miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hijos del exilio

Siguiendo la estela de Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015), sus dos anteriores novelas, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publica Duelo (Libros del Asteroide, 2017), otra indagación, como ha venido haciendo en estas y otras obras predecesoras suyas, sobre sus raíces identitarias, un viaje permanente a sus orígenes y a su estirpe judía. No cabe duda de que el autor asume esta dimensión narrativa como proyecto literario en pos de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados, hasta el punto de que dicha obsesión personal le propiciará inopinados encuentros con hombres y mujeres variopintos por diferentes países y lugares relacionados con el origen y con el éxodo de sus abuelos. Esa búsqueda perpetua por encontrar respuestas a su pasado, conducirá al narrador a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente, y a nosotros, como lectores, a relacionarnos con personajes curiosos que recobrarán protagonismo, añadiendo lustre y significado a la existencia escrutadora implícita en la narración que nos acerca a su linaje.

En esta ocasión, Halfon se enfrenta a la autoridad paterna incumpliendo su orden de no escribir acerca de un tío suyo desaparecido hace décadas. Esta insistencia indagadora le llevará a rastrear los entresijos secretos de su familia a través de contactos de parientes por diferentes escenarios y hogares. También en las pérdidas se fundamenta la vida, viene a decirnos, aunque en silencio, el narrador de Duelo, su alter ego, un joven judío nacido en tierras caribeñas, crecido y educado en Norteamérica, que rastrea la muerte de aquel niño llamado Salomón, a orillas del lago Amatitlán, tratando de esclarecer, ante tanta nebulosa sin despejar y ante tantos puntos suspensivos sin acotar, cómo sucedió en verdad aquel infortunio.

Duelo continúa, además, con ese ciclo autobiográfico emprendido en sus inicios con Saturno (2003) y El boxeador polaco (2008) en el que el narrador recurre a personajes de su álbum familiar, deshilando sus historias errantes para explorar en esa condición de permanente desarraigo histórico a la que pertenece, judíos emigrados llegados a Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, y poner marco a ese sentimiento de búsqueda de sus raíces. La novela arranca con un recuerdo infantil acerca de un secreto familiar que el narrador le oyó contar a sus padres. La muerte del hermano mayor de su padre, el tío Salomón, es el eje de esta autoficción, un engranaje literario habitual en el imaginario de Halfon, para conducirnos al territorio deslocalizado, sin asentamiento, de su gente. En esa peregrinación transversal al pasado, el narrador, después de recorrer la ruta de los suyos, desde tierras libanesas y polacas, pasando por el internado de uno de sus abuelos en el campo de concentración más fatídico de la historia, Auschwitz, regresará de nuevo al enigma de aquel accidente fatal para tratar de hilar sus cabos sueltos.

Tener una voz propia es un ejercicio que lleva toda una vida. De alguna manera, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad y sus confluencias. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y buscar respuestas al presente.

Duelo es un libro hermoso y sentimental, ligero y profundo, escrito con una prosa destilada, sin adornos, pero muy emotiva, que bucea en los mitos familiares. Desde su sencillez narrativa, Halfon conmueve y seduce, llevando al lector al territorio de sus ancestros y de su linaje, tocando el alma de las cosas, alentado por la conciencia de saber que todo bagaje personal se fragua en lo que hemos sido y lo que nos resta por vivir y que nos empuja a seguir indagando.


Si como dicen algunos, la primera obligación de un libro es ofrecer hospitalidad al forastero que decide entrar en su posada, esta premisa no le resultará peregrina ni extravagante al lector que pruebe con la obra de Halfon. Porque si hay algo propio y singular en la escritura del escritor guatemalteco es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura. Duelo es buen ejemplo del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con una voz sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, a través del universo definido que esa voz transporta y relata emotivamente para nuestro gozo.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.



miércoles, 30 de agosto de 2017

La vida como propósito

La literatura española de este siglo tiene en Sergio del Molino (Madrid, 1979) a uno de sus talentos más prósperos, sólidos y brillantes. En poco menos de cinco años, su creación literaria ha dado títulos trascendentes, de mucho calado y eco, tanto en la crítica como en un amplio sector del público lector. Libros como La hora violeta (2013), un testimonio conmovedor y hermoso, escrito con una prosa tersa y punzante, donde se narra una historia de amor y de luto, o como el que vino inmediatamente después, Lo que a nadie le importa (2014), otro testimonio de ámbito familiar, bellamente contado, un relato entre la memoria y la autoficción que desvela toda una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil, han hablado por sí mismos del oficio literario tan asentado y maduro que profesa este joven autor.

En esta línea narrativa de no ficción tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro, La mirada de los peces (Random House, 2017), una historia que justifica a la literatura como retrospección, como medio de ponderar la vida pasada desde la experiencia personal y colectiva. Aquí en esta novela no está sólo la voz de Antonio Aramayona, un activista beligerante, un profesor carismático y reivindicativo que representó la vanguardia en pos del derecho a una muerte digna y de la defensa a ultranza del laicismo y de la educación pública, ni tampoco la voz del narrador que rescata su vida y mensaje, sino que también se expone la voz de un colectivo que exhibe los asideros de su realidad, gente joven que habita un espacio intentando dar sentido a sus vidas precarias e inciertas.

