viernes, 16 de marzo de 2018

Salir de la nada y volver a la nada


La vida es una metáfora del boxeo, escribe Joyce Carol Oates en su ensayo Del boxeo (1987), a la que no le faltan combates que disputar, asaltos que ganar y perder, golpes encajados y golpes fallidos salvados por la campana. Y en esa pelea prolongada es imposible no ver que el verdadero adversario de ese combate no es otro que uno mismo. La vida, como dice la escritora norteamericana, es precisamente como el boxeo en muchos e incómodos sentidos.

No sería exagerado afirmar que el boxeo sea quizá el deporte más literario que existe. En ese sentido, no existe otro que recoja mejor esa mezcla de miseria y grandeza que concluyen en su génesis, desarrollo y final, como mandan los cánones de la teoría literaria que no debe faltar en la elaboración de una novela: planteamiento, nudo y desenlace. Si boxear es la metáfora definitiva de la vida, entonces también lo es, en buena medida, escribir sobre este deporte donde los púgiles están dispuestos, como los escritores, a llegar hasta lo más hondo de sí mismos, a sangrar más si cabe.

El boxeo y su literatura ha apasionado siempre a Eduardo Arroyo (Madrid, 1937), periodista, pintor, ilustrador, escenógrafo y ensayista, al que le ha dedicado buena parte de su actividad artística. En 1986 estrenó en Munich Bantam, una obra de teatro dedicada a los pesos gallo. Después publicó dos libros más sobre otras particularidades del boxeo: Sardinas en aceite (Mondadori, 1990) y Literatura y boxeo (Turner, 2009). Al referirse a la literatura de este deporte, Arroyo ofrece la tesis de que “la literatura del boxeo es una literatura de lumpen proletariado”.

Pero si hay que destacar un libro suyo por encima del resto, y que haya puesto más entusiasmo y pasión, nos tenemos que referir a su biografía del púgil americano de los pesos gallo Panamá Al Brown, editado por primera vez en Francia en 1982, y publicado seis años después en España por Alianza Editorial. Ahora, en una nueva y primorosa edición, Fórcola recupera esta extraordinaria biografía para disfrute de sus lectores, no solo de aquellos aficionados a este controvertido deporte, sino también de aquellos otros lectores curiosos, atraídos por ese sentimiento barojiano de lo que significa la lucha por la vida.

Nos cuenta Arroyo que en aquellos primeros años del siglo XX Alfonso Teófilo Brown era solo un niño más entre los cientos de muchachos que vagabundean por las calles de su pueblo todo el día y que boxeaban con su sombra. Poseía una extraña morfología, debido a esa delgadez de alambre tan particularmente suya: medía por entonces 1,68 y pesaba 46 kilos, un peso mosca, sin apenas pantorrillas y con una cintura de avispa y un abdomen plano “como un plato de postre”, “los brazos separados del cuerpo como las aspas de un molino y una cabeza pequeña bien equilibrada”. Muy pronto empezó a frecuentar los clubes de boxeo junto a otras jóvenes promesas en busca de su oportunidad para dar el salto a la fama y ganar mucho dinero.

En 1922, con veinte años cumplidos se convierte en el campeón de Panamá de los pesos mosca. Le gusta pelear, le apasiona el boxeo, pero detesta la disciplina del gimnasio. Su traslado a Nueva York le supuso sortear muchas dificultades. Allí se agotaba física y mentalmente, llevando una vida de la que todo boxeador debe huir. Sentía que se ahogaba, como si aquella ciudad lo empujara hacia el abismo. Una ciudad hostil y un barrio, Harlem, problemático y difícil donde la mayoría de sus habitantes sobreviven trapicheando y apenas nadie progresa. En aquellos años, “ser negro y, por añadidura, ser un boxeador capaz de derrotar a los blancos era prácticamente imperdonable”.

Llegar a París en 1926 fue la mejor decisión que tomó impulsada por Villepontoux, un excampeón de motociclismo, que le propuso acertadamente cambiar de aires y poner rumbo a los cuadriláteros europeos. En tan solo unos cuantos meses su prestigio corrió por todos los periódicos deportivos y cogió fama entre los entendidos de “ser, no un boxeador de una clase excepcional, sino un púgil de otra especie”. Comienza a ganar combates por diferentes ciudades y a subir su cotización, al mismo tiempo que empieza a meterse de cabeza en la vida derrochadora y desordenada que caracterizó toda su vida.

Arroyo despliega a lo largo del libro las peripecias que van sucediendo dentro y fuera del ring por donde aparece el panameño, así como su inconsistente vida, tan solo confiada en unos puños, cada vez más maltrechos, y manteniendo una conducta con tantos excesos y extravagancias, exhibiéndose, incluso como bailarín y poeta por las salas nocturnas de París. Alfonso Kid Teófilo, conocido en el mundo del boxeo como Al Brown, era un extraordinario estilista, ágil y muy técnico, todo un prodigio del boxeo, que convivió con su condición de homosexual y su adicción al alcohol, al opio y a las apuestas. Tiraba el dinero por la ventana jugando al bacarrá y apostando grandes sumas en las carreras de caballos. Se sabía también lo que su apoderado Lumiansky le robaba a mansalva de sus contratos y de la bolsa de sus combates.

Podemos imaginarnos con tristeza aquel año de 1932 de tanto despilfarro y negras consecuencias para su salud, enfermo ya de sífilis. Su relación íntima con Jean Cocteau entre 1935 y 1937, que ejerció de manager y consejero suyo, le trajo la ayuda económica de Coco Chanel para su preparación y vuelta triunfal al ring. Sin embargo, de nuevo el champán, las drogas y el despilfarro reaparecen hasta dejarlo abatido y abandonado rápidamente por todos.

El historial de Brown terminó con un combate en Colón, su ciudad natal, contra Kid Fortune en 1944. Después tuvo el último en 1948 en Nueva York. Allí pasó los últimos años de su vida en la miseria, entre hospitales y hospicios, hasta morir como un vagabundo menesteroso en abril de 1951 a causa de una tuberculosis en grado extremo.

El libro de Eduardo Arroyo es un relato portentoso que desgrana la vida fatídica de un púgil surgido de la miseria y tocado por la gloria, el primer latinoamericano que había conquistado el título de campeón del mundo, un personaje que parece extraído de una novela negra, y que nos desvela la perniciosa doble personalidad que el mundo del boxeo exhibe sistemáticamente, su cara y su cruz: el yo en el ring y el yo fuera de este.