lunes, 20 de noviembre de 2017

La voz de los clásicos

Quien se ha pasado la vida leyendo a los clásicos, antiguos y modernos, ha vivido bajo el signo de la relectura, que está implícita, se la haga o no, en toda literatura que se precie. Los clásicos, como dejó escrito Italo Calvino, son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra y, tras de sí, la senda histórica que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado. La lectura de un clásico, según sus palabras, debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que nos habíamos hecho de él.

No es posible concebir ninguna forma de enseñanza sin los clásicos, escribe Nuccio Ordine (Diamante, Italia, 1958) en su admirable manifiesto La utilidad de lo inútil (2013). Solo, según sus apasionadas y atentas palabras, el encuentro con un clásico y, desde luego, con un buen profesor, podrá cambiar de verdad la vida de un estudiante o de un lector aplicado. A este respecto, el psicoanalista Massimo Recalcati en su ensayo En la hora de clase (2016) apunta que el valor fundamental del maestro está en proveer al estudiante de esa curiosidad por los clásicos a través de ese estilo particular que lo distingue. Y ese estilo, cuando contagia, es el procedimiento eficaz que el buen docente aplica para dictar lo que enseña al interés y al deseo de saber de la clase.

En su nuevo libro, Clásicos para la vida (Acantilado, 2017), bajo la traducción impecable de Jordi Bayod, Ordine establece, precisamente, una relación muy estrecha entre la voz de los clásicos y quien incita a leerlos, el profesor. El maestro siempre aprende al mismo tiempo que enseña, viene a decirnos. Hoy en día, el poseer bienes materiales ocupa una excesiva preocupación en nuestro entorno, y la escuela no es ajena a ello. Por eso, advierte, conviene dar la voz directamente a los clásicos, escucharlos y experimentar lo que estos grandes escritores nos interpelan, para atenuar esa incesante pulsión de acaparar riquezas. El mundo es, por supuesto, una escuela de indagación y “lo importante –como decía Montaigne– no es quién llegará a la meta, sino quién efectuará las más bellas carreras.”

Clásicos para la vida es una extensión ensayística a La utilidad de lo inútil sobre el poder de la literatura, sobre libros necesarios y relevantes, a modo de “una pequeña biblioteca ideal”, como así reza el subtítulo que Ordine fija en su obra para delimitar su trabajo. Lo constituyen cincuenta microensayos que remiten a los textos que anteriormente fueron publicados en el suplemento semanal del periódico italiano Corriere della Sera, entre septiembre de 2014 y agosto de 2015 en su columna ContraVerso, breves citas de clásicos, poetas, novelistas o ensayistas destinadas a subrayar un tema a través de la lectura de un fragmento de la obra destacada de cada uno de ellos. Como apunta el propio autor al principio, este libro nace del interés de homenajear a los clásicos, pero también para incitar la curiosidad del lector “hasta empujarlo a afrontar la lectura de una obra en su integridad”. Por tanto, estamos ante un manual de literatura que se aleja de la mera divulgación y de establecer un canon literario. Más bien pretende ser un regreso a los clásicos como necesidad. A pesar de la brevedad de sus piezas, el interés del texto escogido lleva su intencionalidad, que no es otra que despertar la curiosidad, llamar la atención del lector distraído en otros quehaceres consumistas y buscar su complicidad, para hacer posible que este ponga rumbo a una mejor compañía.

El interés del profesor Ordine y su implicación con los clásicos, omnipresente en el libro, citando a autores como Homero, Platón, Giordano Bruno, Rabelais, Goethe, Cervantes, Dickens, Borges, Yourcenar, Cavafis, Pessoa..., hasta llegar a medio centenar de ellos, aspira a elevarse, pero su vuelo, intencionadamente, es raso, porque desea tocar la realidad de la vida sin grandilocuencia. Su verdadero interés no es otro que poner un cebo, una piedra de toque, para que el lector sopese y reflexione sobre la conveniencia de leer por completo alguna de las obras señaladas en cada pasaje.

Solo se puede leer para iluminarse uno mismo, constataba Harold Bloom admirablemente: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más. El libro de Ordine apela a ello, a leer en virtud de muchos propósitos y para obtener copiosos beneficios. Su apuesta va dirigida a inducirnos a una lectura activa a través de los clásicos, lo que nos llevará al cultivo de nuestra conciencia individual y al más elevado goce, algo reservado, para aquellos que lo intenten confiados y sin prejuicios.

Hay muchas maneras de leer bien y en todas está implicada nuestra atenta receptividad. El crítico, el ensayista o el profesor deben estar al servicio de mostrar y, al tiempo, propiciar la buena lectura para que llegue como reclamo a su destinatario. Hacia esa dirección se encamina este libro, poniendo luz y taquígrafos a la voz juiciosa de los clásicos.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Entusiasmos literarios

Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos para tratar de ser más virtuosos, ni para ser mejores personas, sino para ser más, o, si me apuráis, para ser de otra forma. O sea, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida, aunque sepamos que solo sea una aspiración, un sueño o un arrebato. Aún más, no queremos tener una sola vida, sino muchas otras. En suma, sabemos que los libros, veladamente, hablan de nuestros propios deseos y anhelos.

Bajo el insinuante título de La utilidad del deseo (Anagrama, 2017), Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) aglutina un compendio de ensayos y conferencias llevados a cabo en los últimos quince años, donde viene a subrayar el amor y el destino que los libros le depararon y marcaron a lo largo de su vida, en sus dos vertientes: tanto como lector, como escritor. En los prolegómenos del libro se dice que quien lee también dialoga mentalmente con el autor, consigo mismo y con un tercero al que quiere transmitir sus impresiones y hallazgos: la lectura pide compañía. De hecho, es lo que encontramos a lo largo de las páginas del libro, mucha compañía. Para Juan Villoro, ensayista tardío, según él mismo se autodenomina, la reflexión en torno a la literatura le viene como consecuencia de su larga trayectoria como lector y escritor. Esto es en sí mismo un ejercicio de rastreo, de autoconocimiento, un sesgo autobiográfico, conforme vamos descubriendo las lecturas examinadas a lo largo del volumen.