Del Molino pone historia y geografía a su novela bajo la moral implícita de Aramayona, profesor suyo de instituto en Zaragoza, para trazar un tiempo generacional e interpelarlo a través de la figura y de los ideales de este hombre cabal y comprometido socialmente. Y como toda historia, La mirada de los peces trata también de detalles, luchas de una u otra clase que terminarán, como le ocurre a tantas otras historias, en victorias y derrotas simultáneas. Todo se dirige a un final, a una determinación que exige un resultado. A todo final de una novela, y esta no es menos, se le confiere una suerte de libertad que la vida acostumbra a negarnos obstinadamente.

Para el escritor aragonés sus novelas surgen del pozo de la experiencia vivida, y desde ese imaginario personal construye su inventiva. La tarea del escritor, como diría Susan Sontag, es hacernos ver el mundo tal cual, desde su óptica, lleno de muchas reivindicaciones diferentes, papeles y vivencias. En este sentido, Del Molino es un excelente promotor de estas prerrogativas literarias. Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien, no se queda sólo ahí, sino que precisa la complicidad del lector, hasta el punto de que este es el que determina si lo que lleva entre manos merece la pena o conviene abandonarlo. Un buen narrador como él sabe que no se escribe para uno mismo, sino para otros y, por tanto, cuida de acaparar la atención del lector para que reflexione sobre ideas y problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, la vida y la muerte, lo lamentable y lo que inspira alegría e ilusión. Detrás de La mirada de los peces hay un narrador serio que tiene muy en cuenta los problemas morales de un modo práctico. Relata una historia, narra unos episodios para evocar una común hermandad con la que poder identificarnos, aunque las vidas expuestas puedan ser distantes y ajenas a las nuestras.

La literatura casi nunca consiste en hacer literatura”, subraya con cautela el narrador (autor) en el primer párrafo del segundo capítulo, para después, en el siguiente capítulo, advertirnos que: “la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela”. La nobleza de las reflexiones dispuestas en estas citas, y en el conjunto de la narración, encaja perfectamente con la nobleza del estilo directo que la impulsa. Estamos ante una pieza narrativa que da una idea novedosa de una vida interior plagada de ambiciones, interrogantes y libertades, frente al canon establecido de la sociedad estática y conformista española de aquellos años finales del siglo pasado y principios del siguiente. Declara el autor: “no me interesa la dimensión política del personaje, pero sí me intriga la forma en que la disfrutaba”, (pág. 117). En cambio, la muerte sí le interesa y mucho, “porque las muertes nos son propias y todas las muertes de los que queremos son también la nuestra”, (pág.197).

Sin duda, Sergio del Molino nos entrega la novela más desnuda, más política y más comprometida socialmente de su producción. La piedra de toque para esta afirmación también se halla en el lenguaje utilizado. No hay rastro en el texto de ningún escrúpulo lingüístico, de tal manera que la autoficción discurre con maestría probada por ese relativismo de verdad y admiración por quienes enseñaron a mirar el mundo de otra manera, y por el sentido de análisis basado en la experiencia vivida. La vida son dilemas y hay que resolverlos de alguna manera, se dice en sus entrañas, y no puedes inhibirte, ya que estos son insoslayables.

La mirada de los peces es un testimonio resuelto con eficacia, un relato generacional contundente, a la vez que tierno, que no escapa de la controvertida interpretación de la realidad, de sus hipérboles y espasmos, y de la porosidad de los recuerdos que convergen en un diálogo de la memoria con los latidos del presente.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Secretos y evidencias

Vargas Llosa sostiene en su ensayo La verdad de las mentiras (1990) que la ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. La vida de la ficción es un simulacro que necesita un narrador para contarnos ese tiempo inventado. En efecto, como dice el nobel peruano, las novelas mienten, pero esa es sólo una parte de la historia. La otra, la más importante, es que, aun mintiendo, expresan una curiosa verdad que pone en vilo el interés del lector.

En la no ficción se sobreentiende que lo que se propone está bajo el epicentro de la verdad, aunque las herramientas literarias de las que el autor se valga sintonicen con los mismos recursos utilizados en la ficción: personajes, pasajes narrativos y hasta diálogos, y todo ello orientado, mayormente, a crear expectativas, indicios que despierten la curiosidad del lector. El lector es, por definición, ese curioso entrometido que tiende a fisgonear, a poco que el escritor le ofrezca un cebo razonable o apetecible, sin considerar si lo que tiene entre sus manos es una novela o un ensayo personal. El problema viene cuando el escritor no sea consciente de que esté creando expectativas. Es, por tanto, difícil de imaginar un estadio en el que el escritor de no ficción no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no sea una herramienta de exploración de esa condición.

Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor como este de Mostrar y decir (Alba, 2017) del poeta, crítico y ensayista Phillip Lopate (Nueva York, 1943) mucho de lo insinuado en los párrafos anteriores se vuelve, incluso, más profano, en el sentido de hacer entender la literatura más cercana al lector no erudito. La no ficción comparte también con la vida su esencia ambigua y polifacética. Las ideas expuestas en este luminoso libro parte precisamente de esa ambivalencia literaria que se corresponde entre la ficción y la no ficción: “Cuando escribo ficción, lo que intento es llegar a la verdad; cuando escribo no ficción, mi objetivo es tanto la verdad literaria como la verdad literal”, (pág. 105).

