017) parece un ensayo, también parece un libro de historia, incluso una crónica de un viaje o un diario personal, a ratos una narración introspectiva sobre la búsqueda de la verdad en torno a la muerte y a las circunstancias que rodearon los últimos días de la vida del pensador berlinés en el pueblo fronterizo de Portbou, una estación de paso en el Alto Ampurdán, por donde cruzaba gente que huía, como él, del terror nazi y gente que escapaba, en sentido contrario, de la persecución franquista.

Portbou y Walter Benjamin se entrecruzan a través de una trama en la que el escritor extremeño se implica con el personaje y el pueblo. Portbou, dice Álex Chico, era tan solo “un escenario colateral de la trama que había detrás de una muerte”. Sin embargo, un poco más adelante y, también, al final del libro confiesa lo siguiente: “Fui en busca de un escritor y me acabé encontrando un pueblo. Más aún: acudí al pasado sin saber que solo me estaba desplazando hacia el presente”. Es sobre esta reflexión donde el lector encuentra la clave de esta obra. Aquella decisión tomada hace unos años de emprender un viaje a Portbou para contrastar algunos datos sobre la muerte de Benjamin se transformó, por tanto, en una indagación sobre el propio territorio, un azar sobrevenido: de la idea de ir a Portbou para encontrar a Walter Benjamin, a la realidad de llegar a Walter Benjamin, para encontrar a Portbou.

La verdad literaria de esta novela de ensayo ficción, como la denomina su propio autor, no está en las respuestas al mito que transita por sus páginas, sino en la propia búsqueda de una respuesta dentro de la indagación que propone el texto. Esta novela no persigue proponer certezas, ni dar respuestas convincentes, sino transmitir dudas, preguntas, complejidades que nos pongan en guardia sobre lo mucho o lo poco que sabemos de lo que se cuenta en el texto acerca de la muerte de Benjamin. El libro de Álex Chico conmina a ello, a que nos pique la curiosidad, también nos sugiere que una realidad puede convertirse en otra, según la experiencia de quien la maneja, y nos alerta sobre la fragilidad del conocimiento de las cosas y sus equívocos.

La imagen verdadera del pasado, en palabras del propio W. B., es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella. Un final para Benjamin Walter, un título en el que el autor intercambia el nombre con el apellido, hace alusión al dislate del funcionario franquista que anota en el libro de registro la entrada por el paso fronterizo del Sr. Walter, un matiz que le sirvió de salvoconducto y no ser detenido, al ocultar su verdadero apellido judío.

En el fondo de este memorial narrativo por donde transcurren voces y presencias de artistas diversos como el escritor Sebald, el pensador Adorno, el poeta Zurita, el escultor Karavan, el fotógrafo García-Alix o la pintora Silvia Monferrer, entre muchos otros, hay un propósito de rescatar un escenario inerme del presente, revisitarlo y articular una historia vívida sobre la memoria de su pasado. Portbou significa el tiempo dilatado, denso, simbólico, velado de historia pretérita y vacío de presente.

Álex Chico yuxtapone, por tanto, ideas y citas rescatadas al relato de su libro, y al tiempo indaga por las calles deshabitadas de Portbou, confrontando esa realidad con lo sabido y contado por otros. En esos ecos del tiempo, curtido de preguntas y dudas, el texto encontrará acomodo y sentido. Entonces todo encaja, se apura al concluirlo: “Descubres que detrás de ese viaje, detrás de Portbou y de Walter Benjamin, detrás de los objetos esparcidos sobre tu mesa..., buscabas la ocasión para dar forma al diario que querías escribir..., como si tu vida anterior no hubiera sido más que una larga y paciente espera”.

En suma, en Un final para Benjamin Walter se aúna la cartografía de la memoria de un hombre que dejó una obra luminosa y una vida llena de preguntas y puntos suspensivos, con la de un pueblo casi extinguido y con el sentir de un narrador adherido a ambos, un relato íntimo y persuasivo en el que al autor le es imposible desaparecer de la escena, pero que, a su vez, comparte diálogo con quienes le acompañan en su escritura.

