martes, 18 de julio de 2017

Épica del dolor

Leer da más felicidad que escribir, dice Muñoz Molina. Escribir es una afición, una vocación, una necesidad y, sobre todo, un trabajo incierto. Leer, en cambio, es un medicamento que no presenta contraindicaciones. Sin embargo, leer determinados libros pueden perturbarnos hasta sacarnos de nuestras casillas, de la protección acostumbrada del hogar, arrojarnos a la intemperie y convertirnos también en testigos de cargo confrontando nuestras incongruencias e inhibiciones con el propio correlato, hasta llegar, y esto es lo mejor, a emocionarnos enteramente. Llegados a este punto, es cuando uno alcanza verdaderamente un crédito inestimable como recompensa: el premio que confirma que la buena literatura es transformadora, inquisitiva, capaz de estirar y ampliar la perspectiva que tenemos de lo que sucede a nuestro alrededor, obligándonos a leer de otra manera, como si atravesáramos un dique en construcción, nada estable y con las debidas precauciones.

El lector de Patria (Tusquets, 2016) ha de asumir esa tarea sin prejuicios y tener predisposición para dejarse sacudir condescendientemente por el drama colectivo que encierra su relato, aunque le ponga contra las cuerdas y le concite rabia. Después, ha de mirarse en el espejo o hacia sí mismo, examinarse y observar sus secuelas. Seguramente, esta novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), la novena y más valiosa de su producción, seguirá imparable, alcanzando cifras de ventas mareantes, de muchos dígitos, y continuará batiendo récords con nuevas ediciones y más lectores.

Mucho se ha dicho y escrito de ella en todos los foros y espacios literarios de nuestro país, así como mucho dará que hablar todavía. Es más, esta es una novela escrita sobre el conflicto vasco con una ambición literaria sin precedentes y con una audacia narrativa impecable, que invita a pensar que ha sido concebida por su autor en estado de gracia para permanecer y resistir el paso del tiempo, suscitando en el lector una ilusión esperanzadora de vida y no pensada para exhibir los mecanismos del enfrentamiento de las ideas y su condena.

En Patria lo más significativo recae en el papel representado por una mujer que ha perdido a su marido en un atentado perpetrado por ETA y solo quiere, antes de morirse, que le pidan perdón. La última imagen del libro, en la que dos mujeres mayores se abrazan en la plaza del pueblo, cerca de la iglesia, resume y dice todo sobre ese consuelo esperado, sobre esa épica del dolor que pone punto final a esta monumental novela sobre los últimos treinta años de la historia política en Euskadi. Aunque el desenlace invite al lector a posicionarse, la grandeza del libro radica en que a lo largo de sus más de seiscientas páginas la narración se sustenta en un ángulo nada explicativo, es decir: hay un narrador externo que permite que sus personajes se expresen en primera persona y compartan con el propio narrador omnisciente frases y escenas sin tener que acudir a intervenir con notas aclaratorias ni llamadas de atención. Este proceder narrativo con esa diversidad de voces, en donde un mismo narrador se faculta para expresarse, aparece tanto en las funciones propias del narrador como cuando dialoga, dependiendo de su posición personal o del estado de ánimo que atraviese.

Esta es la historia de dos familias amigas destruidas por la violencia, arrojadas a bandos opuestos y declaradas enemigas, con raíces en un pueblo no especificado de Guipúzcoa, marcadas para siempre por la deriva de los acontecimientos de una época triste y dolorosa que va desde mediados de los años ochenta del siglo XX hasta el verano de 2012, momento del cese del fuego de ETA. Cada uno de sus miembros, como dice en una entrevista Aramburu, lleva como quien dice su novela a cuestas, el relato de sus existencias privadas. Todos los personajes de Patria arrastran consigo su carga de humanidad: dudas, defectos, desavenencias, debilidades, como cualquier lugareño, pero ninguno se pasea por la novela al servicio de una tesis, porque la parte gris de cada uno de ellos, la que aflora en lo cotidiano y se manifiesta en sus actos, conforma la verdad de sus azarosas vidas.

En la novela, la voz de sus personajes femeninos: Miren, Bittori, Arantxa y Nerea tienen una fortaleza de carácter por encima de lo que representan la personalidad de los protagonistas masculinos. Ellas son las que ostentan claramente el pedestal de la palabra. En cambio, la voz de los hombres es más retraída y hermética, como más remisa a hacer confesiones. Buena parte de las acciones de todos ellos sucede en el ámbito privado del hogar, en la cocina, en el dormitorio y en los pasillos, donde es tan frecuente que trascienda el sentido de la vida de sus moradores.

Patria es un gigantesco artilugio literario estructurado en capítulos cortos y bien encadenados, que permiten una lectura intensa y rítmica gracias también al tono sencillo de su prosa y a los intercambios de escenarios y voces que van interactuando. Igualmente, la mezcla de tiempos narrativos es otra de sus argucias estilísticas destacable, que influye en la percepción del lector a la hora de interpretar las acciones de los personajes de la novela: la sensación es como si estos anduvieran atrapados en el pasado.