David Shields en Hambre de realidad (2010), otro libro audaz y bastante polémico, habla del futuro de la escritura de ficción y de su relación con la no ficción, enarbolando lo siguiente: “Los escritores de no ficción imaginan, mientras que los de ficción inventan”. Lo cierto es que, como subraya Lopate, la ficción no obliga ni insta al lector a creer. En todo caso, le ofrece la oportunidad de asistir a una experiencia sin tener que creer en ella. Shields se posiciona en la misma dirección que su paisano cuando afirma que la ficción nos ofrece la posibilidad de preguntarnos: “¿Y si esto pasara?” En cambio, apunta que la no ficción nos ofrece una afirmación como la que sigue, más compleja: “Puede que esto haya pasado”.

El arte de escribir no ficción es el subtítulo y el tema principal que aborda Lopate en su ensayo, una clara determinación expuesta en el prólogo del libro de lo que se propone como profesor de escritura creativa y literatura, un propósito entre cuyos destinatarios no solo incluye a los alumnos que acuden con entusiasmo a sus talleres de escritura, sino que, especialmente, se dirige a los colegas que se dedican a esta tarea de enseñar a escribir: “No solo deberíamos enseñar a los chicos a defender una tesis o a usar palabras cultas, sino también a desarrollar un pensamiento crítico, a pensar contra sí mismos”.

Mostrar y decir es un compendio de reflexiones e interrogantes sobre el ensayo literario y también sobre el ensayo personal y autobiográfico. En uno de sus capítulos más brillantes, que lleva por título: El ensayo: ¿Exploración o argumentación?, Lopate comparte lo que supone para él la necesidad de libertad que tiene el ensayo para explorar asuntos sobre los que el propio autor aún no está del todo convencido. Lo importante, dice, es seguir los pensamientos de uno, aunque lleven a la contradicción. Pero, insiste, que el escritor de no ficción, el ensayista personal, trata siempre de aproximarse a la verdad, y no solo a la verosimilitud literaria, sino a la verdad propiamente dicha.

En suma, este es un texto jugoso y preclaro, solícito y muy bien documentado, con una adenda final de lecturas sugeridas encomiable, un libro preocupado en desmontar ese tópico cliché de los talleres de escritura sustentado en que mostrar es la esencia de la escritura y decir, su fatalidad. Lopate conjuga en Mostrar y decir a estos dos verbos que dan título a su obra como importantes y complementarios para la escritura creativa, hasta el punto de que, en la no ficción, ambos forman un binomio eficaz y sostenido para su buen fin.

Pero un ensayo, como el mundo, es una forma viva. Y en su forma reside su realidad. Este libro se ocupa admirablemente de desvelarnos algunos de los secretos más significativos del arte de escribir no ficción y de su imaginario.

viernes, 18 de agosto de 2017

Riego por aspersión

La literatura, en todo su ámbito, discute los mismos problemas que discute la sociedad, pero de otra manera, a veces lo hace por inundación, otras por aguacero o por goteo, pero también, por aspersión, y esa manera de hacerlo es, ciertamente, la clave de todo. La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la vida y sus consecuencias.

El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas destila mucha sintonía con esa idea de riego literario. Daniel Monedero (Valladolid, 1977) traza en diez relatos un fresco narrativo gozoso y perspicaz por donde transitan vidas anodinas que, a modo de riego por aspersión, deciden salir de ese anonimato en el que viven, como se puede entrever en la intermitencia de este subrayado obtenido de sus páginas: En la vida existe algún orden secreto, alguna narración coherente en la sombra, para no perder la cabeza... La gente teme lo que ignora... Qué difícil creer que un mismo libro pueda servir para tantos hombres y mujeres diferentes, cada uno con su páncreas y su dolor intransferible de vértebras... Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía... Vivir es reunir valor... Por mucho que se viva no hay quien descifre la vida... La vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia... Todas las historias prometen cosas que nunca cumplen.

Todas estas conjeturas y reflexiones extraídas de Manual de jardinería (para gente sin jardín) (Editorial Relee, 2016) podrían avistar, a vuelapluma, de qué va esta ópera prima. ¿Para qué sirve un manual? A este respecto, el Diccionario de Uso del Español de María Moliner dice que un manual es un tratado breve de alguna materia, un prontuario, un vademécum, o también, un libro en que se compendia lo más sustancial de una materia, según el Diccionario de la RAE. Esto sería el concepto y el significado que justificarían la esencia de cualquier manual, menos de este. El guion narrativo de Monedero no propone ningún procedimiento didáctico, ni de vida ni de literatura para explicar lo que el lector presupone deducir del título, pero sintoniza con la poética de Sábato que no se cansaba de decir que la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, tal vez la más completa y profunda, de examinar la condición humana.

Todas las historias que se cuentan aquí se tejen con la trama de los seres que la habitan, enredados en sus quehaceres, y que tratan de tirar de su propio hilo para desmadejar el ovillo de sus vidas inconsistentes. Cada una de ellas pertenece a ese mundo que aglutina a tantas vidas paralelas e insólitas. Todas son vidas dispares igualmente, laboratorios donde sus moradores experimentan fracasos y pasiones en ciernes. Precisamente en el primer relato, el más breve de todos, que lleva por título Universos paralelos, el narrador, valiéndose del modo subjuntivo, vuelca con viveza, y en un sólo párrafo de cuatro páginas sin puntos seguidos, un monólogo interior desatado que evoca el desamparo de un amor ausente.