En ese sentido, por los textos que se recopilan aquí desfilan una distinguida tropa de artistas con mucha artillería literaria. Son textos que abordan, además del entusiasmo y del apasionamiento que le profesa el autor a la literatura, una serie de reflexiones basadas en libros escritos por gente a la que admira, nombres propios que le inyectaron esa tinta venenosa de las páginas impresas, imposible de soslayar. En torno a este elenco de figuras de las letras, Villoro pondrá a nuestro alcance una minuciosa exposición de motivos, detalles y hallazgos encontrados en las obras de distinguidos autores, como Daniel Defoe, del que desvela con precisión que en su libro más importante “el náufrago escribe para corregir su vida”. “Hay libros que uno se llevaría a una isla desierta y libros que existen como una isla desierta, con Robinson Crusoe a la cabeza”, añade.

Sobre la literatura rusa del siglo XIX se centra con especial atención en la perplejidad que le suscita Gógol y en la profundidad y el frenesí que concita la escritura de Dostoievski, de quien dice que lo que retrata el autor de Crimen y Castigo no es la locura de la mente, sino la locura de la vida. Siguiendo con esa orilla europea de autores escogidos para la reflexión, se detiene en dos escritores austriacos de culto, menos conocidos por el gran público, como el pensador y aforista Karl Kraus, maestro del cálculo en la frase, atento a entregar solo lo que merece ser subrayado, o como Peter Handke, autor del que, como bien dice Villoro, es un gran indagador de la verdad mediante los recursos del relato reflexivo.

En otra parte del libro, La orilla latinoamericana, Villoro revisita a López Velarde, escritor paisano suyo, poeta de lo privado, que siempre abogó por la literatura como afirmación de la vida. También aparece en este apartado la correspondencia entre Onetti, Cortázar y Puig, tres grandes narradores que frecuentaron la relación epistolar como forma de perpetuar la necesidad del monólogo y la espera de respuestas.

Después habla de la formación del cronista a través del análisis de Crónica de una muerte anunciada. Nos dice Villoro que en el secreto desvelado y en el suspense narrativo de esta novela de García Márquez gravita la importancia de esta obra maestra: saberlo contar de esa manera, manteniendo su clímax es una cota al alcance de los elegidos. A su paisano Jorge Ibargüengoitia, que admira profundamente, le dedica gran parte de sus mejores elogios, fiel a esa estética del desenfado que tanto admiró en el autor de Dos crímenes. Finaliza esta parte con un capítulo dedicado a Carlos Monsiváis, un autor que escribe, según él, desde la información, “explorando el valor narrativo de los datos”, sin olvidarse de la risa y la caricatura, de la ironía y del dislate para disfrute del lector.

En la parte final del libro, el autor se detiene en la literatura infantil dejando claro que no se escribe para niños porque se tenga algo que enseñar, sino porque se pretende contar algo que estimule al lector a aprender por su propia cuenta. El juego de palabras, como se aprecia, por ejemplo, en Alicia en el país de las maravillas, es la clave de la narrativa infantil: usarlo con sentido común, apunta Villoro, dará pie a que el hechizo se produzca.

La literatura no se enseña, se contagia, y en este libro hay mucha intención de contagiarnos ese entusiasmo sobre esta cita que a Vila-Matas le gusta tanto referir: se escribe, como diría Julien Gracq, porque otros antes que nosotros han escrito, y se lee porque otros antes que nosotros han leído.

La utilidad del deseo es un libro jugoso, lúcido e importante, un itinerario sagaz y persuasivo que desvela en gran medida los linderos por donde transcurre la propia concepción literaria que ha ido encarnando Juan Villoro. Son los libros que ha leído los que nos hablan de él.


jueves, 9 de noviembre de 2017

El halo de la escritura

Cada libro lleva el alma de quien lo escribió y, en gran medida, de quien lo publicó. La editorial Fórcola acaba de lanzar el mes pasado una segunda edición revisada de Clarice Lispector. La náusea lieteraria, que revitaliza su primera publicación de 2013, aprovechando el cuadragésimo aniversario de la muerte de la autora de Agua Viva. En este ensayo intenso y riguroso, que estudia en profundidad la narrativa y el sentir existencial de la obra de Clarice Lispector, la investigadora Carolina Hernández Terrazas (México, D.F., 1978) ha volcado su espíritu, poniendo todo su afán en examinar los entresijos del universo literario de esta escritora de culto para acercarnos, a la vez, a su condición femenina, a sus raíces judías, a las dudas vitales que siempre llevó consigo misma y a su permanente relación con ese vivir exigente de sortear el tedio y la náusea interior que tanto le habían absorbido durante su existencia y que no cesó de plasmar de forma palmaria unas veces, otras de forma velada, en su extensa obra.

En el prólogo del libro, la profesora titular de literatura portuguesa de la Universidad de Barcelona, Elena Losada Soler, incide sobre la vertiente existencialista de la vida y obra de Lispector y nos desvela que el libro de Carolina Hernández, nacido como tesis doctoral se ha convertido en un “ensayo completo y complejo”, motivado, entre otras razones, por el resultado de un trabajo intelectual bien documentado, tratado con rigor y emoción, siendo el primer estudio relevante publicado en España sobre la escritora brasileña.

Lispector falleció el día 9 de diciembre de 1977. Sobre su lápida quedó sellada una de sus grandes aspiraciones: “Darle la mano a alguien fue lo que siempre esperé de la alegría”. Antes de que este epitafio fuese fijado, la vida de Clarice tuvo un trasiego penoso de huida y largo recorrido. Nació en Ucrania, aunque nunca se consideró de aquella región rusa y nunca pisó su suelo. En 1920, su familia, de origen judío, huía del hambre y de la violencia desatada de los pogromos que se produjeron en medio de la guerra civil y del desasosiego extendido por la revolución bolchevique de 1917, con destino a América. Su infancia transcurrió en Recife, donde sus padres se instalaron cuando tenía dos meses, aunque pasó la mayor parte de su vida en Rio de Janeiro, aparte de los periodos pasados en el extranjero, al seguir los destinos diplomáticos de su marido. En la ciudad pernambucana leyó todo cuanto cayó en su mano. A los veintitrés años publicó su primera novela, Cerca del corazón salvaje, y ya no paró de escribir hasta sus últimos días.