Álex Chico firma una obra ambiciosa, inteligente y reflexiva sobre la supervivencia y la memoria, dos ideas fecundas para conjugar el presente y el pasado de un trayecto vital, un libro que cautiva por su verdad y buena literatura.


lunes, 29 de enero de 2018

Vivir, viajar, escribir


Escribir es procurar entender, es procurar reproducir lo irreproducible, diría Clarice Lispector. Escribir es, también, sentir la necesidad de contar algo relevante que anda fraguándose en el alma de todo escritor. La literatura es, en gran medida, causa de esa necesidad y espacio propicio de donde se surte el escritor para extraer recuerdos, realidad y sueños, por medio de los cuales tira del hilo de lo que se fue gestando dentro de sí mismo. Pero al escritor comprometido con su oficio lo que le interesa es que esa pulsión obedezca a una irresistible revelación, imposible de callar.

Los escritores, a su vez, disponen de diversos medios para orientar al lector sobre el sentido de su libro. El título es el más inmediato. Lo mismo pasa con las citas de otros autores que anteceden al texto. A todo esto, el lector ávido de signos y pistas celebra que algunos autores se preocupen de poner más referencias acerca de sus libros, añadiendo información en alguna página preliminar sobre lo que viene a continuación.

Marta Rebón (Barcelona, 1976), a la que debemos extraordinarias traducciones de grandes obras maestras de la literatura rusa, como Doctor Zivago, de Pasternak, Vida y destino, de Grossman o El Maestro y Margartita, de Bulgakov, entre otras, se acerca al lector por primera vez con un título sugerente al que acompañan dos citas reveladoras de Filipa Leal y Joseph Brodsky, que dan sentido al título elegido y a la forma de cómo se supone que fue concebido el texto, mientras los viajes, las lecturas y las traducciones se sucedían durante años en su quehacer diario.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), precioso epígrafe, cohabitan muchas voces y muchas vidas a lo largo de todos sus capítulos. Estamos ante un libro que es un viaje, una crónica, una biografía colectiva de grandes escritores rusos, pero escrito desde la experiencia de una vida entusiasta dedicada a la traducción, que pone voz y mirada propia al mundo que la rodea a través de sus vivencias literarias y desplazamientos por las ciudades líquidas que fluyen por sus páginas, desde la fría y moderna San Petersburgo, a la cálida y milenaria Tánger. El yo que sustenta al relato es sutil y modulado en su intimidad. Rebón comparte con su compañero de viajes estancias e instantáneas fotográficas que ilustran y ponen significado al libro, al tiempo y al espacio recorrido durante ese trecho importante de su vida dedicada a la lectura, a la traducción y a la escritura. En realidad, según cuenta ella misma, siempre vio “la traducción como antesala de la escritura”.

El traductor, nos dice, es un escafandrista al que le gusta enfundarse a diario el equipaje de buzo, “un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas”. A Marta Rebón le gusta su oficio y la literatura que lo sustenta, y aquí se aúpa para contárnoslo en primera persona, desde los lugares donde forjaron sus vidas sus escritores predilectos y transcurrieron sus ficciones, para hablarnos de sus obras y de sus azoradas peripecias.

Por estos pasillos literarios transitan clásicos fundamentales de la literatura rusa como Tolstói, Dostoievski, Chéjov o Nabokov, pero también nos cruzamos con otros nombres grandes de las letras soviéticas como Tsvietáieva, Tsypkin, Dovlátov o Chukóvskaia, un amplio elenco, que parte de San Petersburgo y que se trasladan con ella a otros escenarios como Quito, Oporto, Moscú y Tánger, con el propósito de trazar un relato de vida y experiencia personal a través de la lectura de sus obras.

En la ciudad líquida se edifica un tránsito, una autobiografía, desde el cimiento de una vida iniciada en las trincheras del mundo de la traducción hasta desplegar el sueño de contar la experiencia de escribir un relato propio, de sentirlo reflejado en una historia alentada por esa facultad arrebatadora e imparable que posee la literatura para interpretar los asombros cotidianos de la vida, como si no bastará con lo que uno se apura en hacer cada día. La vida, se deduce del texto, consiste precisamente en el paso del tiempo, en el cambio, en la alteración de lo que rodea a su autora. Lo que hay en este libro no es solo una historia, es un microcosmos significativo de otras muchas vidas reflejadas por quien las ha escrito en estado de gracia.