Manual de jardinería presenta un microcosmos de vidas inciertas que buscan resarcirse de un destino que no le es propicio, gente que prueba salirse de las ataduras de su existencia anodina. Llamadme Mississippi, Manual de jardinería y Sylvia & Ted quizá sean sus mejores relatos, tres homenajes literarios que van desde Mark Twain, pasando por Wislawa Szymborska, hasta Sylvia Plath. En el primero de ellos hay un monólogo escénico donde el amigo de Tom Sawyer se explaya sobre el vacío de su alma anhelante de felicidad, resumiéndola en que ésta solo consiste en “unas sílabas que burbujean en la lengua”. En el siguiente relato que pone título al volumen, su protagonista es un joven negro de cien kilos de peso que vive en el barrio de Queens de Nueva York y que ha sido inoculado por la poesía de Szymborska, siente ese prodigio, hasta el punto de creerse reencarnado en la propia artista polaca. Ray creía que el conocimiento se poseía viajando, pero tras llegar a Cracovia revela que los mapas del saber se amplían de un modo inimaginable con el conocimiento del idioma: Las palabras están habilitadas para ensanchar la propia geografía, viene a decirse. Y la última de estas tres piezas, la más trascendente, a mi juicio, Sylvia & Ted, es un cuento con aire cinematográfico en el que no falta nieve en la calle, fuego en el hogar y mucha literatura. “La vida es así –dice la protagonista del cuento–, uno se pasa el tiempo haciendo cosas horribles por temor a vivir otras cosas horribles”.

Daniel Monedero, con este destacado debut literario, gracias a la prosa poética exhibida, escrito, además, con mucha audacia, humor y frescura consigue atrapar a ese lector entusiasta e incondicional de la literatura breve. En ese sentido, lo que hay en este jardín es humus literario abundante en cada una de las historias subterráneas que esconden sus cuentos, ricos nutrientes narrativos que conviene probar y no perderse.

La buena literatura puede con todo. No hay manual ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce, con oficio y esmero, contando historias que pinchen, que atrapen y que arriesguen, propiciando la feliz tarea de seducir de lleno al lector más exigente. Esa es la tarjeta de presentación de Daniel Monedero, un escritor que, como afirma Matías Candeira en su sentido prólogo del libro, no es nuevo y sabe lo que se lleva entre manos.



martes, 8 de agosto de 2017

Punto de alcance

Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Las palabras son, en verdad, las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En literatura las buenas ideas, los buenos poemas se reconocen enseguida: tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y despiertan nuestro letargo. El poeta se juega la vida en cada palabra. Además, el poeta está para mirar y ver lo que no se ve. Para lo que se ve, como afirmaba el autor de Cuadernos de Escritura, ya está el resto de la gente. El lector, al fin y al cabo, es el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido.

Hablar sobre lo leído es interpretar el juego de palabras propuesto por el escritor. Pero cuando se trata de hablar de poesía es, además, descifrar un enigma, un misterio. Es aventurarse a seguir la cartografía trazada por su autor en sus poemas, andar por sus rutas sin intención de tomar atajos, solo con ánimo de explorar sus entresijos. Leer es ensanchar el mundo, dice el poeta; escribir es escarbar en él. Al poeta Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) le gusta ese verbo transitivo y todas sus acepciones para definir, o mejor dicho, para hacer su poesía: escarbar en el mundo, removerlo, ahondarlo, cavarlo hasta horadar repetidamente su superficie y extraer sus partículas.

Ultramor (Renacimiento, 2017) es el tercer poemario suyo publicado tras la senda emprendida con La noche tatuada (2013) y Don de lenguas (2015). Para un poeta tardío como él, secreto y ágrafo en su juventud, el bagaje de su alma poética se ha tenido que ir forjando a través de lecturas y referencias clásicas. Seguir la tradición, a fin de cuentas, consiste en recibir la herencia del ayer y entregarla con la otra mano al presente y al mañana, pero no sin antes haberle añadido algo propio: un matiz, un tono, una particularidad, un suspiro... En se sentido, Brezmes pertenece a ese prototipo de poeta que ha sabido esperar el paso de los años para emerger, desde su larga experiencia vital, y dar luz a ese mundo simbólico lleno de significados, escalofríos, temblores y perplejidades que le han acompañado durante décadas. Si en la primera entrega el poeta andaba sumido en contornos góticos y sentimentales, en el segundo poemario hay un propósito creativo de ensalzar el lenguaje. Ultramor es una puerta más amplia y más ambiciosa que sus dos obras anteriores, que pende del propio título e invita al lector a una travesía desde lo irracional a la reflexión, desde el asombro a la paradoja, desde el misterio al razonamiento: No sé bien por dónde empezar./ Verás, la realidad no existe,/ pero existe su posibilidad y eso/ es lo que mantiene al mundo en vilo (pág. 15). En realidad el que escribe nunca va solo, siempre lleva consigo al “otro”, que como decía Proust es el que sabe escribir de veras: Qué insensatez la tuya de leerme,/ pudiendo ser penumbra o muchedumbre/ haber caído aquí, y aquí soñar (pág. 17), se dice en los primeros versos de uno de sus poemas en el que homenajea con sutileza al novelista francés.

