lunes, 4 de diciembre de 2017

Palabras contadas

La vida, como la poesía, es lenguaje. No hay discurso ni mirada sobre el mundo que no pase por la reflexión en torno al lenguaje y a sus posibilidades. La prosa de la vida, dice Karmelo C. Iribarren, está llena de poesía. Pero no hay que olvidar que la poesía permanentemente es una meta en sí misma, elabora discursos con sus propias dudas y asombros. Ser poeta no significa escribir en verso, ni siquiera el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía. La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo de vivir, de percibir el mundo, como subraya el escritor argentino Abelardo Castillo.

La esencia nuclear de Ciento noventa espejos (Hiperión, 2017), el nuevo libro de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954), es poética. Sus textos recogen ese espíritu dicho por el poeta donostiarra y revierte, a su vez, ese matiz sustancial que apunta el narrador sudamericano sobre la poesía como forma de vida y como manera de estar en el mundo. En Orquesta de desaparecidos (2015), su anterior publicación, escrita igualmente en prosa, la brevedad de sus textos prosiguen la senda marcada que ya se inició con Los hombres intermitentes (2006), y en ella se dice que “la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta la conciencia”.

Irazoki, que reside en París desde 1993, y allí ha compaginado su vocación poética con la continuidad de sus estudios musicales y la crítica literaria, proyecta este otro libro respondiendo a esa conciencia poética que lleva siempre consigo. Cada una de estas piezas escritas en prosa posee una métrica, un ritmo y una secreta poesía que logra convertirse en poema. Él los llama “sonetos en prosa”. Estos espejos suyos, o mejor, estas composiciones literarias, a modo de bitácora, que van desde 2009 hasta 2016, son paseos por los goces de la vida diaria, como se dice al principio del último texto, una gira alrededor de sus momentos vividos: crónicas, recuerdos, viajes, lecturas, toques musicales, deleites culinarios y contactos con artistas de muchos lugares. Casi un centenar de textos bajo un mismo molde formal de no rebasar ciento noventa palabras, una experiencia creativa nacida cuando comenzó a escribir su columna Radio París en El Cultural del diario El Mundo, y que daría origen a la concepción de este libro.

Estos textos breves reunidos conforman un verdadero y aquilatado libro, bruñido con una prosa sencilla y honda, que despliega la personalidad y la actitud serena de quien los firma: un hombre agradecido de vivir una existencia dedicada a la literatura, a la música y al cultivo de la amistad, un hombre acogedor, dispuesto siempre a dar compañía, que le gusta la conversación y que necesita saber cómo les va la vida a sus amigos.

Leyendo estos pasajes, uno se atreve a subrayar que la poesía está tan dentro como fuera de la estructura de un poema, que la conciencia o la percepción del mundo también destila poesía, y que no es necesario gritar ni sentenciar para que se alumbre un poema. Por estos espejos transita un hombre al que le gusta oponerse a las multitudes que silencian al individuo, un hombre que celebra a los diferentes que se apartan de todo resentimiento y griterío, un hombre que cuando era joven le gustaba manifestar que la calidad de las ideas políticas tienen su medida en el respeto a las contrarias, y que ahora, de mayor, le gusta pensar que el método más valioso para sopesar dicha calidad, está en comprobar la compatibilidad de esa ideología con el sentido del humor.

En Ciento noventa espejos hay un alma evocadora de vivencias, de recuerdos, de gratitudes, de detalles y de pasajes sobre el jazz, el rock, el blues, el flamenco, sobre artistas desobedientes y escritores ágiles, sobre las enseñanzas de los viajes y sus matices, sobre hallazgos literarios y también, sobre la tentación y el deleite de los fogones.

Los textos de Irazoki tienen esa capacidad de aproximarse al lector gracias a su esencialidad y hondura, a sus observaciones y predisposición para el aprendizaje y el goce. Uno se puede instruir en los pasillos y salas de espera de un hospital y salir después a la calle dispuesto a retener lo aprendido, como “envejecer sentado en un refugio de preguntas”, pero, lo mejor de todo, dice el poeta, es “el goce de no tener tiempo para el odio”.

Este es un libro gozoso y nada hiriente que refleja un estado de ánimo, el de su creador, lleno de matices, semblanzas, miradas y palabras contadas; un libro hermoso que deambula desde el conocimiento de lo propio a lo ajeno, un conocimiento honesto y positivo que consiste en hacer del fondo de la vida un interrogante y una estética moral comprometida.