Hernández Terrazas indaga en la vida de Lispector y, sobre todo, acude a la mejor fuente de respuestas: su obra. Y para ello, primeramente, como nos aclara en la introducción, acude a esos momentos asombrosos y reveladores tan presentes en Agua viva, uno de sus libros más significativos. Es en la epifanía del instante, subraya la ensayista, donde el mundo se revela tal cual es: “Clarice Lispector toma ese instante, lo manipula desde un fundamento de existencia y lo expulsa después de pasar por el proceso de la náusea a través del lenguaje”.

Más adelante, a través de un análisis pormenorizado de su producción literaria, nos desvela secretos y perspectivas, deteniéndose, especialmente, en otros de sus libros más destacados como La pasión según G.H., La hora de la estrella, Un soplo de vida y, desde luego, en sus reveladores y fascinantes cuentos. Conforme vamos avanzando en la lectura de su estudio, se alcanza a vislumbrar que se trata de una autora casi inabarcable, que invita a volver una y otra vez a visitar su obra para una mayor comprensión de su legado literario, fiel reflejo de su sensibilidad angustiada por el hecho de no saber por qué vive. Nos dice la ensayista, gracias a la exploración de sus textos, así como a los testimonios escritos por otros estudiosos sobre la misma, que nos encontramos ante una escritora introspectiva, “autora de silencios”, “de libros que son gritos de existencia”.

El tedio, el aburrimiento y la náusea son constantemente aludidos en su poética del hastío. Este asedio permanente hace que Clarice Lispector plasme en su escritura esa otredad nacida de ese apremiante estado de ánimo inconformista que actúa y vive con esa cierta pasión de dolor por el mero hecho de existir. Y es ahí, como apunta Carolina Hernández, en esa náusea física y metafísica, donde encuentra su finalidad ese existencialismo literario de Lispector, devolviendo su dignidad al lenguaje. Al fin y al cabo, como bien dejó dicho su admirado Sartre, “pensamos en palabras”.

Cuando cae en tus manos un libro indagatorio sobre el halo de la escritura de alguien a quien admiras, tan bien estructurado, tan intenso, pese a su brevedad, y tan apasionado como este, uno se atreve a proclamar con emoción y sin ambages lo que acaba de leer: una estupenda biografía literaria e intelectual de una de las más singulares representantes de las letras brasileñas.

Este libro pertenece, por tanto, a esa estirpe de obras escritas con pasión y rigor que animan a seguir leyendo ensayos, un género precursor de la curiosidad, del análisis y del subrayado que a no pocos lectores nos cautiva tanto.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Biografía intelectual

Una de las mejores experiencias a compartir por la mayoría de los lectores es, sin duda, el descubrimiento de un libro que le haya permitido, como ningún otro, una exploración de sí mismo y del mundo de una manera íntima y singular. En ese sentido, para algunos de ellos, ese libro puede ser un clásico reconocido, como diría Alberto Manguel. Pero, a veces, también ocurre lo mismo con un texto menos conocido, tan apto y cualificado para ello como los ya consabidos clásicos, capaz de producir ese eco profundo y gozoso que todo lector exigente persigue.

Podríamos decir que el libro que traemos a este espacio contiene esas resonancias que tanto anhela el lector entusiasta. Homo poeticus (Acantilado, 2017) es una colección sorprendente de ensayos literarios y entrevistas, un volumen hermosamente editado, bajo la traducción impecable de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, escrito con la sagacidad y persuasión de una de las voces literarias europeas más interesantes del pasado siglo, Danilo Kiš (Subótica, Serbia, 1935 – París, 1989), un escritor comprometido con la literatura y con su tiempo que siempre estuvo atento a los avatares de su tierra natal, una nación atizada por la amenaza continua de desintegración durante un periodo negro y convulso de identidad y de nacionalismos emergentes, y que tanto dolor y muerte produjera en la ya desmembrada Yugoslavia.

La mayoría de estos ensayos fueron publicados entre 1960 y 1970. Pese a ello, su vigencia literaria e intelectual es de mucha actualidad, sobre todo referidos al discurso ético de la escritura, sin menoscabo de que algunas posturas y formulaciones pudieran parecer contradictorias, menos audaces y más discutibles respecto al momento de su aparición. Para Kiš, según él mismo advierte en el prólogo del libro, “estos textos hay que considerarlos como una suerte de piel de serpiente de la que me he librado, entre convulsiones”.

Verdaderamente, el dilema que impregna todo este libro viene determinado por la contradicción entre el homo politicus y el homo poeticus, dos roles que conforman el sentir y el estar de la vida intelectual y de la experiencia personal de este gran escritor serbocroata. La literatura, la poesía, para él, en sus propias palabras, no es más que “un dique contra la barbarie y, aunque la poesía quizá no amansa las fieras, al menos sirve para algo: le da un sentido a nuestra vana existencia”, (pág. 88).

En ese sentido, Kiš proclama que su estirpe forma parte de la misma familia de pueblos europeos que, según su propia tradición judeo-cristiana, bizantina y otomana a la vez, tiene tanto derecho a pertenecer por historia, espacio y relación a la misma mancomunidad cultural. Habla también en uno de estos ensayos, bajo el título de Entre la esperanza y la desesperanza, sobre dos de sus primeras novelas: La buhardilla y Salmo 44, ambas publicadas en 1962. En la primera de ellas, bajo el subtítulo de Poema satírico, esboza una suerte de inventario de pensamientos y fantasías juveniles sobre el más allá, mientras que en la segunda, su propósito literario se convierte en una prosa dramática y documental basada en Auschwitz, pero, en ambos casos, el sentido de la vida es el eje del entramado de cada historia.

