martes, 18 de octubre de 2016

Periplos y escalas

No existe un solo modelo teórico que pueda contener la complejidad de la realidad humana a la hora de emprender un viaje. Ninguno puede escapar a la subjetividad del viajero, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones.

Los viajes, además, precisan de un impulso mítico, aunque particularmente alguno de esos impulsos resulte más humilde y de andar por casa que los de los tiempos heroicos, cuando aquellos hombres de entonces iban a conquistar ciudades, como lo hicieron Agamenón, Aquiles y Ulises con Troya; o como Jasón y sus argonautas cuando se aventuraron a robar en tierras ignotas los vellocinios de oro; o como el fornido Hércules cuando tuvo que enfrentarse al temible león en Nemea; o como el joven Eneas cuando asumió los designios de los dioses que lo llevaron a fundar las ciudades del Lazio.

Los países invisibles (Fórcola, 2016) de Eduardo Lalo (Cuba, 1960) es una mirada al mundo por donde late inequívocamente todo ese espíritu clásico del mito viajero, pero, a su vez, es una indagación, una andadura en busca de respuestas, con la plena conciencia de saber que nunca se llegará a vislumbrar del todo lo que representa cualquier tierra extraña.

Lo que propone el escritor y fotógrafo puertorriqueño en este interesante ensayo es una especie de periplo físico y mental, acompañado de la lectura de muchos libros, por distintas ciudades del mundo, un viaje experimental que le traerá de regreso a San Juan, donde vive, para reivindicar la garra simbólica que poseen los países invisibles, como Costa Rica, territorios ninguneados por el discurso oficialista de las naciones poderosas de occidente, y que a lo único que aspiran es a huir de su estancamiento y olvido.

Mientras esa necesidad puertorriqueña permanece en el tiempo, arrastrando las secuelas históricas de la conquista española, y ahora agravadas por el nuevo colonialismo norteamericano, este escritor viajero e indomable, que responde al nombre de Eduardo Lalo, no esconde en absoluto su identidad, ni su vocación literaria y filosófica, para mostrarnos, desde su conciencia, el trasfondo de esa invisibilidad programada y latente que soportan países como el suyo.

Todo libro está destinado a alguien. Puede que el acto de escribir sea una tarea solitaria, pero siempre es un intento de llegar a otra persona que también lo leerá en solitario. Lalo sabe que la escritura y la lectura tienen esa particularidad y muchas otras confluencias con el hecho de viajar y ver mundo. En Los países invisibles hay también un recorrido crítico por algunas capitales y ciudades europeas a las que el autor asocia con la capital de su país, por medio de ese hilo conductor consumista, tan propio del mercado global, que se extiende por todo el planeta.

Eduardo Lalo firma un libro intenso y emotivo, un periplo biográfico con abundantes escalas literarias. Aquí hay lugar para ver cómo el escritor sobrelleva su pasión por los libros a través de las muchas lecturas que hace de sus escritores favoritos, así como de felices hallazgos encontrados por el camino. Robert Walser, Kafka, Pessoa, Peter Sloterdijk o Susan Sontag, entre otros, conforman parte de la órbita de su universo literario. “Escribir desde la invisibilidad –subraya el puertorriqueño– significa ampliar el campo miope de lo visible”. Por eso es procedente la invitación pertinaz que encuentra el lector en el texto para hacerse la pregunta clave sobre si la literatura es la que crea la visibilidad de las cosas que existen, no solo para ser leídas, sino, mayormente, para examinarlas, entenderlas o refutarlas.

Los países invisibles, galardonada con el Premio Juan Gil-Albert Ciutat de Valencia, es una obra breve, pero densa, de mucho calado ético y social, que no solo contiene una crónica viajera y un ensayo filosófico en sus entrañas, sino que va más allá, proponiendo una reflexión desde la experiencia vivida por el autor y desde la memoria autobiográfica, sin tener que acudir al distanciamiento de sí mismo para hacer posible la estupenda narratividad que consigue mostrarnos: el descubrimiento de otro mundo, invisible y cierto.