Lo que hay, en definitiva, En la ciudad líquida son vivencias, lecturas y viajes que nos revelan esa condición de nómadas que solemos llevar íntimamente. Leer es siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba Dovlátov. Pero también, leer no es simplemente leer. Leer es interpretar lo que se lee. A veces, otros lo hacen por ti. Marta Rebón pertenece a esa estirpe, y aquí, lo hace desatadamente, con mucho talento y buen gusto, reinterpretando su mundo y la literatura que le es afín, en este libro sorprendente de hermosa edición.


lunes, 22 de enero de 2018

Salmo a la vida

Todo lector tiene sus preferencias a la hora de elegir sus lecturas. Algunos nos fijamos mucho en el título del libro que tomamos entre manos o, también, en la alegría de descubrir a un nuevo autor. Nos atrae tanto lo insólito como la originalidad de la historia, al igual que el impacto de sus primeros párrafos, la belleza del lenguaje, la construcción de los personajes o, simplemente, el tema urdido por el escritor. Es frecuente que no haya solo un factor que determine si un libro nos va a encandilar o no, sino la suma de varios.

Tengo que admitir que siento especial predilección por la temática y atmósfera que impregnan los libros que describen la vida de aquella gente que sobrevivió, a duras penas, a los malditos campos de concentración que proliferaron en Europa durante el siglo XX. Esa imbatible voluntad de vivir, de luchar frente a la adversidad más impensable y cruel, quizá, sea otro de los acicates a añadir a ese tipo de preferencias que, raramente, pasa desapercibida a cualquier conciencia lectora sensible y contraria a toda barbarie.

Cuando uno termina de leer un testimonio tan veraz, duro y conmovedor, pero, a la vez, tan esperanzador y lleno de vida como este libro de Cuatro mendrugos de pan (Periférica, 2017), de Magda Hollander-Lafon (Záhony, Hungría, 1927), traducido por Laura Salas Rodríguez, el resultado es que el horror de lo vivido por su protagonista, su espíritu de supervivencia y el desafío a que tuvo que enfrentarse en los campos de la muerte conmocionan tanto, que uno no deja de preguntarse a sí mismo si la maldad humana es capaz de llegar a tanto, como tampoco deja de admirar la fuerza de quien es capaz de sobrevivir tan desvalido y maltrecho, sujeto solo a un mínimo hilo de esperanza, para salir con vida de aquellos lugares de espanto y después poder contarlo.

La autora, hija de judíos, nacida en una pequeña población húngara, fue apresada con apenas dieciséis años y conducida a Auschwitz en 1944 junto a su madre y a su hermana. Posteriormente, hasta su liberación, que no llegó hasta haber transcurrido año y medio de infierno, fue trasladada y confinada a otros centros. Toda su familia, como la inmensa mayoría de los judíos que pasaron por aquellos campos de la muerte, quedaron exterminados en vida.

Hollander-Lafon acude a su memoria para contarnos episodios de aquel desvalido itinerario de muerte suyo sin apenas esperanza en el que todo el mundo se aferraba a la vida; todos, sin importar la edad ni la salud, hasta el último segundo, pusieron su aliento para seguir vivos. Auschwitz, Birkenau y el resto de aquellos siniestros recintos eran lugares de exterminio en los que cada uno de sus reclusos se aferraron a la vida como clavos. En la primera parte del libro, que da título a la obra, se encuentra lo más valioso del texto, lo más descarnado, descriptivo y conmovedor. De las tinieblas a la alegría, la segunda parte, le sirve como subtítulo y énfasis a lo que vino después, tras su conversión al catolicismo, un sentido manifiesto sobre la esperanza y la paz interior que había alcanzado. Al libro se añaden unas notas históricas muy interesantes y reveladoras sobre la vida y trayectoria de Magda desde su adolescencia hasta la actualidad, escritas por Nathalie Caillibot y Régis Cadiet.

