martes, 15 de noviembre de 2016

Españoles en la URSS

El triunfo en octubre de 1917 de la revolución bolchevique en Rusia, liderado por Lenin y Trotski, creó un nuevo tipo de Estado, un régimen de repúblicas soviéticas que no solo cambiaría rotundamente el orden político y social de la nación más extensa y diseminada del continente europeo, sino que desataría recelo e interés máximos en el resto de los países del viejo continente, así como en muchos viajeros que no dejaron pasar la oportunidad de pisar tierras rusas para comprobarlo y, después, contarlo.

El próximo año, por tanto, se cumplirá el primer centenario de aquel trascendental acontecimiento histórico. El libro que acaba de publicar recientemente el sello Fórcola en su colección Periplos, El espejo blanco, del escritor e historiador Andreu Navarra (Barcelona, 1981) es un anticipo audaz a lo que se espera en fechas venideras: un aluvión editorial en los escaparates de las librerías en torno a la revolución bolchevique.

El libro de Navarra, en todo caso, propone un examen exhaustivo sobre el interés desatado por la revolución rusa en las esferas políticas e intelectuales españolas de aquel entonces, a través de la opinión de ilustres y distinguidos viajeros que se acercaron al territorio soviético para comprobar, in situ, el alcance de la revolución que llevaron a cabo sus líderes en las instituciones, el ejército y la policía, así como también, los excesos que la misma derivó sobre el resto de sus habitantes.

La influencia de la iconografía soviética en el imaginario colectivo de la izquierda española tiene su lado benevolente. Situadas a uno y otro extremo del continente europeo, Rusia y España, tan distintas entre sí, históricamente se han dispensado mutua simpatía. Desde el siglo XVI iniciaron relaciones comerciales, y, en el siglo XIX, llevaron a cabo numerosos contactos e intercambios culturales que se acrecentaron tras la revolución de 1917 y mucho más durante el período de la II República española. Bien es cierto que hubo viajeros e intelectuales de izquierdas españoles que tuvieron información de primera mano, mantuvieron lazos fraternales con la Unión Soviética e intentaron difundir su cultura en nuestro país.

En esta monografía, dividida en siete capítulos bien delimitados, tras una elocuente introducción para situarnos en el propósito del texto, el historiador barcelonés indaga en las diferentes razones de la extensa lista de viajeros que vieron, desde sus diferentes convicciones personales, lo que sucedía con aquel detonante revolucionario que a muchos de ellos les pareció urgente y necesario, habida cuenta del “contexto de ruina y agotamiento extremos” dejado por el mal gobierno zarista, pero a otros, pese a ello, lo que vieron les resultó un atropello cruel y contradictorio, impropio de un verdadero ideal comunista: el sometimiento feroz de sus habitantes a los designios del partido.

A Moscú, nos cuenta Navarra, llegó el novelista Juan Valera a curiosear el costumbrismo ruso, Francesc Maciá fue en busca de apoyo financiero a su movimiento revolucionario separatista, el republicano Luis Morote se desplazó con ojo crítico y habló en su libro de viajes de la situación rusa desde su óptica regeneracionista. Ángel Pestaña, en cambio, acudió en 1920 a una misión especial: adherir a la CNT a la Tercera Internacional. Las conclusiones del dirigente español al ver lo que allí se cocía en las alturas del poder fueron bastantes desfavorables. Sin embargo, Andreu Nin conoció a fondo los entresijos del poder en la Rusia soviética y fue el que más claramente se alineó con el comunismo incipiente. Ramón J. Sender, otro ilustre viajero, escribe lo siguiente: “en Moscú no se sabe dónde acaba el obrero y dónde comienza el soldado”. Fernando de los Ríos, por otro lado, hombre templado y racional, llega a la capital rusa en representación de una comisión socialista y escribe categóricamente en su libro de viajes: “Rusia intenta construir una Sociedad-estatal, más bien que un Estado-social”...

Son muchos los testimonios sobre las sensaciones y evidencias vividas por los intelectuales y políticos que se nombran. Todos ellos, algunos muy prosoviétivcos, escribieron sobre su estancia en aquellas tierras; hombres y mujeres que plasmaron sus entusiasmos o decepciones con el acontecer de la esperanza comunista, como Chaves Nogales, Josep Plá, Álvarez del Vayo, Dolores Ibarruri, Dionisio Ridruejo, Monserrat Roig o Vázquez Montalbán, y que pusieron su acento crítico o condescendiente en todo lo que veían y oían en la calle o dentro de los círculos dominantes, así como lo que se vislumbraba en el devenir de la llamada dictadura del proletariado.

En suma, El espejo blanco es un texto documental revelador, que no precisa de un lector especializado, pero al ser un libro minucioso y perspicaz rehúye de cualquier lector perezoso. Andreu Navarra firma un estupendo ensayo en el que su verdadero valor reside en el rigor de los archivos históricos que maneja, un conjunto bien armado de citas y notas que, a su vez, ponen voz a figuras relevantes de la reciente historia española del siglo pasado para conocer sus puntos de vista sobre el acontecer de la nueva Rusia revolucionaria y comunista. En 1989 la URSS se desintegraría, quién lo diría, y las esperanzas de los demás regímenes comunistas satélites se desvanecerían irremisiblemente, de igual modo.