El poemario, tras una cita de Kafka, que pone el punto de inflexión hacia donde se encamina el poeta, inicia su andadura con una declaración al dictado de su propósito: No es mucho lo que pido:/ oblígame a decir lo que no sé,/ enséñame a escribir mi nuevo nombre/ (pág. 9). Tras esta apertura, el libro está divido en dos partes: en la primera, bajo el epígrafe de Ojos que no ven, el autor despliega treinta y cuatro poemas para mostrar sus latidos y preguntarse por qué está de nuevo aquí, como hacen los nadadores que se adentran en el infinito mar: por el puro placer de deslizarse,/ inmunes al abrazo de la lluvia (pág. 18). Pero también dice el poeta que está aquí para contar que: lo perdido me llama/ y algo de mí llama a lo perdido (pág. 21). Como lo está igualmente para acudir con cautela a la memoria: Me dan miedo los espejos, esos seres/ que, después de hechos añicos,/ siguen siendo uno en cada trozo (pág. 32); o desvelarnos el secreto de Las cosas impares: Lo impar se nos revela a cada instante/ y sólo es en su esencia indivisible/ que el ser se manifiesta sin su doble (pág. 51).

La segunda parte reúne treinta y dos poemas en torno al mantra Corazón que presiente, por donde transita mucho el tiempo, el sueño y la noche: Somos/ lo que cobra vida/ tras apagar los libros (pág. 65), dice en uno de ellos. En los versos siguientes: La droga de la noche vuelve/ con su dosis exacta para hundirse/ en la tinta sedienta de palabras (pág. 69), el poeta continúa desvelado en pos de sus exploraciones.

Quien se disponga a adentrarse en la lectura de Ultramor le resultará una experiencia poética provechosa: poemas con predominio del endecasílabo, bajo una mirada metafísica y escrutadora que no impide que la claridad de sus versos trascienda a pesar de su simbolismo. Hacer poesía es un ejercicio de tiro que exige tino y temple. No importa tanto lo que se dice como lo que se significa, pero se necesita puntería, y Brezmes es fiable y certero en sus lances. Para ello, solo basta que la tarea del poeta, como dice Claudio Rodriguez, esté del lado de lo que él entiende por poesía, más que preocuparse de explicárnosla y de adornarla.



martes, 1 de agosto de 2017

El juego de la escritura

La verdad, aunque solo sea la verdad literaria, es una suerte de compromiso, dice Danilo Kiš, pero con la condición de que sobre el juramento siempre planee una sombra de duda. La función del escritor, según Sartre, consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente. El escritor debe convencernos de que sabe más que el resto de nuestros congéneres y de que, a pesar de ello, duda más que todos. Uno se convierte en escritor tan solo cuando comprende la segunda parte de la definición sartreana: que escribir significa decir las cosas de cierta manera, que escribir representa una búsqueda en pos de la propia identidad, porque ya somos conscientes de que la literatura es una revelación, aunque mediante ella no se consiga nada.

Tal reflexión viene a cuento porque La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017), de Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, México, 1976), ganadora del Premio Ribera del Duero de este año, propone mucho de esa suerte de compromiso verdadero que supone escribir, así como los mimbres que conforman el juego de la literatura dentro y fuera de su laboratorio. El hilo conductor que sostiene la inventiva de sus seis relatos lo pone el personaje Arturo Murray, un escritor ya instalado en su madurez y que indaga en la propia naturaleza de su oficio. A partir de los proyectos de su carrera literaria y existencial, el narrador conecta sus piezas en las que su pasado, con sus luces y sombras, va desplegándose por diferentes etapas, apegado a su condición de vivir en pareja y con dos hijas, una tarea de resistencia en la que no solo se sobrepone al desgaste de la convivencia y a sus penurias económicas, sino que, además, se atrinchera en su condición de escritor para no cesar en el empeño de escribir y fabular, tal como le decía su madre: escribir es una batalla, escribir es pelear, escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo”.

El lector precisará concebir el libro en su lectura total para percatarse de la intencionalidad de Ortuño que no es otra que romper con lo establecido. Cada relato va dirimiendo las batallas artísticas y vitales del personaje, triunfos y derrotas desde la infancia a la actualidad, la existencia de un padre desastroso, un matrimonio en la cuerda floja, una vida laboral en la misma tesitura, pequeñas éxitos literarios, vanidades artísticas, recelos, tropiezos, burlas...

La vida azarosa en la literatura y su derivación en la vida propia son dos existencias interconectadas y concomitantes en la cadena narrativa de estos relatos. La vaga ambición es como los coches de hoy en día, un híbrido literario que alterna el combustible con la batería, en función de la marcha del vehículo, su historia, y en relación con la propia ignición que formula el relato, su gasolina, pero también necesitado deliberadamente de la corriente eléctrica repartida en el conjunto del libro: el juego de la escritura. Además de los asuntos, las situaciones y los percances que se presentan en estos cuentos, la idea matriz que desarrolla Ortuño es preguntarse cómo se conforma un escritor. Para ello, el autor mexicano recurre a la fabulación para exponer esa experiencia literaria que, desde su origen, parece sesgada por la relación con el poder establecido que todo lo contamina y, por otro lado, desde la vocación y el destino propiamente del oficio, no exento de desencanto e insidia.

La creación del personaje de estos relatos permite a Ortuño desplegar su experiencia, su poética narrativa y el sentido literario del oficio desde el lado del que escribe, un ser que convive en una realidad resbaladiza y pintoresca alrededor de una literatura extendida que fija estereotipos y servidumbres. El libro, en definitiva, rastrea en la zona tragicómica que rodea al mundillo cultural de las letras y la vanidad existente alrededor suyo. Murray se ocupa, en su terquedad, de encontrar sentido a su vida en el propio seno de la escritura y lo hace desde sus primeros pasos como autor, con apenas doce años, cuando ganó un concurso de cuentos según leemos en el primero de los relatos: Un trago de aceite, una historia de abusos y, así mismo, descarnada, hasta llegar al último de la colección: La batalla de Hastings, quizá el mejor de todos, un cuento primoroso, intenso, contundente y brillante sobre el fondo y el sentido de la escritura.