Dice la autora, en una entrevista, que siempre fue rebelde y que nunca dejó de tener esperanzas, porque, para ella, cuando odias la injusticia significa que estás vivo, tanto como cuando sufres o como cuando amas. Solo en ese anhelo de hacer sitio a la vida puso su empeño, y en ese instinto de supervivencia albergó la posibilidad de superar el miedo a la muerte, mirando al futuro y a la pronta liberación de su cautiverio.

En Cuatro mendrugos de pan el sentimiento trágico de la vida está presente dentro de la voz que habla, tan contundente, tan serena y llena de gratitud, a pesar de la infame experiencia soportada. Este libro nos muestra la hiriente realidad histórica de un pasado terrible, desde la memoria de una mujer irreductible ante la adversidad, narrado sin ambages, con la sencillez y la garra de quien siente haber ganado la partida a la muerte y a sus verdugos.

La vida de Magda Hollander-Lafon se paralizó en el brote de su juventud. En Auschwitz, confusa y asustada por lo invivible del sitio, una kapo inmisericorde le mostraba la columna de humo como respuesta a las preguntas sobre el paradero de su familia. Y aunque la experiencia vivida fue indecible en toda la extensión de su dolor, las palabras volcadas en este relato fragmentario y confesional suyo queman y, a la vez, proclaman el verdadero sentido de la lucha por la vida a la que se vio enfrentada gente que no sucumbió, como ella, en aquellas amargas circunstancias ante la humillación y la desmoralización posterior que condujeron a muchos de ellos al naufragio espiritual, como ya dejó escrito Primo Levi.

En Birkenau, una moribunda le entregó cuatro mendrugos de pan mohoso para aliviar su desmayo y para que contara al mundo lo que allí sucedía. Todo un salmo a la vida, una liberación interior, una mirada de esperanza.


martes, 16 de enero de 2018

Futuros aplazados

Según algunos empiristas, como John Locke, la mente con la que nacemos es una pizarra en blanco, una tábula rasa. Todo lo que sabemos proviene de nuestras experiencias, de lo que aprendemos mientras vivimos. Dicho en términos más coloquiales, son producto de la cultura, no de la naturaleza. Nacemos con una plantilla mental incorporada que determina la forma en que percibimos e interpretamos el mundo. La realidad social es un monitor muy poderoso que afecta y altera nuestra experiencia. Creemos que su influencia es muy determinante, pero, a veces, parece que estamos a salvo de su perímetro de interés, ajenos a su vecindad y reflejo.

Es el deseo quien estimula, con mayor énfasis, esa necesidad de aprendizaje, de aprehender el mundo que nos rodea. El deseo es el motor de la vida. Y en esa aceptación pública del deseo, el mercado no escatima dinero y tiempo. Primero se fabrica, y luego se induce la necesidad de lo fabricado. Todo consiste en convertirse en economía de la oferta. Su función prioritaria, por tanto, es producir sujetos deseantes. Pero en ese escaparate del capricho, la atención se vuelve caprichosa y perversa, produciendo una deriva social poblada de insatisfacciones y desequilibrios sangrantes.

La precariedad de los trabajos creativos funcionan como consecuencia de esta deriva, viene a decirnos Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973), escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, en su libro El entusiasmo, obra ganadora del Premio Anagrama de Ensayo 2017, un alegato sobre la realidad preocupante del momento en torno al trabajo de quienes se dedican en cuerpo y alma a la creación artística. Este es un libro expuesto al mundo de la cultura pero que infiere mucho en las consecuencias sociales que el mercado laboral precario de estos tiempos trae consigo, donde la inmediatez y la incertidumbre campean a sus anchas. La precariedad es moneda común y predominante en un mundo camuflado y conectado las veinticuatro horas del día a la red, como el que impera en la actualidad.