Kiš viene a decirnos que escribimos lo que deciden las palabras y el texto, así parece, que ha de llegar al lector quien debe estar convencido de que lo leído tenía que expresarse así, con esas mismas palabras y en ese mismo orden. Para él, escribir literatura enriquece y disipa. Lo mismo que agiganta trozos de la propia existencia, también deja vacíos dentro de uno, como fragmentos de una vida que se interrumpe durante ese largo trayecto que significa vivir y experimentar pensamientos insólitos, complejos y, muchas veces, adversos.

La segunda parte del libro contiene un buen puñado de entrevistas concedidas en Belgrado a distintos medios, entre los años que van desde 1972 a 1980, las cuales nos acercan a la personalidad y al pensamiento del escritor balcánico. En una de ellas, bajo el título Los libros son útiles a pesar de todo, diálogo mantenido con Vida Ognjenoviċ el 3 de junio de 1973, confiesa que “escribir es un acto de desesperación”. Para él, el acto de escribir es la revelación de los verdaderos nombres de las cosas. Nombrar las cosas no es solo el ideal de Sartre, sino de toda la literatura en sí, de la poesía y de la prosa por igual. Le gusta recalcar las palabras del escritor francés, a quien admira profundamente. Escribir, en esencia –recita– no es más que nombrar las cosas, decirlas de cierta manera.

Como señalaba Susan Sontag, gran admiradora de Danilo Kiš, un escritor es en primer lugar un lector. En Homo poeticus encontramos toda la esencia de un lector curtido y despierto que habla y puntualiza sobre la literatura como morada del matiz y de la indocilidad.

El lector exigente que se acerque con curiosidad y lentitud a esta exquisita biografía intelectual saldrá convencido de que no leemos para escapar del mundo, ni para sustituirlo por otro hecho a la medida de nuestros deseos, sino, sencillamente, para ser más reales y entendidos de lo que dicho mundo nos muestra.

martes, 24 de octubre de 2017

Vivir para adentro

La escritura es una trampa mortal para el escritor. Todos los escritores que de verdad lo son, y viven como tales, saben que escribir es un oficio, que para llevarlo a cabo, han de hacerlo con la vida en contra. El confort es, por lo general, ajeno a su trajín cotidiano. Andan solos, con escasez de medios, con la economía ajustada, con las inseguridades propias y, a veces, imprevistas más azarosas, privándose de hacer cualquier otra labor más tentadora o placentera. Y, para colmo, sin tener ninguna garantía de que su tarea llegue a buen puerto. El escritor ni siquiera sabe con certeza si lo que lleva entre manos merece la pena publicarse. La literatura se lo exige todo, le obliga y le aprieta tiránicamente. Este es el precio y las condiciones que hay que aceptar: cuánta vida propia hay que entregar a la literatura y cuánta no. Por lo general, es sabido y notorio, que, a este respecto, el escritor es un rehén que sobrelleva con dificultad su aparente e ilimitada libertad.

A Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 – París, 2014) no le supuso sacrificio alguno entregarse en cuerpo y alma a lo que más amaba, la literatura y Julio Cortázar, y poco le importó ser rehén de las circunstancias y limitaciones que suponían vivir al lado de un escritor tan afamado. Brillante traductora, mujer inteligente y culta, nada de ello le impidió llevar a cabo su intensa labor literaria, en muchos casos, colaborando, incluso, con su esposo en importantes proyectos de traducción al castellano de grandes autores. Junto al autor de Casa Tomada vivió en París aquellos años gloriosos y efervescentes de la vida cultural de la ciudad, entre los años sesenta y setenta del pasado siglo. Inmersa en la literatura, la música y el arte, la compañía del gran cronopio fue, a la postre, tan necesaria como determinante en su vida. Vivió junto a Cortázar gran parte de sus mejores y provechosos años volcada de lleno a las letras y a traducir entre otros a su admirado William Faulkner. Optó vivir a la sombra de su marido, de cuyo legado se hizo cargo a su muerte. Quizá no le resultara fácil llevar a cabo ese papel discreto, pero lo gestionó con orgullo, empeño y destreza, tal vez sintiéndose privilegiada de ser la primera lectora del genial escritor que vivía bajo su mismo techo, un rol fructífero que asumió plenamente y con entusiasmo prolongado, incluso después de su separación matrimonial.

Aun así, Aurora escribiría en secreto y en el anonimato de sus horas más íntimas. Una parte de esos textos escritos, que la traductora fue recopilando a lo largo del tiempo, acaban de salir publicados en Alfaguara hace apenas unos meses. El libro de Aurora (2017) es una feliz idea que se les ocurrió al compositor musical y cineasta francés Philippe Fénelon y a la editora argentina Julia Saltzmann felizmente interesados en que el lector cortazariano conozca también las mimbres literarias de la mujer que más influencia tuvo en la vida del autor de Rayuela y, de paso, descubra notas personales sobre libros, viajes y críticas referidos al universo particular y literario de Cortázar, desvelados por quien mejor lo conocía, como persona y como autor.

El libro de Aurora contiene poesía, fragmentos de diarios suyos, relatos y apuntes de cuadernos de literatura y viajes que ella fue conservando durante muchos años. Fénelon presenta este conjunto de escritos de Bernárdez haciendo su semblanza, destacando su inteligencia y cultura, pero especialmente su capacidad lectora, una tarea precoz y constante en su vida. Le confesaba estar hecha de papel. La conoció en París en la década de los años ochenta y con ella forjó una amistad inquebrantable. Compartió junto a otros amigos vacaciones estivales y periodos apacibles de invierno en la casa que esta tenía en Mallorca. La finalidad de este libro no es otra, según se lee en el prólogo, que “escuchar la voz más personal de Aurora”, a pesar de que ella nunca pretendió publicar sus escritos. En la última parte del volumen, Fénelon incluye una jugosa y extensa entrevista con Aurora filmada en París en 2005, y que, posteriormente, se convertiría en un documental bajo el título de La vuelta al día, un texto intimista que, entre otras cosas, desvela el trabajo entusiasta y corrector que la escritora llevó con mucho celo sobre los borradores que su marido le entregaba a diario.