En el libro, confiesa su autor en una entrevista reciente, hay referencia a su experiencia personal pero siempre –subraya– al servicio de la ficción. “Escribir es caer en una telaraña y no salir más –dice el narrador en las postrimerías del libro–, pero a veces uno cae y se queda paralizado, sin nada que agregar”.

Si todo lo que dice Ortuño o Murray no estuviera dicho de cierta manera, entonces sería una mera confesión de Murray o del propio Ortuño. De este modo en el que se cuenta aquí es prosa de gran alcance: una prosa de la vida, una prosa del mundo, y además, de franca poética.



martes, 25 de julio de 2017

La condición de refugiado

Como señaló una vez Roland Barthes: “Quien habla no es quien escribe, y quien escribe no es quien es”. De ahí que la primera tarea de un escritor no consista en tener opiniones, sino en decir la verdad que se cuece en el ambiente, interpretar la realidad de lo que sucede afuera en la calle, en las ciudades o más allá de las fronteras y negarse a ser cómplice de mentiras o discursos erróneos. La literatura, como decía Susan Sontag, es “la casa del matiz y de la indocilidad a las voces de la simplificación”. La tarea del escritor es hacernos ver el mundo tal cual, lleno de muchas contradicciones, de enormes desajustes e incontables reivindicaciones a cual más diversa, con personajes que representen múltiples papeles y con las más variadas vivencias. La literatura nos puede mostrar precisamente esa variante de contar cómo es el mundo.

Cada escritor tiene su territorio, su reinado, incluso los hay que son nómadas y andan a la búsqueda de nuevos escenarios por donde poner en acción a sus personajes con sus miedos, con sus huidas y con sus desesperanzas. La última novela de Cristina Cerrada (Madrid, 1970) guía al lector por ese discurso, a tono con lo que subraya la escritora norteamericana acerca de la tarea del escritor de contar y revelarnos cómo es el mundo. Y lo hace focalizando la brecha gravosa que supone todo desarraigo ocasionado por las guerras, para trasladarlo a la geografía concreta de la historia de una familia de refugiados en la Europa occidental de nuestros días sobreviviendo a su infortunio.

Europa (Seix Barral, 2017) es un libro duro y seco que aborda esa línea candente del éxodo y la acogida, una historia por donde transitan personajes aturdidos, que llegan humillados y asustados de otros confines, huyendo del horror para salvarse de la muerte, de la intransigencia, de la violencia de su propio país en guerra, pero que también tendrán que soportar afrentas y discriminación en sus nuevos destinos.

El mundo interno y el mundo externo de Heda, la joven protagonista de este duro relato, confluyen en el texto gracias a dos factores básicos que la autora conjuga con argucia: fluidez y flexibilidad fabuladoras mediante una escritura limpia, seca y eficaz. La gesta de este potente personaje la conforma el silencio de su acción heroica por sobrevivir con dignidad, de agarrarse a la esperanza de que cada día que pasa puede darle la oportunidad de escapar de la opresión de las condiciones en que vive ella y sus allegados. Cada día que transcurre es para ella estar más cerca del día deseado, a pesar de la espiral dominante y machacona de la realidad impuesta.

El lector de Europa no se identificará con la heroína que transita por sus pasajes, sino con el espíritu con que ha sido concebido y elaborado este libro. Cerrada posee ese don de provocar fascinación, emoción e inquietud con una prosa incisiva, fragmentaria y elíptica. Europa es una historia pavorosa sobre la condición de refugiado y las consecuencias que esta condición tiene para sus vidas, estructurada en cinco partes, cada una de las cuales segmentada en capítulos cortos de apenas dos páginas. Podríamos afirmar que lo que la autora despliega es una alegoría de la coyuntura internacional de lo que acontece en esta parte de occidente en donde el choque de culturas ocasionado por el tránsito de inmigrantes y refugiados a través de sus fronteras provoca recelos en la población al igual que desamparo en los recién llegados. Esto es moneda de cambio entre los diálogos que se suscitan en la novela por donde se intercalan personajes que ponen voces a sus vidas menesterosas e intranquilas bajo la mirada escrutadora del narrador testigo y la perspectiva de Heda, la joven protagonista, de aparente fragilidad, dotada de una fortaleza interior impávida.

Reconstruir la vida en tierra ajena es una tarea épica llena de obstáculos. En este libro se da cuenta de ello poniendo voz propia al refugiado, un ser que adquiere la condición de expatriado temporal, que aspira a volver a su cuna natal, pero mientras tanto ha de conformar su presente a las condiciones impuestas en el lugar de acogida. Allí le espera una dura subsistencia, para muchos de ellos en estado de shock y de permanente invisibilidad social.

Esta obra puede parecer una novela política, pero no lo es. Europa es un lugar, un escenario de paso fronterizo, de gente que huye expulsada de su tierra para llegar a otra, una trashumancia obligada y precaria en busca de esperanza. La novela se concibe deliberadamente desde un origen sin especificar, porque el desarraigo es consustancial al hombre y puede surgir en cualquier punto del continente.

