jueves, 12 de diciembre de 2013

The lost boy


A Thomas Clayton Wolfe, (Asheville, 1900 – Baltimore, 1938), el teatro le encandilaba, hasta tal punto que ya, a sus veinticuatro años, impartía clases de dramaturgia en la Universidad de Nueva York. Sin embargo, como autor dramático, fracasó. Este revés no le impidió apartarse de su vocación genuinamente literaria y decidió ser novelista. Su primera obra importante, El ángel que nos mira, aparecida en 1929, causó una extraordinaria acogida en los círculos literarios estadounidenses y británicos. Al año siguiente, Sinclair Lewis, galardonado con el Nobel de Literatura, lo citó con entusiasmo en su discurso en la academia sueca. A partir de entonces, su obra, tan lírica, como autobiográfica, se extendió por ambos continentes con gran entusiasmo.

El sello extremeño Periférica rescata del silencio las piezas maestras en formato breve de Thomas Wolfe, lo que supone todo un alarde de buen gusto editorial por la literatura americana del siglo pasado y, en particular, sobre este olvidado escritor. Acabo de leer dos de estas novelas cortas de este autor de Carolina del Norte: Especulación y El niño perdido, dos textos memorables y exquisitos. El primero, sorprendente: una crónica certera del boom inmobiliario norteamericano de los años veinte, tan histórica como profética. El segundo es un libro entrañable y lírico, y es aquí donde me detengo para reseñar una novela, de apenas un centenar de páginas, en la que la magia de la escritura sobrevuela con sencillez y belleza por una historia sobre la infancia, que fundamentalmente trata de la pérdida de un ser cercano.

Thomas Wolfe es capaz de abordar el recuerdo de la mente humana por medio de la evocación íntima de la pérdida de su hermano de doce años, que muere de tifus; curiosamente el propio autor dejaría este mundo muy joven, con treinta y ocho años, víctima de tuberculosis, otra enfermedad atroz de la época. El niño perdido es una narración medida y acabada como una perfecta máquina de relojería, donde cada segundo es vital y determinante. Wolfe es capaz de agarrar al lector desde la primera frase y logra incorporarnos al escenario de un momento que nos atrapará en continuos pasajes, en busca de recuperar un tiempo pasado imposible de cambiar y revivir la vida malograda del hermano muerto, a base de recuerdos. Un empeño que el escritor norteamericano logra con emoción contenida y brillantez de estilo. Cuatro voces distintas recorren la novela de El niño perdido para mostrarnos instantes vividos de Grover, el pequeño que siempre parecía mayor. La desaparición física de Grover, un chico de doce años, tan observador y curioso, deja destellos de asombro entre los adultos que lo trataron en Saint-Louis, al tiempo que se celebraba la Exposición Universal de 1904. La familia Wolfe se había trasladado desde Asheville a Saint-Louis para inaugurar un pequeño negocio de alojamiento para visitantes que se acercaban desde otros lugares a la gran feria. Wolfe describe con minuciosidad y sutileza ese pequeño mundo que rodea al protagonista, hasta conferirle una épica que traspasa los sentimientos del lector tras la asunción de la enfermedad del pequeño Grover, tan dulce y delicado, y su inminente fallecimiento.



El niño perdido es un relato en torno a un suceso verídico, donde el personaje e hilo conductor de la historia es el hermano de Thomas Wolfe; una historia  que transita sigilosamente, rastreando rincones y estampas familiares de la mano de las voces emotivas que intervienen en la narración: la madre, la hermana, el protagonista y el propio autor.

El libro es delicado y cálido, escrito con elegancia y maestría por un autor que merece ser revisado. El niño perdido es todo un pequeño manual narrativo, lleno de sensibilidad, que viene a constatar la gratitud que el viejo Gracián depositó en uno de sus aforismos más famosos: “lo bueno si breve, dos veces bueno”.

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