Tres años le supuso a su autor armar esta gruesa novela, esta gran epopeya del dolor. Patria es un sólido testimonio literario con personajes verosímiles y potentes con los que el lector puede empatizar, más allá de la posición compleja de muchos de ellos y del silencio colosal del ambiente. Haberlo logrado con maestría y solvencia narrativa solo está reservado a escritores de raza, y Fernando Aramburu lo es, como lo fueron antes sus paisanos Ramiro Pinilla y Pío Baroja.


martes, 11 de julio de 2017

Conjuro poético

Dice André Gide que no hay obra de arte sin colaboración del diablo. El demonio es la tentación, y el arte es la acción del hechizo. Por esta regla, es imposible que haya un arte moral, un arte de acuerdo con la costumbre de lo establecido, porque lo que fascina es lo extraordinario, lo prohibido. No hay poesía sin la colaboración del demonio. No hay belleza sin perversidad. De esto sabían mucho los griegos, y los padres del Renacimiento sabían bien que no era posible una belleza religiosa sin transgredirla con la presencia del pecado.

Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964), poeta, articulista y editor, autor de una veintena de poemarios y ensayos, publica ahora en paralelo La alegría de lo imperfecto (Trea), un estupendo volumen de aforismos endiablados y El baile del diablo (Renacimiento), un poemario confesional, escrito entre 2004 y 2017, marcado por la presencia de sus demonios existenciales, un libro que aspira a dar respuesta a los interrogantes que todo poeta se formula, un itinerario autobiográfico en el que subyace la esencia creativa de su poesía y la silueta diabólica que la inspira.

Hablar de poesía, como diría Claudio Rodríguez, es hablar de experiencia de cualquier tipo. No se trata tanto de la experiencia biográfica, se puede tener una experiencia a través de la imaginación, de los sueños, de la memoria, de la cultura. La experiencia que Sánchez Menéndez revierte en este poemario es la que está implícita en sus años de vida, en cualquiera de sus manifestaciones: infancia, educación, amor, madurez, pérdida, muerte... La tarea del poeta está precisamente en ese recorrido de reflejar, mostrar e interrogar su experiencia vital a través del poema. Alguien lo dijo: en la poesía no envejece nadie, pero el tiempo se hace notar.

El baile del diablo contiene cuarenta y un poemas estructurados en tres secciones: Las cartas por jugar, Las obras terrenales y La verdad de las cosas que constan de dieciocho, dieciséis y seis poemas, respectivamente, a los que hay que sumar el que encabeza y pone título a la obra, un conjunto literario en donde el yo lírico se atenúa en favor de un sujeto cambiante y experimentado interpelando una poesía de corte existencialista. Su temática y su título, casi prosaico, se conjugan en unos poemas plenos de madurez, ironía y pesimismo, que hablan de la experiencia y el devenir inexorable del tiempo. La contradicción, la paradoja y la mirada crítica de la vida se conectan por sus versos impulsados por una conciencia tocada por la malicia: ese demonio impertinente y agazapado, fuente de libertad y desvarío, que nos acompaña siempre, como sombra adherida.

En la primera parte de la entrega, Sánchez Menéndez habla en serio, pero con sarcasmo: HAT, un poema en el que la voz poética le pide perdón a su madre por haber pecado, es un buen ejemplo de ello; habla en broma, pero en serio, sin dejar de traslucir una conciencia cultural libre de ataduras, incluso con buenas dosis de provocación, como en este otro poema bajo el título de LIFE LIE que dice así: “¿En qué momento exacto se distingue/ esa simple palabra, la justa?/ Y, con una sonrisa en los labios,/ respondió: Debes marcharte, / mi marido está a punto de llegar”. Estos dos poemas y el resto que conforman dicha parte se vertebran de tal manera que tienden a la melancolía y a la pesadumbre, una inclinación que constituye otro de los ingredientes morales que están presentes en sus versos por donde se cuelan sin aviso Satanás, Belcebú o cualquier otro ángel negro susceptibles de repartir las cartas del destino.

En la segunda parte del volumen, el poeta pone pies en tierra para hablar de sí mismo, del silencio y de la soledad, del tiempo presente y sus naufragios, del futuro incierto y de la nostalgia del pasado, incluso se pone sentencioso, como hace en el poema NUNCA, el más breve del libro, de esta manera: Nunca llegará el bien si se ha buscado./ Siempre faltará el mal si se ha omitido.

La última sección, bajo el epígrafe La verdad de las cosas, reúne media docena de poemas, quizá los más determinantes y hondos del todo el texto, piezas que concitan al lector a reflexionar sobre el hecho de vivir: Vivir al fin y al cabo/ es lucha, armonía comportada,/ voluntad y entrega, dice en el primero de ellos; Vivir es el presente,/ sin reconocimientos, confiesa en el siguiente; y así, hasta llegar al poema que cierra el libro: BALANCE, resumen de los recuerdos de la vida o examen de conciencia, con un verso concluyente y memorable: También vivir precisa de epitafio.

