lunes, 12 de febrero de 2018

Vidas paralelas


Aristóteles sostuvo la curiosa teoría de que todas las cosas tienen su lugar natural en el mundo, una especie de hogar perdido al que se retorna en cuanto aparece la primera oportunidad. Según él, el hogar del plomo es la tierra, el hogar del humo es el cielo. El hogar del hombre no está claramente delimitado, ni pone cerco a sus apegos, ni mucho menos límite a sus ambiciones. De ahí que, muchas veces, conformarse con ser un simple lugareño no sea suficiente y uno aspire a convertirse en un ciudadano del mundo, más expuesto a asumir otros retos, nuevas metas, impulsadas por sus deseos y sueños.

En Brillo de asfalto (Fórcola, 2018), la nueva propuesta narrativa de Marian Torrejón (Sagunto, 1961), autora del libro de relatos Limones dulces (2012), hay vidas en juego y mucho que reflexionar sobre las aspiraciones legítimas y los valores que, en buena medida, transitan por la teoría del pensador griego, así como el alcance de las cosas materiales del mundo y su implicación en la vida de los hombres, pero bajo la vertiente determinada por el resultado de éxito o de fracaso, un tema que también tocó, con otras mimbres, en su novela anterior: Al pie de una pared sin puerta (2015).

Lo mismo que “el dinero y el amor son difíciles de esconder”, como dice el narrador de esta historia de náufragos, tampoco la ruina y el desamor se ocultan a la vista de los demás. El espejo en que se mira la vida de Serafín Orduña, su protagonista, devuelve al lector la imagen azorada de una vida intensa, repleta de ambiciones y sueños, que ha pasado rápidamente del todo a la nada, una trayectoria que, de buenas a primeras, comienza a hacerse añicos y a vislumbrar su tragedia, algo que tiene su origen en una noche aciaga, cuando, accidentalmente, mató con su coche a un hombre que cruzaba por la calzada. Este hecho fatídico lo impulsará a indagar en la existencia de ese hombre que yace, sin vida, sobre el asfalto de una calle solitaria de su ciudad, junto a las ruedas de su vehículo.

Todo en la vida de Serafín ha sido meteórico. Sus proyectos e inversiones no han dejado de acarrearle grandes satisfacciones. Las tiendas de gourmet Sebarit, una creación suya, alcanzan auge y prestigio y no paran de sumar dinero. Sus apetitos se disparan y ya no se contentará con su suerte. Aun así, nada es ajeno a los ciclos y a las incertidumbres económicas y, por tanto, pocos se libran de los estragos de la debacle financiera sobrevenida, que pilló a tanta gente desprevenida y a la que endeudó hasta la coronilla. El amor, la familia y su propia existencia también se resentirán a los envites de la ola de desconcierto económico desatado, y no tendrá compasión alguna de él, precipitando tanto sus excesos como su vida arbitraria al abismo. Vivir bajo los tiempos de la abundancia no le sirvieron para poner coto a su codicia, ni tampoco para poner freno a esa pulsión desmedida de someter toda una vida en pos de una mayor fortuna.

La novedad y su estatus social van forzando su tren de vida, imposible ya de parar, y ocupan la totalidad de los sueños de este hombre exhibicionista y codicioso que, en nada de tiempo, empieza a mostrarse vulnerable a medida que descubre que la realidad económica de su negocio atraviesa por su peor momento. Cuando más endeudado está, y menos crédito tiene, es cuando descubre nuevos detalles de la vida del hombre que atropelló, un ser sin apenas atributos, que se le parece a él, reducido al fracaso y a sobrevivir de mala manera en medio de la tormenta económica desatada.

Marian Torrejón ha escrito una novela vibrante, cruda e intensa sobre la vida convulsa de unos personajes absorbidos por la codicia y el desenfreno, una crónica reconocible para el lector de nuestro tiempo, al que tampoco no le es ajena por el entorno que le ha tocado vivir, una historia que concita a reflexionar sobre los estragos que produce en el ser humano la ambición, y la imposibilidad de salir indemne de los hilos que esta mueve.

La gente de mar sabe que un buen timonel puede navegar contra el viento sirviéndose, precisamente, del empujón extraviado que este trae consigo al chocarse en las velas de la embarcación. Pero ningún viento es bueno para el que no sabe adónde va. Los personajes de Brillo de asfalto no son hombres del mar, tan solo náufragos, víctimas de sus malas decisiones.

El lector de este relato constata que la cruda realidad siempre se impone al humo de la grandeza, pero al mismo tiempo, también sabe que nada es tan simple en la vida de los otros, y que marcar un rumbo equivocado no sale gratis. Por eso no es nada fácil soportar las miserias sobrevenidas a los demás porque, inevitablemente, nos recuerdan mucho a las nuestras.