Zafra nos pone ante el monitor de una realidad social preocupante y menesterosa por su inestabilidad laboral por medio de la figura de un personaje que viene a narrar lo que le sucede. Sibila es una mujer entusiasta, como mucha gente trabajadora dedicada a la elaboración de proyectos creativos, que asiste aturdida a un panel mal remunerado y que, en ocasiones, solo le ofrece visibilidad en la red como promesa de una carrera prometedora a cambio de su trabajo. Vivir de las expectativas no parece el pago debido ni tampoco la manera más justa de corresponder a un salario justo. “La libertad mengua cuando no hay dinero y sí expectativa –subraya–, cuando el vivir se sostiene difícilmente sobre una superficie demasiado inestable que precisa unos mínimos de energía y sustento.”

Los entusiastas a los que alude Zafra están imbuidos en sus sueños y en sus expectativas, pero no dejan de estar en conflicto permanente con la realidad cotidiana y con la conectividad de la red. Ahí radica el verdadero problema, porque lo que moviliza el interés de un entusiasta no es otro que “dedicarse a su pasión, transformar su vulnerabilidad económica en libertad”. Precariedad y sumisión conforman un binomio presente en las páginas de este libro, adscrito al bagaje del entusiasta atrapado por el sistema, como algo aceptado, un espejismo a todas luces muy común en muchos trabajos culturales que circulan libremente por la red.

La velocidad y la competencia, por otra parte, conforman, más si cabe, la precariedad en la remuneración del trabajo y, sin embargo, no impide que esta situación deje de provocar entusiasmo, todo lo contrario. Para Sibila esto impulsa más su entusiasmo, sus expectativas por alcanzar nuevos proyectos darán pie a tomar más riesgos y más prisas. Trabajar con más calma y concentración queda muy lejos para ella.

La observación, la empatía y el análisis son las armas que utiliza Zafra en su ensayo para hablarnos de lo que se esconde detrás de las apariencias del campo creativo, y de las vidas expuestas de sus actores a la exigencia de un sistema inflexible, severo e inmisericorde, como el que establece esta era moderna.

El entusiasmo es un libro rotundo que viene a encender el foco sobre esa imagen social de precariedad que se ha establecido en este siglo XXI en el que la incertidumbre laboral y las inclemencias del sistema capitalista zarandean las vidas de tanta gente incauta que navega bajo el caudal pavoroso de un entusiasmo delicuescente, sometido al futuro aplazado y a la esperanza de un trabajo indefinido mejor pagado.

Tengo que decir que este libro es la bomba. Necesitamos escritores incendiarios que derrochen inteligencia y voluntad de acercar temas candentes y controvertidos, que nos despierten del limbo en el que vivimos, que arrojen luz y metan sus dedos en las heridas. Remedios Zafra lo ha hecho de manera explosiva y sagaz.

miércoles, 10 de enero de 2018

Apuntes y divagaciones

Al escritor le vale todo para aprender, porque la literatura puede aprovechar lo más insignificante de la experiencia, incluso lo más remoto acaecido en la vida de cualquiera, para trazar una buena historia. Y, lo que es más importante, el aprendizaje le sirve para saber que siempre está a tiempo de escribir algo más y mejor. Esta consideración literaria sintoniza con el mismo sentir referido al proceso azaroso y exigente que supone aprender en la vida.

Sin duda, César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) es uno de los escritores egregios más delirantes, imaginativos e inteligentes que existen dentro del panorama literario hispanoamericano actual y que con más entusiasmo y naturalidad afronta esa realidad caótica inherente al oficio de escribir. Dedicado afanosamente durante mucho tiempo a la traducción y a la escritura de novelas, tampoco ha desestimado las posibilidades que ofrece el ensayo, como aprendizaje y experiencia, para hablarnos del expansivo universo literario en el que se abastece, con publicaciones sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi, pero especialmente con su inigualable Diccionario de autores latinoamericanos. De hecho, esta tarea ensayística siempre ha estado incrustada en su quehacer literario de forma enmascarada. Él dice que sus libros son ensayos que disfraza de novelas.

En esa radical concepción de la literatura, Aira pone su acento, genuino y particular, afirmando que hoy en día “la novela es novela de acercamiento”, como si toda narrativa consistiera en tomar el microscopio para acercar y agrupar todas las cosas y mostrárselas al lector. Hoy, según sus palabras, “la novela fluye directamente del autor, sin pasar por la intermediación de la literatura”, y eso le preocupa. Sostener algo así, insiste, es errático si la tarea que lo justifica ya no es la de la escritura en sí misma, sino el desatino por publicar.