Estamos ante un libro testimonio que nos acerca a una escritora secreta que vivió más para adentro sus inquietudes literarias que para afuera, que se desentendió, por tanto, de exponerse al público. No estar del todo presente fue siempre una característica suya, y lo expresa muy bien con sus propias palabras: “No estar del todo no quiere decir lo que parece querer decir, o sea, desentenderse, no, no. Es reconocer que hay eso y hay otra cosa siempre”.

Aunque resulta una publicación algo alambicada en su concepción, los textos reunidos poseen un valor histórico-literario encomiable, por lo que se atisba sobre la mujer de letras culta, inteligente y discreta, de mundo interior rico, que fue, además de excelente traductora de Flaubert, Camus, Calvino o Salinger, entre otros muchos, una escritora fronteriza entre la realidad y la imaginación, que apostó por el amor y la literatura en la misma proporción.

El libro de Aurora es una edición póstuma que engrandece la figura y singularidad de su autora y que muestra sus dotes literarias ocultas hasta ahora, arrojando más luz y justicia poética a su vida y a su obra.


jueves, 19 de octubre de 2017

Cuentos crujientes

¿A quién no le gusta el pan crujiente y las patatas fritas, o el crujiente de almendras con azúcar quemada? Es innegable que asociamos algunos sonidos con alimentos, hasta el punto de que oírlos nos evoca el placer de sentirlos en la boca. Los sonidos crujientes en particular nos atraen sobremanera y tienen asociaciones con alimentos que anhelamos comer.

Pero, ¿qué sucede cuando nos alejamos de las papilas gustativas y nos centramos solo en el significado de crujiente como sonido externo, ajeno al sentido culinario? Inquietud, misterio, desasosiego podrían acudir sin más a nuestra mente para hablarnos de ello. Somos propensos a inquietarnos con determinados sonidos diferentes, ruidos que provienen de un chasquido o un crujido inesperados: una rama que se rompe en el silencio de la tarde, el traqueteo de una ventana mal cerrada una noche de viento, o el sonido despechado del bajante del cuarto de baño de tu vecino de arriba, o la lectura de unos cuentos que nos hablan de las novias cuando nos dejan, de la mejor mamá del mundo o de la muerte de Michael Jackson, historias capaces de dar la nota haciendo de las suyas, crujiéndonos las tripas, los oídos o el alma.

Uno no deja de preguntarse qué es lo que más interesa realmente de un cuento. Podría ser su trama, desde luego, pero quizá también aquello que debemos intuir porque se nos ha dejado de contar, el protagonismo de los personajes, el tono adecuado en que transcurre la acción; pero si hay algo que adquiere siempre un papel primordial no es más que la atmósfera crujiente, siseante o muda que se extiende por el relato. En Andar sin ruido (Páginas de Espuma, 2017), el aire que se respira en sus páginas transita por zonas domésticas en las que los seres que las habitan andan atareados en recomponerse de sus tropiezos que, con frecuencia, llegan a ser catástrofes sin hacer apenas ruido, pero muy atentos a que no se prolonguen más de la cuenta muchos de esos silencios que podrían llegar a ser más estridentes y molestos.

Carlos Frontera (Jerez, Cádiz, 1973) ha reunido diecisiete relatos en este su primer libro, que exploran el comportamiento de seres desolados y apremiados en salir del atolladero en que se encuentran, cada uno a su manera, aunque el ruido externo e interno les aceche y les condicione a todos casi por igual. Escribir es siempre un camino para averiguar algo e, incluso, descubrirlo, un modo de conocer los resortes y azares que activan o paralizan la conducta humana. Frontera rastrea en esa indagación urdiendo, con desparpajo, el potencial de las palabras, a fin de ajustarlas al relato, acorde al ritmo y a la atmósfera requeridos por sus personajes, apoyándose mucho en el sonido de estas a través del recurso de la onomatopeya, siempre presente en cada historia.

Estos cuentos, escritos todos en primera persona, se adentran en la vida cotidiana de personajes comunes que hablan de soledades y de traspiés, hombres, mujeres y niños que se irritan y se rebelan, que tratan de explicar sus azarosas existencias, en gran parte incomprendidas por sus semejantes. Frontera escribe sobre lo cotidiano de sus vidas, pero con la mirada y el oído dispuestos a ver y escuchar algo más allá de sí mismos, porque lo que parece a primera vista es que ninguno de ellos sabe quién es en verdad, ni por qué le ha tocado el desencanto que le ha sobrevenido. Son seres incompletos, conscientes de su fragilidad y de que algo esencial está en juego, que piden ayuda para llegar a ser algo más acorde con lo que un día atisbaron que pudieran ser sus vidas.

En muchos de los cuentos hay desconcierto, en otros se dan hechos repugnantes, pero en casi todos un velo humorístico se ocupa de cubrir los sentimientos heridos de las vidas de quienes los habitan. Algunos relatos rozan lo macabro, la ignominia y, sobre todo, destaca la tristeza soterrada que se palpa en muchas de sus historias provocada por estrepitosos fracasos. Son historias particulares que pudieran ocurrir en cualquier lugar, porque sus personajes son gente corriente, irrelevante, seres alelados que piden compasión más que venganza, como la mayoría de nosotros, dispuestos, como decía Beckett, a fracasar mejor, o con más gracia, en versión Carlos Frontera.