En toda novela, el final elegido por el autor le confiere una suerte de libertad que la vida nos niega obstinadamente: llegar a ese alto narrativo es para que el lector, si procede, complete el desenlace, lo deje inamovible o lo cercene. Aquí en esta que nos ocupa, Cristina Cerrada la acaba con una derrota existencial que nos deja atónitos e inermes.


martes, 18 de julio de 2017

Épica del dolor

Leer da más felicidad que escribir, dice Muñoz Molina. Escribir es una afición, una vocación, una necesidad y, sobre todo, un trabajo incierto. Leer, en cambio, es un medicamento que no presenta contraindicaciones. Sin embargo, leer determinados libros pueden perturbarnos hasta sacarnos de nuestras casillas, de la protección acostumbrada del hogar, arrojarnos a la intemperie y convertirnos también en testigos de cargo confrontando nuestras incongruencias e inhibiciones con el propio correlato, hasta llegar, y esto es lo mejor, a emocionarnos enteramente. Llegados a este punto, es cuando uno alcanza verdaderamente un crédito inestimable como recompensa: el premio que confirma que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar la perspectiva que tenemos de lo que sucede a nuestro alrededor, obligándonos a leer de otra manera, como si atravesáramos un dique en construcción, nada estable y con las debidas precauciones.

El lector de Patria (Tusquets, 2016) ha de asumir esa tarea sin prejuicios y tener predisposición para dejarse sacudir condescendientemente por el drama colectivo que encierra su relato, aunque le ponga contra las cuerdas y le concite rabia. Después, ha de mirarse en el espejo o hacia sí mismo, examinarse y observar sus secuelas. Seguramente, esta novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), la novena y más valiosa de su producción, seguirá imparable, alcanzando cifras de ventas mareantes, de muchos dígitos, y continuará batiendo récords con nuevas ediciones y más lectores.

Mucho se ha dicho y escrito de ella en todos los foros y espacios literarios de nuestro país, así como mucho dará que hablar todavía. Es más, esta es una novela escrita sobre el conflicto vasco con una ambición literaria sin precedentes y con una audacia narrativa impecable, que invita a pensar que ha sido concebida por su autor en estado de gracia para permanecer y resistir el paso del tiempo, suscitando en el lector una ilusión esperanzadora de vida y no pensada para exhibir los mecanismos del enfrentamiento de las ideas y su condena.

En Patria lo más significativo recae en el papel representado por una mujer que ha perdido a su marido en un atentado perpetrado por ETA y solo quiere, antes de morirse, que le pidan perdón. La última imagen del libro, en la que dos mujeres mayores se abrazan en la plaza del pueblo, cerca de la iglesia, resume y dice todo sobre ese consuelo esperado, sobre esa épica del dolor que pone punto final a esta monumental novela sobre los últimos treinta años de la historia política en Euskadi. Aunque el desenlace invite al lector a posicionarse, la grandeza del libro radica en que a lo largo de sus más de seiscientas páginas la narración se sustenta en un ángulo nada explicativo, es decir: hay un narrador externo que permite que sus personajes se expresen en primera persona y compartan con el propio narrador omnisciente frases y escenas sin tener que acudir a intervenir con notas aclaratorias ni llamadas de atención. Este proceder narrativo con esa diversidad de voces, en donde un mismo narrador se faculta para expresarse, aparece tanto en las funciones propias del narrador como cuando dialoga, dependiendo de su posición personal o del estado de ánimo que atraviese.

Esta es la historia de dos familias amigas destruidas por la violencia, arrojadas a bandos opuestos y declaradas enemigas, con raíces en un pueblo no especificado de Guipúzcoa, marcadas para siempre por la deriva de los acontecimientos de una época triste y dolorosa que va desde mediados de los años ochenta del siglo XX hasta el verano de 2012, momento del cese del fuego de ETA. Cada uno de sus miembros, como dice en una entrevista Aramburu, lleva como quien dice su novela a cuestas, el relato de sus existencias privadas. Todos los personajes de Patria arrastran consigo su carga de humanidad: dudas, defectos, desavenencias, debilidades, como cualquier lugareño, pero ninguno se pasea por la novela al servicio de una tesis, porque la parte gris de cada uno de ellos, la que aflora en lo cotidiano y se manifiesta en sus actos, conforma la verdad de sus azarosas vidas.

En la novela, la voz de sus personajes femeninos: Miren, Bittori, Arantxa y Nerea tienen una fortaleza de carácter por encima de lo que representan la personalidad de los protagonistas masculinos. Ellas son las que ostentan claramente el pedestal de la palabra. En cambio, la voz de los hombres es más retraída y hermética, como más remisa a hacer confesiones. Buena parte de las acciones de todos ellos sucede en el ámbito privado del hogar, en la cocina, en el dormitorio y en los pasillos, donde es tan frecuente que trascienda el sentido de la vida de sus moradores.

Patria es un gigantesco artilugio literario estructurado en capítulos cortos y bien encadenados, que permiten una lectura intensa y rítmica gracias también al tono sencillo de su prosa y a los intercambios de escenarios y voces que van interactuando. Igualmente, la mezcla de tiempos narrativos es otra de sus argucias estilísticas destacable, que influye en la percepción del lector a la hora de interpretar las acciones de los personajes de la novela: la sensación es como si estos anduvieran atrapados en el pasado.