Sostiene Aira que todo escritor está dispuesto a escribir bien. Esto es una condición sine qua non que reside en la mente del verdadero escritor, porque su oficio, la literatura, así se lo exige. La calidad es una necesidad para que se dé el milagro de lo que entendemos por Literatura. La literatura, en verdad, no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce, nos viene a decir, y esta promesa se asocia inmediatamente al juicio de calidad que hará finalmente el lector, como se supone lo ha debido hacer antes el propio autor.

En un mundo tan utilitarista como este nuestro, donde todo debe cumplir una función, la literatura, consciente de su inutilidad, tal como afirma en su manifiesto La utilidad de lo inútil (2013) el profesor Nuccio Ordine, sabe que la única forma de consagrar su validez consiste en producir placer y admiración. La literatura y las ideas no resuelven los problemas de nuestras vidas, pero, curiosamente, son tanto más fecundas cuanto más fútiles parecen.

En Continuación de ideas diversas (Jus Editores, 2017) César Aira se mantiene fiel a sí mismo y a estos principios que rigen esa manera radical suya de entender la literatura, a través de un buen puñado de textos breves encajados en un libro de apenas cien páginas, donde se prodiga con ideas para refutar y divagar sobre el arte, sobre la vida y sus asombros. El humor inteligente del argentino siempre aparece, generalmente para encajar mejor el desconsuelo que destilan sus audaces e incendiarias reflexiones.

Aira es un maestro de la brevedad y en este libro incisivo y perspicaz hace gala de esta particularidad extensiva a su narrativa. En esta miscelánea literaria, reunida en ciento treinta y nueve piezas, prevalece un denominador común en el que se postula la esencia de su vocación de escritor reflexivo y apasionado del lenguaje. Aquí encontramos un aluvión de referencias literarias, confidencias, anécdotas, microensayos, paradojas, asombros y decepciones, un puzle en el que cada pieza brota de la inquietud de las ideas, de un escenario personal ávido de extrañezas y perplejidades, lo mismo que se manifiesta el lado avieso de la ignorancia, el paso del tiempo y las correcciones de la vida, la infancia, los sueños imposibles, las novelas policiacas, el amor a la lectura o el síndrome de la página en blanco. Pero también nos cuenta la procedencia de su pulsión literaria a través de los cómics y su temprana admiración por Proust, Kafka y Borges.

Continuación de ideas diversas es un libro heterogéneo sumamente luminoso, que resume en gran medida lo que Aira ha ido fraguando a lo largo de su carrera en su proceder literario, su tono vanguardista percute de manera exponencial a la hora de esa defensa que tanto le gusta y que consiste en no apartarse de la idea de que que la literatura es forma, no solo pasatiempo o entretenimiento. Por eso “escribir es una decisión de vida –dice– que se realiza con todos los actos de la vida”... “para ocupar el tiempo”... “y por ningún otro motivo”.

En resumen, Aira nos entrega un excitante y apasionado libro poblado de apuntes, reflexiones y divagaciones que hablan mucho del secreto literario de quien los promueve y del misterio de la imaginación que los provoca, una obra mordaz y lúcida, escrita con mucho fundamento por un artista dispuesto a mostrar los entresijos de su poética.

viernes, 5 de enero de 2018

El poder de la infancia

La infancia posee sus matices oscuros y crueles. Por ese trayecto de vida hemos pasado todos y sabemos que es un territorio ingenuo y alegre, fuera de toda moralidad, donde también se cuecen fechorías y desmanes. Precisamente, para velar y poner coto a cualquier comportamiento fuera de lo trazado están los adultos, los valedores de la educación. Al niño no le queda más remedio que adaptarse, obedeciendo la norma diseñada por sus padres y educadores. Desde pequeño se le inculca que no puede escapar de estas pautas por el bien de la familia y de la comunidad: debe ser bueno para merecer. Pero, ¿qué sucede cuando un grupo de niños se unen y rompen este esquema atávico?, ¿cómo reaccionan los adultos cuando esa infancia se rebela contra lo ya establecido?