Andar sin ruido es un bautismo literario meritorio, escrito en una prosa efectiva y cuidada que no rehúye de la gracia e ingenio de jugar con las palabras y exprimirlas, un libro inteligente y seductor, en donde el lector encontrará rincones identificables en otras vidas ajenas, que a la postre se parecen mucho a la nuestra, pero que, mayormente, no nos gustaría protagonizar.


domingo, 15 de octubre de 2017

Un literato periodista

La literatura política española de los años treinta y posteriores lustros, leída hoy, resulta en general indigerible. Es rarísimo que nadie lea con gusto ni las lucubraciones de Ledesma Ramos ni las exaltaciones fascistas de Giménez Caballero o los discursos de Sánchez Mazas, viene a decir Andrés Trapiello en el prólogo de su ensayo Las armas y las letras (1994).

Al igual que ocurrió en Madrid en las primeras semanas de guerra, los escritores que en Barcelona estuvieron a favor del levantamiento o se sumaron a él o trataron de salir de la ciudad, o se quedaron camuflados como decía Orwell “en espera de tiempos mejores”, tampoco estuvieron a la altura para que en la actualidad se les pueda leer con un mínimo de complacencia. Entre los primeros, los que trataron de amparar y extender la rebelión, los más notables fueron los falangistas Luys Santa Marina y Félix Ros. Entre los que salieron, hay que hablar de Pla e Ignacio Agustí.

El escritor y articulista Ignacio Agustí (Llissá de Vall, Barcelona, 1913 – Barcelona, 1974) inició su carrera periodística antes de la Guerra Civil colaborando en cuatro de las publicaciones catalanas más significativas de la época: La Veu de Catalunya, L'Instant, La veu del vespere y Mirador. A partir de 1937 dejó de escribir en catalán para hacerlo en castellano. Tras la guerra, se dedicó a continuar por la senda del periodismo pero, también se volcó en la literatura, su vocación más secreta y apasionada, donde destacó con su saga La ceniza fue árbol, llevada, posteriormente, en 1976 a una serie televisiva, a la que pertenecen sus novelas más importantes: Mariona Rebull (1944), El viudo Rius (1945) y Desiderio (1957). También sobresalieron Diecinueve de julio (1965), y Guerra civil (1972), estas dos obras dedicadas por completo a la guerra civil española.

La editorial Fórcola recupera la figura de Agustí, escritor que ocupó un lugar destacado en la prensa de su época, con una nueva edición de una antología de sus artículos a cargo de Irene Donate, investigadora y profesora universitaria, licenciada en Filosofía Hispánica, bajo el título Ningún día sin línea, un volumen publicado con anterioridad, en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del escritor y periodista catalán. Donate destaca en el prólogo del mismo y en el capítulo dedicado a la biografía del autor de la saga de la familia Rius, la clara preferencia que Agustí mostró por los géneros periodísticos más cercanos a la literatura, el artículo y la columna, especialmente, en los que se aplicó y mostró una entusiasta voluntad de estilo. Como afirma la propia investigadora, “fue un escritor que siempre se acercó al periodismo con la actitud de un literato”, y así fue considerado también por sus coetáneos.

A lo largo de su dilatada trayectoria periodística, Agustí escribió más de un millar de artículos en los que su experiencia cotidiana conformaría el hilo conductor de sus columnas. La observación y la curiosidad sobre cualquier acontecer de la ciudad, un paseo por las calles o el comentario sobre una noticia leída, darían pie y sustancia a ese modelo periodístico de entonces al que González Ruano había contribuido con maestría: la presencia del yo del articulista, la divagación personal y el costumbrismo sobre noticias de la actualidad.

El lector curioso que se acerque a los artículos y crónicas literarias reunidos en Ningún día sin línea obtendrá como recompensa una visión histórica y sentimental de una época marcada por el lastre de una guerra y la imposición de un régimen autoritario que ocupó todas las capas de la sociedad, sobre todo la prensa escrita, un soporte por el que transitó la vida intelectual de algunos escritores que aceptaron la imperiosa realidad para seguir su senda literaria e impulsar proyectos periodísticos, revistas y galardones literarios. Agustí fue un colaboracionista del régimen, más que franquista, pero dada su condición burguesa y conservadora, se consideraba monárquico y tradicional. Se empeñó en cuerpo y alma tanto a su profesión periodística como a una labor cultural incesante. Fue cofundador del Premio Nadal de novela en 1944. Propagó la moderación como ideal de vida, defendiendo siempre el orden y la paz de su casa, de su ciudad y de su patria. El fondo de la mayoría de sus artículos desvela este sentir, donde se resalta la sencillez y la discreción como modelo social y personal, un ideal claramente burgués.

Irene Donate ha reunido un buen puñado de artículos intimistas y otros de carácter cultural, humanista y político de un digno representante del catalanismo español de aquellos años en los que el periodismo y la literatura conjugaron su influencia en el terreno de lo políticamente posible. Más allá de esta limitación, lo que legitima el valor de esta edición, enmarcada en una época gris de nuestra literatura, precisamente es que en ella es donde se gestó las bases de una forma de hacer periodismo todavía vigente.

Lo interesante de Ningún día sin línea viene dado por esta salvedad y por los diferentes textos seleccionados adscritos a un periodo opaco política y culturalmente de nuestra historia, en el que no faltó gente emprendedora en la literatura, en la cultura y en el fenómeno del columnismo, como es el caso de Agustí, uno de los más genuinos periodistas que formó parte de la llamada “literatura en periódicos”, como así la denominó en su momento González Ruano y que después de 1975, con la transición democrática en marcha, no se interrumpiría.


jueves, 5 de octubre de 2017

La vida en un mural

Cuando leo, mi aislamiento del mundo fenomenológico se produce demasiado deprisa para notarlo siquiera, escribe Peter Mendelsund en su libro Qué vemos cuando leemos (2014). El mundo que el lector tiene delante y el mundo que lleva dentro, lejos de estar equidistantes, se superponen solapándose, subraya el artista neoyorquino. Cada persona tiene una forma de ver la vida, un mapa de la misma, que es diferente al de los demás. Esto hace que nadie tenga, en realidad, la verdad de las cosas, sino que cada uno de nosotros tiene una verdad. Cada persona capta las cosas desde su mapa y, por tanto, no tiene por qué verlo como nosotros.