La poesía es un lugar propicio para la emoción, y esto lo sabe muy bien su autor como lector avezado del género, algo que debe siempre tener presente el poeta, como principio básico: la emoción nunca es patrimonio del artista, ya que la creación poética es fruto de la razón y el misterio. La emoción está reservada solo y exclusivamente para el lector.

El baile del diablo danza en esa línea, al son de su propio conjuro poético. Sánchez Menéndez firma un libro inteligente e introspectivo cargado de razones, que no solo agudiza el oído, sino que provoca también incandescencia en el lector.



martes, 4 de julio de 2017

No hay consuelo

Hay personas, como diría Unamuno, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo su cuerpo y con toda su alma, con su sangre, con el tuétano de sus huesos, con su corazón, con sus pulmones, con su vientre y, en definitiva, con su propia vida. Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951), poeta, dramaturga, ensayista y novelista, puso corazón, vida, piel y mente cuando pensó que tenía que escribir Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), el libro dedicado a la vida, a la muerte y a la memoria de su hijo, un joven de apenas veintiocho años que decidió poner fin a su existencia arrojándose al vacío.

Este libro andaba huérfano de lectura en mi biblioteca desde hace unos años y el azar me llevó a su rescate merecido, inducido por la reciente lectura del último poemario publicado por la escritora colombiana. Los habitados (Visor, 2017), como se dice en el reverso del libro “es también un conjunto de poemas que se acerca al duelo, con la serena tristeza del que sabe que debe conformarse con las migajas de la memoria, y que la palabra es un instrumento de recuperación que, aunque a veces precario, merece nuestro agradecimiento”. Precisamente aquí, cuatro años después de la tragedia, se rememoran pasajes y acontecimientos en los que está presente el hijo ausente, su maleta pesada y vacía, sus últimos instantes, sus cuadernos y apuntes, el análisis concluyente del psicoanalista que venía a decir que “el salto al vacío es, en forma simbólica, un regresar al vientre de la madre”.

Lo que tuvo continuidad en verso, antes se concibió en prosa. La poesía, como decía Pizarnik, es el lugar propicio donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Bonnett, cuando decidió escribir sobre la vida y muerte de su hijo tuvo muy en cuenta las palabras de la escritora argentina, pero sabía que esos recuerdos suyos sobre los últimos días de su hijo eran clave también en su propia existencia y precisaba contención narrativa para poder llevar a buen fin su propósito como escritora para contarlo públicamente. La poesía la podía desbordar y desvariarla hacia un territorio de autocompasión y sentimentalismo al que, de ante mano, renunciaba de pleno. Por ello, Lo que no tiene nombre acabó en una narración literaria profundamente intimista, en un testimonio conmovedor y valiente, tan breve como intenso.

Dice Joan Didion en su memorable libro El año del pensamiento mágico (2005) que el dolor por la muerte de un ser querido sigue siendo la más general de la aflicciones. Quienes han perdido a un ser amado tienen razones de peso para sentir lástima de sí mismos, y hasta una necesidad apremiante de compartirlo con los demás. Bonnett escribe como superviviente de una tragedia, intentando mantener con vida a un hijo malogrado, aun a sabiendas que para seguir viva llegará el momento de tener que superar la pérdida dejando en paz al muerto, dejándolo ir. El laberinto del duelo no es más que eso, estar solo ante un dolor intrincado que asfixia. Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, escribe Rosa Montero en otro libro emocionante, La ridícula idea de no volver a verte (2013), lo primero que te arranca es la palabra.

Lo que no tiene nombre es un libro impactante con muchas preguntas dentro, escrito con un trasfondo poético conmovedor, alejado de cualquier lirismo vano, y apartado de los tentáculos de la autocompasión y del sentimentalismo, pero sin renunciar a hacerlo desde las vísceras hasta la cabeza, con todo el cuerpo y en pleno duelo, a los tres meses del suicidio de su hijo. El duelo para Bonnett ya venía de lejos, desde que diez años antes le detectaran al hijo una enfermedad mental incurable con la que libró etapas críticas de hospitalización y tratamiento que le fueron menguando psicológicamente.

Este libro le sirve a la autora para liberarse de ese dolor innombrable que le supuso la terrible pérdida de su hijo, y, al mismo tiempo para liberarse de tanto pesar, en una batalla personal que la redima con dignidad de la pena infinita que le ocasionó el verlo sufrir hasta el desgarro definitivo de su muerte.

Lo que no tiene nombre es un testimonio novelado tremendo, terrible y hermoso que se lee como historia de vida, narrada con una contención admirable que aborda el tema tabú del suicidio desde la perspectiva de una madre abismada en el duelo, que no pretende resucitar a su hijo, sino saber quién era en realidad, para entender mejor su fatal determinación, su irreparable vacío revertido hacia los suyos.

La vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Esto también tiene su traslado en la literatura y, en ese sentido, siempre que leo lo hago con la idea preconcebida de obtener una recompensa. Con este libro el resultado obtenido es extraordinario, amplificado más si cabe, porque como dice Juan José Millás, citado en el texto: “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”, y esto, desde el lado del lector, también se palpa y notas que te escuece.