La literatura no es ajena a este asunto. El poder de la infancia y su desvarío no ha dejado de estar presente en los libros. Por ejemplo, en El señor de las moscas (1952), la obra más emblemática de William Golding, es la locura surgida como diversión, como elemento propiamente humano y grotesco, la que se impone en un grupo de niños aislados en una isla que tratan de organizarse como adultos, un tributo o parábola, más allá del significado de la desobediencia como símbolo del pecado original que pondrá en juego ese miedo a romper con los atavismos de los padres. El gobierno de estos niños no tiene lógica, pero sí fantasías. En ellos, la lógica es algo incipiente, y todavía no distinguen entre el juego y el deber. Hacen un esfuerzo por comprender, pero son niños, y no lo mantienen mucho tiempo.

Los prejuicios que uno sostiene durante años acerca de la infancia se evaporan en el instante en que un niño real entre a formar parte de nuestra vida”, dice el narrador de República luminosa (Anagrama, 2017), una reflexión en la que viene a confirmar esa relación ancestral que la infancia mantiene con la lógica adulta y el desafío que conlleva su adaptación a la realidad.

La novela, con la que Andrés Barba (Madrid, 1975) ha ganado el reciente Premio Herralde, es una historia angustiante y reveladora sobre el impacto que un grupo de niños indomables y fieros ocasionan en una tranquila ciudad de provincias, una magnífica indagación en torno a ese mundo infantil, solapadamente transgresor, que, en esta ocasión, hace saltar por los aires la convivencia de los vecinos. Lo que sucede en San Cristóbal, una ciudad tropical encasillada entre el río y la selva, donde nada era noticia, más allá de lo común que suele acontecer a cualquier población de similares características. “La vida de las pequeñas ciudades parece tan reglada y previsible como un metrónomo”, dice el narrador, pero eso no quita para que surja algo monstruoso e impensable que el lector conoce ya de antemano: la muerte de treinta y dos niños en extrañas circunstancias.

Hasta esta población llega un 13 de abril de 1993 el narrador de esta crónica intensa, un joven recién casado con una profesora de violín de San Cristóbal y madre de una niña de nueve años, para ocuparse en el ayuntamiento de las tareas de integración de las comunidades indígenas, dentro de un programa desarrollado por él en el departamento de Servicios Sociales. Veintidós años después, decide contarnos con detalle lo que ocurrió con aquel grupo de niños extraños y marginados entre nueve y trece años que produjeron tantos disturbios y desasosiego entre los vecinos. “Uno cree a veces –dice el narrador– que para descender a la sima del alma humana tiene que subirse a un poderoso submarino y al final se sorprende vestido de buzo tratando de sumergirse en una bañera doméstica”.

El desasosiego, la incomodidad y el malestar se van extendiendo por toda la ciudad. La amenaza es sentida por los adultos, tanto fuera de sus casas, como dentro. Tienen hijos y temen que estos se unan al grupo. “La infancia es más poderosa que la ficción” y esta premisa inquieta a todos, porque así nos lo cuenta su cronista cuando traslada al lector el sentir de los niños: “Para los niños el mundo es un museo en el que los celadores adultos puede que sean amorosos la mayor parte del tiempo, pero no por eso dejan de imponer las reglas”.

República luminosa es una vuelta al mundo misterioso de la infancia en el que la ambigüedad, el miedo y el lado oscuro del alma de unos niños salvajes movilizan a todo un pueblo al mismo tiempo que asolan la conciencia de sus propios habitantes, aturdidos ante la violencia insólita sobrevenida. Queremos ver la infancia como el paraíso irrenunciable, pero solo una cosa necesita el niño: querer con independencia, sin reglas, y eso lo complica terriblemente todo.

Andrés Barba traza una historia de amor y miedo con mucha argucia narrativa, en la que se entrecruzan la amenaza y la intriga, pero con ese punto de vista propio que la convierte en una consistente fábula mítica, escrita con una prosa ágil, dotada de mucho talento y un gran poder de convicción. Sencillamente, una buena novela.