Pues bien, un libro, y este que traemos a este cuaderno de bitácoras más si cabe, de Sofía González Gómez (Pedro Muñoz, Ciudad Real, 1993), investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, graduada en la Universidad de Alcalá en Estudios Hispánicos y con un Master en Investigación Literaria y Teatral, confirma que, ciertamente, ese mundo que se le presenta al lector delante de sus ojos, más que interferir con el que uno lleva dentro, propone un conducto, un puente, un pasaje entre ambos.

Una playa de septiembre (La Isla de Siltolá, 2017) es un puñado de relatos, un mural, que cuenta historias y experiencias, pero de alguna manera explica cómo leer esas historias desde la experiencia del narrador. La autora muestra escenas y detalles de la vida real con un pulso narrativo directo, casi proponiendo cómo imaginar y en qué medida los pasajes introspectivos que se desatan en el texto. Una de las tareas que llama más la atención de estos relatos, que tienen mucho de crónicas autobiográficas, es su condensación. Sus piezas narrativas surgen de sucesos cotidianos, y desde aquí el relato se proyecta para hablarnos de sentimientos espontáneos, perplejidades y anhelos que muchos de ellos han brotado como resortes desde la propia literatura y el cine.

Dice Virginia Woolf que para escribir uno tiene que combinar la soledad con la inmersión directa en el mundo, la percepción y la recreación de lo que se ha percibido. Sofía González parece tener bien en cuenta esta apreciación tan interesante, como por ejemplo en Todos los novios de mi vida, uno de los relatos más significativos, en el que la narradora, en apenas tres páginas, resume con eficacia esa combinación referida por la escritora británica. En Vértigo, en cambio, la sugestión del cine incide en la experiencia real, hasta el punto de que una exposición dedicada a Hitchcock puede alterar el curso de una tarde que solo parecía estar concebida para la curiosidad y el encanto. En Una playa de septiembre, relato que da título al libro, el cine y la literatura se funden de nuevo a través de una relación laboral universitaria que se gesta por correo electrónico entre dos compañeros, una joven e inquieta profesora de Lengua y Literatura y un catedrático de Arte Contemporáneo que, finalmente, se desvanece.

En estos textos hay muchos guiños literarios y cinematográficos que quedan plasmados con inteligencia y delicadeza, configurando un relato continuo de una mujer de letras que aspira, dada su juventud, a seguir indagando en las artes y, especialmente, en la escritura. González Gómez, con este debut, inicia una etapa que pone cuerda y sentido a ese reloj literario que parece forjarse en los latidos de su universo personal. Ha sabido desde el comienzo quién sería su interlocutor, y eso le ha facilitado el camino, le ha permitido encontrar el tono narrativo de sus relatos, y como muchos escritores afirman: una vez encontrado el tono, el camino se allana.

Una playa de septiembre es un libro sentido, escrito con sencillez y eficacia, con diálogos vívidos que dan cobijo a vivencias y que reflejan mucho el alma de quien lo ha escrito, una escritora en ciernes a la que habrá que seguir la pista, y que hoy nos entrega este librito encantador donde la realidad y la ficción se mezclan para gozo del lector. ¡Que lo disfrute!

jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo que guarda el silencio

Al final de la novela, o mejor dicho, de la no-novela de La mirada de los peces (2017), de Sergio del Molino, dice el autor, en el apartado de gratitudes, que entre ese puñado de personas que le influyeron en la manera de mirar las cosas que se relatan en las páginas de su libro se encuentra Edurne Portela (Santurce, 1974), pues en su obra El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016) le enseñó que “el relato generacional nunca está en los blancos ni en los negros, sino en esa maraña inmensa de grises donde todos somos culpables e inocentes a la vez”. Esta declaración tan soberbia y contundente de Del Molino me pareció suficientemente seductora para subrayarla y no olvidarme que iría de inmediato al rescate del libro de la escritora vizcaína para su posterior lectura.

Precisamente hoy hablamos en este diario de lecturas de El eco de los disparos, un libro híbrido que lleva como subtítulo Cultura y memoria de la violencia, una nomenclatura que aglutina a su vez relato, pasajes autobiográficos, crónica, memorias y ensayo, un texto reflexivo y comprometido que aborda el lenguaje de la violencia y del silencio de parte de nuestra historia más reciente en la que las acciones terroristas de ETA y sus consecuencias causaron tantas víctimas y dolor en el País Vasco y, también, más allá de sus fronteras.

Nadie opina acerca del silencio, porque el silencio es una ausencia, dice uno de los personajes de La historia del silencio (1994), una novela de Pedro Zarraluki que indaga sobre toda esa nebulosa que envuelve el significado del silencio. “¿Por qué se dice romper el silencio y no liberar el silencio, o acallarlo, que sería más poético y nos remitiría a ese zumbido en los oídos, que tan incómodo nos resulta?”, se pregunta el propio narrador. Quizá el silencio sea solo eso, un ruido continuo e interior al que nos hemos habituado. Pero hay silencios que no podemos perdonar o consentir, ni tampoco debemos olvidar. Solo tienen interés si nos afectan de alguna manera, sean reales o imaginarios. El silencio, ciertamente, puede ser personal o colectivo, está en el dormitorio de nuestras casas y en las aceras de las calles, agazapado, y posee una espantosa capacidad para devorarlo todo.

Edurne Portela, especializada en estudios de la violencia en distintos marcos históricos, dirige, en esta ocasión, su mirada crítica al lugar donde nació y creció: Euskadi, y abre un cauce analítico e indagatorio sobre lo cotidiano de la violencia, metabolizada en el seno de la sociedad vasca durante décadas en las que la amenaza, la extorsión y el miedo se adueñaron de la atmósfera de la calles, como si la condición de víctima y verdugo la tuvieran otros, ajenos al resto. Lo que debe hacer la literatura, desde cualquier género, según despliega la propia autora, y en palabras de Milan Kundera, es “mostrar la complejidad de la realidad”. Hacia esa dirección apunta su trabajo, consciente de que el silencio, en el ámbito social vasco, ha sido en gran medida el caldo de cultivo del odio, el resentimiento y la indiferencia, esa misma que, como se subraya en el libro, “nos aísla y nos protege del sufrimiento ajeno”.