Tres años le supuso a su autor armar esta gruesa novela, esta gran epopeya del dolor. Patria es un sólido testimonio literario con personajes verosímiles y potentes con los que el lector puede empatizar, más allá de la posición compleja de muchos de ellos y del silencio colosal del ambiente. Haberlo logrado con maestría y solvencia narrativa solo está reservado a escritores de raza, y Fernando Aramburu lo es, como lo fueron antes sus paisanos Ramiro Pinilla y Pío Baroja.


martes, 11 de julio de 2017

Conjuro poético

Dice André Gide que no hay obra de arte sin colaboración del diablo. El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo. Por esta regla, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre de lo establecido, porque lo que fascina es lo extraordinario, lo prohibido. No hay poesía sin la colaboración del demonio. No hay belleza sin perversidad. De esto sabían mucho los griegos, y los padres del Renacimiento sabían bien que no era posible una belleza religiosa sin transgredirla con la presencia del pecado.

Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), poeta, articulista y editor, autor de una veintena de poemarios y ensayos, publica ahora en paralelo La alegría de lo imperfecto (Trea), un estupendo volumen de aforismos endiablados y El baile del diablo (Renacimiento), un poemario confesional, escrito entre 2004 y 2017, marcado por la presencia de sus demonios existenciales, un libro que aspira a dar respuesta a los interrogantes que todo poeta se formula, un itinerario autobiográfico en el que subyace la esencia creativa de su poesía y la silueta diabólica que la inspira.

Hablar de poesía, como diría Claudio Rodríguez, es hablar de experiencia de cualquier tipo. No se trata tanto de la experiencia biográfica, se puede tener una experiencia a través de la imaginación, de los sueños, de la memoria, de la cultura. La experiencia que Sánchez Menéndez revierte en este poemario es la que está implícita en sus años de vida, en cualquiera de sus manifestaciones: infancia, educación, amor, madurez, pérdida, muerte... La tarea del poeta está precisamente en ese recorrido de reflejar, mostrar e interrogar su experiencia vital a través del poema. Alguien lo dijo: en la poesía no envejece nadie, pero el tiempo se hace notar.

El baile del diablo contiene cuarenta y un poemas estructurados en tres secciones: Las cartas por jugar, Las obras terrenales y La verdad de las cosas que constan de dieciocho, dieciséis y seis poemas, respectivamente, a los que hay que sumar el que encabeza y pone título a la obra, un conjunto literario en donde el yo lírico se atenúa en favor de un sujeto cambiante y experimentado interpelando una poesía de corte existencialista. Su temática y su título, casi prosaico, se conjugan en unos poemas plenos de madurez, ironía y pesimismo, que hablan de la experiencia y el devenir inexorable del tiempo. La contradicción, la paradoja y la mirada crítica de la vida se conectan por sus versos impulsados por una conciencia tocada por la malicia: ese demonio impertinente y agazapado, fuente de libertad y desvarío, que nos acompaña siempre, como sombra adherida.

En la primera parte de la entrega, Sánchez Menéndez habla en serio, pero con sarcasmo: HAT, un poema en el que la voz poética le pide perdón a su madre por haber pecado, es un buen ejemplo de ello; habla en broma, pero en serio, sin dejar de traslucir una conciencia cultural libre de ataduras, incluso con buenas dosis de provocación, como en este otro poema bajo el título de LIFE LIE que dice así: “¿En qué momento exacto se distingue/ esa simple palabra, la justa?/ Y, con una sonrisa en los labios,/ respondió: Debes marcharte, / mi marido está a punto de llegar”. Estos dos poemas y el resto que conforman dicha parte se vertebran de tal manera que tienden a la melancolía y a la pesadumbre, una inclinación que constituye otro de los ingredientes morales que están presentes en sus versos por donde se cuelan sin aviso Satanás, Belcebú o cualquier otro ángel negro susceptibles de repartir las cartas del destino.

En la segunda parte del volumen, el poeta pone pies en tierra para hablar de sí mismo, del silencio y de la soledad, del tiempo presente y sus naufragios, del futuro incierto y de la nostalgia del pasado, incluso se pone sentencioso, como hace en el poema NUNCA, el más breve del libro, de esta manera: Nunca llegará el bien si se ha buscado./ Siempre faltará el mal si se ha omitido.

La última sección, bajo el epígrafe La verdad de las cosas, reúne media docena de poemas, quizá los más determinantes y hondos del todo el texto, piezas que concitan al lector a reflexionar sobre el hecho de vivir: Vivir al fin y al cabo/ es lucha, armonía comportada,/ voluntad y entrega, dice en el primero de ellos; Vivir es el presente,/ sin reconocimientos, confiesa en el siguiente; y así, hasta llegar al poema que cierra el libro: BALANCE, resumen de los recuerdos de la vida o examen de conciencia, con un verso concluyente y memorable: También vivir precisa de epitafio.

La poesía es un lugar propicio para la emoción, y esto lo sabe muy bien su autor como lector avezado del género, algo que debe siempre tener presente el poeta, como principio básico: la emoción nunca es patrimonio del artista, ya que la creación poética es fruto de la razón y el misterio. La emoción está reservada solo y exclusivamente para el lector.

El baile del diablo danza en esa línea, al son de su propio conjuro poético. Sánchez Menéndez firma un libro inteligente e introspectivo cargado de razones, que no solo agudiza el oído, sino que provoca también incandescencia en el lector.