En El eco de los disparos el lector encontrará mucho de ese sentimiento ajeno y a la vez propio, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia que impregnaron el ambiente de la sociedad en la que la autora creció. Aquí se analizan documentos literarios y cinematográficos que ayudan a entender y reflexionar sobre el conflicto vasco tratando de sacudir la comodidad de la indiferencia y el silencio de muchos. Muchos de los relatos, películas y exposiciones fotográficas desmenuzadas por Portela puede que incomoden, pero nos acercan a la complejidad de esa realidad por la que muchos optaron impunemente y otros tantos se inhibieron.

Este es un libro que no trata de hegemonizar ningún relato acerca de la lucha ni de la resistencia sobre el terrorismo, de verdugos ni de víctimas, sino que procura acercarse a ambas orillas desde una óptica ética y civil en busca de comprender sus entresijos, más allá del discurso político y mediático acostumbrado.

El eco de los disparos es en sí mismo un relato generacional de mucho alcance moral, un ensayo, aunque desigual en su estructura, brillante y bien documentado que incide en la verdad perniciosa del silencio y sus contradicciones, así como en el terrorismo y la contaminación del lenguaje que lo ampara. Es un libro que nace de la necesidad de entender sus consecuencias y mostrarnos el lado menos amable de la indiferencia pasiva general, un libro armado de razones que duelen y sonrojan.


Dicen que los buenos libros te llevan a otros. Si Patria (2016) de Aramburu ya nos dio razones de asumir sin prejuicios el drama colectivo del terrorismo con un relato denso, conmovedor e impecable, El eco de los disparos añade otras perspectivas para examinar con detalles el mismo asunto en el que culpables e inocentes tuvieron su protagonismo activo o pasivo, según su rol adoptado, a la hora de compartir un mismo espacio de convivencia minado por tanto resentimiento, hostilidad y dolor.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hijos del exilio

Siguiendo la estela de Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015), sus dos anteriores novelas, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publica Duelo (Libros del Asteroide, 2017), otra indagación, como ha venido haciendo en estas y otras obras predecesoras suyas, sobre sus raíces identitarias, un viaje permanente a sus orígenes y a su estirpe judía. No cabe duda de que el autor asume esta dimensión narrativa como proyecto literario en pos de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados, hasta el punto de que dicha obsesión personal le propiciará inopinados encuentros con hombres y mujeres variopintos por diferentes países y lugares relacionados con el origen y con el éxodo de sus abuelos. Esa búsqueda perpetua por encontrar respuestas a su pasado, conducirá al narrador a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente, y a nosotros, como lectores, a relacionarnos con personajes curiosos que recobrarán protagonismo, añadiendo lustre y significado a la existencia escrutadora implícita en la narración que nos acerca a su linaje.

En esta ocasión, Halfon se enfrenta a la autoridad paterna incumpliendo su orden de no escribir acerca de un tío suyo desaparecido hace décadas. Esta insistencia indagadora le llevará a rastrear los entresijos secretos de su familia a través de contactos de parientes por diferentes escenarios y hogares. También en las pérdidas se fundamenta la vida, viene a decirnos, aunque en silencio, el narrador de Duelo, su alter ego, un joven judío nacido en tierras caribeñas, crecido y educado en Norteamérica, que rastrea la muerte de aquel niño llamado Salomón, a orillas del lago Amatitlán, tratando de esclarecer, ante tanta nebulosa sin despejar y ante tantos puntos suspensivos sin acotar, cómo sucedió en verdad aquel infortunio.

Duelo continúa, además, con ese ciclo autobiográfico emprendido en sus inicios con Saturno (2003) y El boxeador polaco (2008) en el que el narrador recurre a personajes de su álbum familiar, deshilando sus historias errantes para explorar en esa condición de permanente desarraigo histórico a la que pertenece, judíos emigrados llegados a Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, y poner marco a ese sentimiento de búsqueda de sus raíces. La novela arranca con un recuerdo infantil acerca de un secreto familiar que el narrador le oyó contar a sus padres. La muerte del hermano mayor de su padre, el tío Salomón, es el eje de esta autoficción, un engranaje literario habitual en el imaginario de Halfon, para conducirnos al territorio deslocalizado, sin asentamiento, de su gente. En esa peregrinación transversal al pasado, el narrador, después de recorrer la ruta de los suyos, desde tierras libanesas y polacas, pasando por el internado de uno de sus abuelos en el campo de concentración más fatídico de la historia, Auschwitz, regresará de nuevo al enigma de aquel accidente fatal para tratar de hilar sus cabos sueltos.

Tener una voz propia es un ejercicio que lleva toda una vida. De alguna manera, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad y sus confluencias. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y buscar respuestas al presente.

Duelo es un libro hermoso y sentimental, ligero y profundo, escrito con una prosa destilada, sin adornos, pero muy emotiva, que bucea en los mitos familiares. Desde su sencillez narrativa, Halfon conmueve y seduce, llevando al lector al territorio de sus ancestros y de su linaje, tocando el alma de las cosas, alentado por la conciencia de saber que todo bagaje personal se fragua en lo que hemos sido y lo que nos resta por vivir y que nos empuja a seguir indagando.


Si como dicen algunos, la primera obligación de un libro es ofrecer hospitalidad al forastero que decide entrar en su posada, esta premisa no le resultará peregrina ni extravagante al lector que pruebe con la obra de Halfon. Porque si hay algo propio y singular en la escritura del escritor guatemalteco es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura. Duelo es buen ejemplo del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con una voz sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, a través del universo definido que esa voz transporta y relata emotivamente para nuestro gozo.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.